Una blancura cenital

David Huerta

Acompañado por un prólogo entusiasta del poeta español Luis Antonio de Villena, el libro antológico del poeta ecuatoriano Cristóbal Zapata (Cuenca, 1968) lleva como título El habla del cuerpo. La editorial que lo ha dado a conocer es la también española —sevillana, por más señas— Renacimiento, empresa animada hace ya muchos años por Abelardo Linares, que en México ha tenido y tiene muchos buenos amigos, como el desaparecido historiador Guillermo Tovar y el poeta y librero Agustín Jiménez.

He leído a lo largo de la vida a un puñado de buenos poetas del Ecuador: Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena, Jorge Enrique Adoum y, sobre todo, César Dávila Andrade, uno de mis espíritus tutelares. Acerca de Dávila Andrade fueron mis primeros diálogos silenciosos, epistolares, con Cristóbal Zapata.

Conocí personalmente a Zapata a fines de 2017 en su natal Cuenca, junto al río Tomebamba. Ya habíamos cruzado, como dije, un puñado de correos electrónicos y me habían impresionado su inteligencia despierta y su complejo perfil intelectual. No sabía entonces lo buen poeta que era, como lo prueba, despliega y proclama cada una de las páginas de El habla del cuerpo, lo que no es en absoluto una exageración: hay libros que valen por una sola imagen, un solo verso, un poema aislado, y hay otros que valen por su conjunto. La antología de Cristóbal Zapata es de estos últimos: un libro lleno de aciertos y de piezas logradas. Es un placer leerlo.

No puedo entrar en detalles aquí, pero los conocimientos de arte que tiene este poeta le sirven como algo más que una herramienta para sus escrituras: no hay divorcio, empero, entre una y otra, y los poemas sobre pintores, por ejemplo, son magníficos. Uno, sobre el turbulento Caravaggio, me conmovió particularmente. (Zapata se encarga, por cierto, de llevar a buen puerto la Bienal de Arte de Cuenca.) El tema central o general del libro es el erotismo, la sexualidad en diversas manifestaciones, el deseo tan traído y llevado por los franceses, pero puesto aquí en un primer plano afortunadísimo, investido de blancuras cenitales, matinales.

Ojalá los poemas de Cristóbal Zapata fueran más conocidos más allá de las fronteras ecuatorianas. Por eso escribo estas líneas. Ya han conquistado una porción del espacio poético de España, desde luego, y qué bueno; pero sería justo que lo conocieran muchos lectores de América Latina, región tan incomunicada internamente como sabemos —y padecemos— desde hace siglos.

Si algo pudiera revelarnos la onomástica como herramienta crítica, deberíamos decir que no en balde este poeta cuencano debe traer algo valioso en las alforjas, con ese nombre de pila de descubridor genovés y ese apellido de revolucionario morelense. Lo que tiene, en verdad, es una imaginación verbal que nos revela continentes y le da vuelta a muchas ideas preconcebidas acerca de lo que le sucede a nuestros cuerpos en trance de erotismo.

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