Filmes leales a fórmulas millenial

'Divergente-Leal' retoma historias adolescentes con finales agridulces y decepcionantes

La nueva saga de Divergente es otra adaptación de novelas juveniles (CORTESÍA)
Espectáculos 17/03/2016 00:03 José Felipe Coria Actualizada 04:13

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Los filmes cuyo tema es la distopía medio parecen funcionar. Una vez concluida Los juegos del hambre (2012-2015) sigue el turno para Divergente (2014-2017) y mañana para Maze Runner-Correr o morir (2014-2017). Series que pueden mezclarse entre sí y nunca presentar contradicción argumental o estilística alguna. Son todas una algo neurótica fantasía aislacionista para masivo consumo adolescente. Tienen la misma base: novelas que prolongan hasta el infinito la solución. Es así que las tumultuosas y abundantes sagas novelísticas se convierten en tetralogías fílmicas. En este caso, Divergente-Leal (2016, Robert Schwentke), basada en los libros de Veronica Roth, concluirá en Divergente-Ascendente (2017, Lee Toland Krieger).

Leal es el pre-final de un mundo devastado, en ruinas sin economía ni sociedad (simboliza el deseo reprimido por extinguir lo contemporáneo tan lleno de demagogos y populistas de toda laya). De nuevo Tris (Shailene Woodley) intenta —y la intención es lo único que importa— resolver el conflicto desde su supuesta pureza genética (tema ligeramente neo-pagano sobre la sutil eugenesia que inunda esta serie). Para descubrir que hay otro conflicto. Y luego otro. La estructura de estos largometrajes es una carrera de obstáculos en un laberinto en el que se encierra a esta adolescencia eterna. Después de tanto correr y brincar y escapar y echar bala y provocar explosiones y enfrentarse a los adultos, sólo hay decepción y otra prueba y otro obstáculo y otro escape. Estos filmes representan la angustia existencial de los millenials.

Lo contemporáneo es vivir sin perspectiva de futuro. El inexistente presente lleva a los personajes hacia un postapocalipsis. Lo que hacen es ejercitar la violencia como liberación, según corresponde al protofascismo actual. También se renuncia a cualquier atisbo de inteligencia: las soluciones están en emociones primarias (abnegación, cordialidad, erudición, osadía y verdad, ninguna más). En consecuencia, es un vértigo de imágenes en las    que fuera del caos no hay nada.

Lo que apareció en la parte previa como clave para ésta, es otro obstáculo que Tris y sus amigos sortean para llegar, ahora sí, a la ultimísima verdad. Que se escabulle. El director Schwentke dirige por fórmula sabiendo que la eficacia de sus imágenes (a cargo del espléndido Florian Ballhaus) y la presencia de su actriz bastan para sostener la historia, en lo que por supuesto llega el codiciado final que como en las otras series sería agridulce, medio decepcionante y alimento de la siguiente franquicia millenial. Schwentke lo entiende perfectamente. Por eso su falta de inspiración y de sorpresa. Es la simple rutina de una megaproducción para adolescentes de 12 a 36 años convencidos de que sus imposibilidades se resuelven desde la comodidad de la butaca. Cinta de fórmula en irreversible deterioro.

En el lado opuesto está la interesante y vital Tangerine-chicas fabulosas (2015), minimalista ejercicio de estilo resuelto recurriendo sorprendentemente a una producción de presupuesto nimio hecha con iPhone y una aplicación de 168 pesos bajada de Internet dirigida, coescrita, cofotografiada y editada por Sean Baker, quien arma una ágil historia de celos increíble por sencilla. Empieza con un largo campo-contracampo sedente pero una vez que se pone en movimiento no para. Persecución por solitarias calles de Los Ángeles con apenas un puñado sustancial de personajes marginales, cuenta la amistad entre Sin-Dee (Kitana Rodríguiez) y Alexandra (Mya Taylor), y un día en la vida de otros innumerables travestis y seres pintorescos —incluyendo al viejo actor legendario Clu Gulager y las ponstars Ana Foxx & Katja Kassin— hecha con profunda gracia y gusto. Narra con lo mínimo conservando una única lealtad hacia el espectáculo intrínseco: presentar criaturas inéditas en la pantalla en circunstancias cotidianas. Es esta la esencia del cine que reniega de grandes presupuestos y por ello es el más independiente que hoy existe.

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