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yanet.aguilar@eluniversal.com.mx
Samanta Schweblin dice tener en su vida cotidiana mucho de distraída “hasta situaciones insólitas”, sin embargo, en la literatura es la más avezada en su afán de pescar a los personajes más raros e insólitos que a veces algo tienen de perverso, así son las mujeres y alguno que otro hombre que habitan Siete casas vacías, su nuevo libro de cuentos que obtuvo el Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero.
Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una exploradora de las rarezas humanas y la locura, una cuentista que se ha sumergido ahora en siete historias donde están latentes los terrores cotidanos y los miedos a uno mismo y a los de los seres que rodean a los protagonistas de sus relatos que existe donde se ha perdido la cordura.
“David Lynch decía que una obra de arte siempre estaba diciéndole al mundo lo mismo, puesto así, todas las obras de arte lo que nos muestran es que el mundo es un lugar muy extraño, y eso es todo lo que dice el arte todo el tiempo. El arte lo que nos ayuda es a hacer ese paso hacia atrás que nos da esa mirada de extrañamiento sobre lo común, sobre lo ordinario, sobre lo conocido”, señala la también autora de Distancia de rescate.
La escritora que en 2012 obtuvo el premio francés Juan Rulfo de cuento, dijo que en general, lo que a ella le pasa primero antes de comenzar a contar una historia es que tiene una sensación muy puntual y muy particular. “Es algo que es orgánico, que está en el cuerpo y me quiero sacar de encima. Creo que el cuento finalmente es una excusa para poder agarrar esa sensación, exorcizarla y ponerla en el cuerpo del lector, sacármelo de encima”, señala la escritora.
Samanta Schweblin asegura que este sentimiento empieza a atraer determinados personajes, determinadas situaciones y determinadas geografías. “La verdad es que los primeros impulsos de un texto son siempre bastante intuitivos, me cuesta todavía poder reconocer un proceso o un procedimiento, que si reconozco con las etapas sioguientes, pero en esos primeros zarpazos donde por fin se forma el cuento, es dificil entenderlo”, afirma la narradora.
Siete casas vacías (editado por Páginas de Espuma) fue reconocido con el Premio Ribera del Duero, por “la precisión de su estilo, la indagación en la rareza y el perverso costumbrismo que habita sus envolventes y deslumbrantes relatos”.
Schweblin asegura que ella de lo que si se da cuenta es que los personajes son el cuento. “Los personajes son los que estructura todo, son los que me dan la pista de cómo debe contarse la historia, de cuál es el ritmo, de dónde pasa, de por qué pasa; todas las pistas me las da el personaje. A veces me pasa que tengo claro lo que quiero contar, en el sentido de lo que ocurre en la historia, pero hasta que no encuentro al personaje no funciona”, afirma.
¿Qué tanto ha desarrollado la sensibilidad o el olfato para encontrar a esos persnajes tan extraños?, se le pregunta, la respuesta es juguetona: “Mi mundo real también está lleno de esos personajes, aunque no sean textos autobiográficos también hay mucho de eso, yo me considero un poco ese personaje en el sentido de que soy muy distraída hasta situaciones insólitas de lo desopilante que tienen muchos de mis cuentos, soy muy dispersa y hasta a veces arbitraria en mi manera de moverme a lo largo de un día, me da también mucha libertad, es una especie como de desastre andante, y digo ‘el mundo es un lugar extraño’, por lo menos el mundo en el que yo me muevo, y eso creo que se refleja en lo que yo escribo”.
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