Último adiós a los hermanos Copado

En Lerma se llevó a cabo el sepelio del padre de familia, hermano, hijo, cuñado y esposo Rey David Copado

Foto: AP
Estados 23/10/2015 01:17 Ma. Teresa Montaño Lerma, Méx Actualizada 08:26
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Entre sollozos, algunas flores blancas pero sobre todo en medio de un profundo e impotente silencio que después explotaría en un clamor de “justicia!”, se llevó a cabo en el panteón “Benito Juárez” de esta localidad, el sepelio del padre de familia, hermano, hijo, cuñado y esposo Rey David Copado Molina, brutalmente asesinado por pobladores de Ajalpa, Puebla, junto con su hermano menor José Abraham, quien encontró descanso final en el Panteón Dolores del DF.

Padre porque dejó en el desahucio a dos gemelitos, Kevin y Emiliano, de solo dos años de edad; hijo, porque su mami Dulce María Molina, lo acompañó entre sollozos y convulsiones de dolor hasta su última morada; esposo, porque dejó a Inés García, de 30 años de edad, madre de sus hijos, esperando todo el lunes y martes por una llamada que jamás llegó y hermano, porque otros dos hermanos (de cuatro en total), quedaron heridos de muerte para siempre con su ausencia y la forma en que él y Abraham fueron cruelmente linchados.

Cuñado, porque los hermanos de su esposa, suegros y sobrinos, se arremolinaron alrededor de su tumba, para orar, llorar su partida, pero sobre todo para lanzar un mensaje al gobierno de Puebla exigiendo justicia. Su cuñado, Saúl García, tomo la voz a nombre de su familia política y tras el sepelio, ahí entre las tumbas, con los ojos acuosos y una voz temblorosa, exigió detención inmediata de los responsables y justicia expédita para los jóvenes.

Luego el pesado silencio estalló repentinamente en un grito de "¡justicia, justicia, justicia!, al cual se fue sumando la gente poco a poco hasta terminar en un clamor doliente enmedio del camposanto.

Sus restos llegaron alrededor de las 13:00 horas al pueblo Guadalupe Victoria perteneciente a la Delegación de San Lorenzo Huitzizilapan, de donde es originaria su esposa. Las campanas de la parroquia iniciaron desde esa hora un lento y quejumbroso tañer que se perdía a lo lejos y retumbaba en los cerros boscosos intermitentemente.

Ahí en la parroquia se ofreció previamente una misa de cuerpo presente en la cual el padre pidió a los asistentes, pero sobre todo a los mexicanos, detener la barbarie. “Nadie tiene derecho de tomar justicia por propia mano”, recordó, y menos, los cristianos, menos que ninguno.

Luego la caja que aguardaba los restos calcinados del hijo, padre, hermano, tío y cuñado Rey David, fue llevado en hombros hasta el camposanto, subiendo y bajando calles, en un rio de gente que simplemente no lo podía creer.

El silencio de la tarde era absoluto.Nadie entendía como un padre amoroso, un hijo responsable, un hermano solidario, un cuñado “excelente persona”, un esposo responsable y trabajador, y un tío “buena onda”, había sido apaleado hasta la muerte. Nadie acá entiende nada.

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