Fashion IQ. Folclor Power (o el cliché persistente)

Estallidos tricolor y juegos pirotécnicos iluminan la noche del 15 de septiembre, mientras los héroes que nos dieron patria y libertad no reencarnan en ningún político contemporáneo. ¿Es la independencia, incluida la estilística, un espejismo tequilero? Parece que sí.

Una de las piezas inspiradas en la moda contemporánea de la diseñadora Lydia Lavín
Una de las piezas inspiradas en la moda contemporánea de la diseñadora Lydia Lavín
De última 12/09/2015 10:00 Bernardo Hernández Actualizada 10:01
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Hace unas semanas, recibí el correo electrónico de un indignado lector , quien “amablemente” me sugería que dejara de escribir tonterías referentes a la identidad nacional y su posible vinculación con nuevas formas de interpretar el rebozo o cualquier otra prenda relacionada con nuestra indumentaria tradicional y, en vez de eso, tuviera la gentileza de señalarle a la gente que realmente ama la moda que se dedicara a leer Vogue (sí, yo puse la misma cara que tú estás poniendo en este instante).

Indebidamente, me enfrasqué en una minúscula batalla de correos electrónicos que fueron subiendo de tono hasta que ambos entendimos que jamás llegaríamos a un acuerdo. Por lo tanto, imagino que él ha seguido prendiéndole veladoras a Anna Wintour –a quien ensalzaba como si fuera la versión resucitada y unificada de Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Gertrudis Bocanegra– y yo he continuado explorando el tema de la identidad nacional en materia de moda contemporánea.

Cuando el folclor ya no da pa’más…

Pese a las posturas radicalmente opuestas del lector y las mías, debo aceptar que en una de sus misivas apuntaba un aspecto con el cual estoy ciento por ciento de acuerdo: el molesto cliché que, de forma inevitable, tiende a asociar una estética folclórica con la autenticidad del carácter nacional.

La beatificación del lugar común viene como anillo al dedo en estos días en los que todo se tiñe de verde, blanco y colorado. En septiembre nos sentimos taaan orgullosos de ser mexicanos que no dudamos en emular a Frida Kahlo y rendirle un homenaje al look de Lola Beltrán; Queta Jiménez, “La Prieta Linda”; Amalia Mendoza, “La Tariácuri”; Lucha Villa o, ya de perdis, fusilarle un modelito a Lila Downs.

Vestirse de Adelita o de charro puede ser divertido, pero asumir la identidad nacional no necesariamente debe vincularse de forma estricta con aquellos elementos de nuestra indumentaria que suelen hermanarse con la construcción de un proyecto de nación, ya que si existe un elemento capaz de desmitificar este vínculo es precisamente la libertad creativa.

Las costuras de la otredad

Prueba de lo anterior es el trabajo de varios diseñadores mexicanos, quienes de un modo u otro –pero siempre con honestidad, audacia y una impostergable necesidad de explorar nuestras raíces vestimentarias, culturales y sociales– nos han obsequiado creaciones que exhiben otro México a través de prendas alejadas del edulcorado hastío del folk style para adentrarse en construcciones discursivas que rebasan lo predecible.

Es el caso del trabajo de Lydia Lavín, Carmen Rion, Carla Fernández, Francisco Cancino y Guillermo Vargas, por citar sólo algunos nombres destacados de la moda mexicana actual. Reinventar, reinterpretar, revisitar, rehacer, releer, reciclar, recortar, rasgar, romper, roer y volver más cercanas a nuestra realidad y a nuestro día a día las prendas, los colores, los materiales y los cortes que visten de historia nuestros orígenes es, quizá, un buen punto de partida para que logremos esbozar nuevas respuestas ante la pregunta ¿de qué hablamos cuando hablamos de moda nacional? Georg Simmel y Joanne Entwistle aseguran que el modo en que edificamos nuestra identidad está relacionado con la posición que ocupamos en el mundo social como miembros de ciertos grupos, clases o comunidades.

La ropa que elegimos llevar representa un compromiso entre las exigencias del mundo social, el medio al que pertenecemos y nuestros deseos individuales. “Las modas son lazos que unen a los individuos en un acto mutuo de conformidad con las convenciones sociales”, señala Joanne Finkelstein, pero tal vez ha llegado el momento de romper con esa conformidad identitaria que nos ha dado más repeticiones desafortunadas que propuestas originales.

En tres días –entre caballitos de tequila, mariachis y grasas trans–, estaremos festejando nuestra Independencia. Ojalá que cuando demos “el grito” sea de alegría y optimismo, y no de terror y desesperación ante la situación de la moda nacional.

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