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Mientras que para Alex Lora no podía faltar el grito de: “¡Mamá, prende la grabadora!”, para Erik Neville, guitarrista de la banda DLD, el clamor de guerra del rock es: “¡Mamá, prende la veladora!” Resulta que previo a sus presentaciones, Erik llama a su madre para que “la luz del rock se haga con él”.
“Me volví rockera de tanto escucharlos”, asegura Margarita Linares, madre de Neville. Han pasado más de 15 años desde que recibió por primera vez en la terraza de su hogar a un grupo de chicos ruidosos que con su batería, guitarra y bajo pusieron de cabeza la quietud del tranquilo hogar.
“Tengo 80 años y creo que debí vivir esta época. Me gusta la música de ahora, lo que pasa en la actualidad. Ir a los conciertos de mi hijo me emociona mucho”, comenta Linares, quien, asegura, no le gusta ver novelas, se inclina más por los canales de música o documentales.
Prefiere que le hable de tú, no porque quiera parecer joven, sino porque le gusta establecer un vínculo más cercano con la gente. Dice que a su edad, aún siente la emoción de ir a los conciertos donde se presenta Erik. “A los festivales grandes donde hay que estar de pie no voy, porque tengo un problema en las piernas, pero donde se puede estar sentada, sí”, cuenta.
Para Erik Neville, ser el más chico de tres hijos le sirvió no sólo para ser el más consentido, sino para pedir, a los 9 años, una guitarra que tiempo más tarde se convirtió en su forma de vida. “A los 15 años me dijo: ‘Mamá, cómprame una guitarra eléctrica’. A partir de ahí siguió tocando”.
Recientemente los intérpretes de “Arsénico” recibieron un premio, lo cual puso a Margarita eufórica frente al televisor, pero ahí no terminó la sorpresa. “Erik llegó de madrugada, vino a mi recámara y me ofreció el premio. ‘Este premio es tuyo, gracias a ti lo logramos. Gracias por apoyarnos tanto tiempo, aguantando el ruido’ dijo él. Me le abracé llorando”, expresa entre lágrimas.
Hace unos años sufrió una tromboembolia pulmonar. Para entonces su hijo le dijo que algún día su banda llegaría al Auditorio Nacional. En 2013, el sueño se cumplió.
“Fui al concierto 15 días después de que me dieron de alta. Pese a las recomendaciones de no estar parada mucho tiempo, me la pasé de pie, gritando y coreando todas las canciones”, comenta.
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