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El uruguayo Joaquín Torres-García, que fue durante toda su vida un migrante no sólo en el sentido geográfico, sino también artístico, con continuas idas y venidas, se reencuentra desde hoy con otro migrante como Pablo Picasso en la nueva exposición temporal del Museo Picasso de Málaga.
"Torres-García y Picasso alimentaron en Latinoamérica dos formas de modernidad que no se excluyen, sino que se compaginan", afirmó hoy en la presentación Luis Pérez-Oramas, comisario de la exposición y conservador de arte latinoamericano en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, institución que ha organizado la retrospectiva.
Son más de 170 obras procedentes de colecciones públicas y privadas americanas y europeas las expuestas hasta el 5 de febrero en Málaga (sur de España), que abarcan toda la trayectoria de Torres-García, quien se encontró con Picasso en varias ocasiones, tanto en Barcelona como en París.
El recorrido comienza a principios del siglo XX, con un Torres-García que es ya un hombre adulto que se ha formado como artista en Barcelona y al que un todavía adolescente Picasso "ve ya descollar entre los modernistas catalanes y como figura central del noucentismo", apuntó Pérez-Oramas en una visita a la exposición.
En la primera sala hay una representación de ese momento catalán de Torres-García, entonces un artista académico y modernista al modo de finales del XIX, y que más tarde evolucionaría también en Barcelona hacia una nueva modernidad.
Después viajaría a París y a continuación a Nueva York, en aquel momento "el monstruo urbano moderno por excelencia" desató en el uruguayo una gran "fascinación", según el comisario.
"Torres-García trató de ser todo lo que se puede ser en Nueva York: artista de vanguardia, se interesó por Broadway y por la publicidad, construyó juguetes de madera e intentó ser pintor decorativo, pero todo eso terminó en fracaso y de la fascinación pasó a la decepción por un lugar en el que sólo el dinero gobierna", señaló Pérez-Oramas.
Ello le llevó de vuelta a Europa y, en contraposición con la gran urbe neoyorquina, residió en pequeñas ciudades de Italia y de Francia.
Su nueva etapa en París, de 1926 a 1933, coincidió con el momento "en el que se libraba la última de las grandes batallas de las vanguardias históricas, la de la razón abstracta frente al surrealismo".
Torres-García pensó que la oposición entre figuración y abstracción "no tenía razón lógica" y que "no hay una jerarquía entre lo concreto y lo abstracto", por lo que alternó abstracción, constructivismo y modernismo, y mostró que su obra "no se construye en un progreso, sino en ideas y venidas", afirmó el comisario.
El artista nunca había perdido el contacto con su país natal, a donde regresó en 1933, y desde ese momento hasta su muerte en 1949 creó en Montevideo "el repertorio de arte abstracto más sistemático en América en esos años".
El director artístico del Museo Picasso, José Lebrero, resaltó que, con esta exposición, la institución "abre por primera vez las puertas al gran universo del siglo XX latinoamericano" y cumple con su objetivo "no sólo de dar a conocer la obra de Picasso, sino de ser también una ventana al mundo".
nrv
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