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En cuanto un vehículo se estaciona cerca de la Bayarena, policías y guardias de seguridad se acercan para echarle un vistazo. No pueden dejar a la duda que puede desembocar en una tragedia.
Tras los atentados terroristas en París, el futbol está obligado a tomar precauciones. El nerviosismo se apodera de las autoridades gubernamentales y deportivas. La Bundesliga no escapa. Esa competición quiere alejarse lo más posible de actos de sangre que empañen sus juegos.
Como era previsible, los vigilantes son severos. Abren las bolsas sin pedir permiso, los paquetes que pudieran resultar sospechosos son examinados y cada uno de los asistentes es revisado hasta el cansancio, para que sólo así se tenga la certeza de que acude al estadio a ver futbol, disfrutarlo y nada más.
Los aficionados no ejercen resistencia. Saben que es benéfico, al menos mientras pasa la amenaza de más incidentes violentos, que sean minuciosamente inspeccionados. Levantan los brazos, enseñan lo que traen en los bolsillos y permiten que los agentes los abracen para descartar la portación de explosivos.
La huella dejada por los atentados parisinos está lejos de desaparecer. Hay una tranquilidad aparente, pero que se transforma en nerviosismo cuando en el estadio rondan policías para resguardar el orden y las vidas de los presentes.
Hay efectivos de todos los frentes. El propio Bayer tiene su personal. Son guardias que utilizan un chaleco naranja o café y que se ocupan de ejercer la autoridad.
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