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Todavía cimbrado por la goleada que el Deportivo Quito de Ecuador le había propinado la noche anterior (0-5), Marcos Ignacio Ambriz Espinoza (Ciudad de México, 7 de febrero de 1965) abordó aquel avión –con dirección a México— como director técnico del Guadalajara; horas después, descendió sin empleo. Era la mañana del miércoles 18 de abril de 2012, esa en la que no soportó más y decidió dar un paso al costado.

No habían pasado tres meses desde que aseguró haberse “sacado la lotería” al ser presentado como el estratega 14 durante la gestión de Jorge Vergara al frente de las Chivas, mas el cúmulo de sinsabores y protagonizar la peor derrota del equipo en la historia de la Copa Libertadores terminaron con su ánimo, aunado a que los altos mandos de la institución –en ese entonces asesorados por la leyenda holandesa Johan Cruyff— también consideraban que el combustible de la relación se había agotado.

Así es el hombre que el sábado volverá a toparse con el Rebaño Sagrado, desde el banquillo de su más enconado adversario: frontal y sin miedo a las consecuencias.

Lo demostró en 2005, cuando aceptó la invitación de Javier Aguirre para ser su auxiliar en el Osasuna. Se conocían muy bien por la época en la que el “Vasco” fue asistente de Miguel Mejía Barón con la Selección Mexicana, esa de la que Ambriz fue capitán durante varios años. Sus dotes de líder confirmaron al hoy entrenador del Al-Wahda de Emiratos Árabes Unidos que Ambriz era el candidato ideal para auxiliarle, más allá de que ya tenía una pequeña experiencia como timonel en el Puebla.

Se lo llevó con él al Atlético de Madrid, donde ambos conocieron el futbol de élite mundial a nivel de clubes, pese a que los Colchoneros vivían una etapa de transición administrativa y deportiva. Pero Nacho sentía que era el momento de saltar y esa vez, tampoco tuvo miedo. Comunicó a Aguirre que la armoniosa dupla terminaba.

Fue entonces que inició el camino que hoy lo tiene como técnico del América, no sin antes vivir más decepciones que alegrías. Además de no ofrecer los resultados esperados en el Guadalajara, su paso quedó marcado por un episodio en el que sus entonces futbolistas pidieron al conductor del autobús que los llevaba a casa, tras un partido en Querétaro, comprarles cervezas para disfrutarlas en el camino. El estratega bajó de la unidad algunos kilómetros antes para atender asuntos familiares y sus auxiliares dieron la anuencia para que se adquirieran las bebidas alcohólicas. La situación se dio a conocer públicamente y se le tildó de ser un estratega sin carácter. Su sentencia estaba escrita.

También la pasó mal al frente de los Gallos Blancos, a los que dirigía cuando el Gobierno Federal –vía el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE)— los intervino como parte del proceso en contra del empresario Amado Yáñez, entonces dueño de la institución e investigado por fraude.

Aunado a su labor de dirección técnica, Ambriz debió ser respaldo anímico, confidente y hasta soporte económico de sus futbolistas. No, tampoco tuvo miedo.

Sensación de la que estuvo ajeno el 26 de mayo de 2015, cuando fue presentado al frente de las Águilas, en medio de un sinfín de cuestionamientos. Su aparente bajo perfil y los nulos éxitos en su hoja curricular hacían dudar a los aficionados, pero Ambriz pretende hacer historia.

La escribió desde que firmó contrato, ya que es el primer mexicano que dirige a los dos clubes más importantes de la hoy llamada Liga MX. Ese honor sólo había correspondido a siete estrategas extranjeros: el húngaro Jorge Orth, el peruano Walter Ormeño, los argentinos Miguel Ángel López, Ricardo Antonio La Volpe y Óscar Ruggeri, además del uruguayo Carlos Miloc y el holandés Leo Beenhakker. No le asustó el reto.

El sábado dirigirá su sexto Clásico de Clásicos. Tiene balance de dos victorias, un empate y dos reveses, el primero fue como entrenador del Guadalajara, al que ha dominado históricamente. Le ha enfrentado 12 veces (seis triunfos, dos igualadas y cuatro caídas), porque a Nacho nunca le ha dado miedo, ni siquiera salir de las Chivas después de sufrir su peor humillación a nivel continental.

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