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¡Abróchense los cinturones!

14/11/2018
05:47
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Las elecciones intermedias del martes pasado han retratado a dos Estados Unidos emitiendo veredictos diametralmente opuestos sobre los primeros dos años de Donald Trump en el poder, produciendo una polaroid nítida pero preocupante sobre la polarización política e ideológica social que el mandatario estadounidense ha atizado, profundizado y solidificado. Trump instrumentó y abanderó una de las campañas electorales más divisivas y xenófobas de las que se tenga memoria en tiempos modernos en EU. El resultado, un Congreso dividido (Senado en manos del GOP y Cámara controlada por Demócratas) y cuasi-paridad a nivel de gubernaturas, es emblemático del país dividido que es hoy EU, encaminado a la balcanización y el enquistamiento tribal –basado más en valores que en ideología, identidad o demografía- y con una brecha nociva que no se zanjará pronto. La democracia estadounidense sigue siendo robusta; está diseñada para serlo. Sin embargo, una por una de sus instituciones y  pilares fundacionales están siendo infectadas por esta polarización tóxica.
 
Los resultados apuntan a lo que será la tónica camino a las elecciones presidenciales de 2020 que, para todo propósito, arrancaron al día siguiente de los comicios. El Demócrata y el Republicano son hoy partidos con dos estrategias -y dos bases de voto duro- radicalmente distintas, caminando en direcciones opuestas. Trump está dividiendo al país pero solidificando a su base, en una especie de triaje político. El GOP apostó al voto de hombres blancos, predominantemente en zonas rurales, y por eso retuvieron –sobre todo a raíz de las audiencias de confirmación del juez Kavanaugh a la Suprema Corte y con el alcahueteo de la caravana migrante- el Senado. Los Demócratas le apostaron al voto de mujeres, jóvenes y minorías en zonas urbanas y suburbanas, y por eso le arrancaron el control de la Cámara a los Republicanos. Hasta ahora (tomando en cuenta escaños que siguen sin ganador declarado), 111 candidatas fueron electas a nivel estatal y federal, incluyendo a la primera gobernadora Demócrata hispana (Nuevo México), así como las dos primeras representantes musulmanas y las dos primeras hispanas por Texas, la mujer más joven electa al Congreso y el primer gobernador homosexual en EU (Colorado). Retoman además, con las 7 gubernaturas que le arrebataron al GOP, control de los procesos de redistritación electoral que los gobiernos estatales encabezarán cara a 2020. Hoy por hoy, los distritos electorales, manipulados por mayorías Republicanas en la Cámara y en capitales estatales, favorecen claramente al GOP. De haberse dado esta elección con distritos delimitados de manera neutral, el resultado la semana anterior habría sido una debacle para Trump. El GOP ganó reteniendo el Senado y ampliando ahí su mayoría (Trump convirtió ese objetivo en el umbral de “victoria” en el cierre de campañas) y una de dos gubernaturas de estados bisagra clave para el 2020, Ohio. La otra, Florida, está ya inmersa en un proceso de recuento, el cual ahora Trump está buscando frenar ante la posibilidad de que el GOP lo pierda. Y la elección de nuevo demostró que sí existe un “voto oculto” trumpiano de 2-3% que se niega a contestar o miente en las encuestas, convencidos de que responder abona al “control de las élites” sobre ellos.
 
Estas dos apuestas se van a ahondar camino a la elección presidencial en dos años. La división entre las grandes metrópolis, zonas urbanas y suburbanas por un lado y las zonas rurales por el otro –una brecha caracterizada por el hecho de que toda persona que vive a 20 minutos o menos de una tienda Whole Foods tiende a votar Demócrata-  es el nuevo frente de batalla político-electoral e ideológico en el país. Y esto también va a radicalizar lo que ocurra en la interacción entre la Casa Blanca y un Congreso dividido. En los próximos meses veremos a una rama del gobierno crecientemente caracterizando al titular del Ejecutivo como un delincuente. Y de la mano de la mayoría Demócrata viene una alud de investigaciones y citatorios en torno a la corrupción, evasión fiscal, conflicto de interés y posible obstrucción de justicia de la actual Administración. Trump, por su parte, estará caracterizando a los Demócratas en el Congreso como traidores a la patria.
 
Si pensábamos que los últimos dos años habían sido turbulentos, no hemos visto nada aún. La elección en la Cámara, que socio-demográficamente retrata de manera más nítida al país, asestó una derrota -y un repudio irrefutable- a Trump. La polarización extrema y el punto muerto político y legislativo que vamos a atestiguar los próximos meses no se van a desvanecer pronto. Trump va a usar su mayoría en el Senado para seguir retacando al poder judicial de nominaciones de conservadores, y ya no digamos un nuevo nominado a la Suprema Corte si se llegase a dar el retiro o fallecimiento de alguno de los 4 jueces –dos de ellos en edad avanzada- liberales. Y por parte de los Demócratas veremos, desde su atalaya en la Cámara, intentos -lógicos, meritorios y necesarios- para frenar, acotar y colocar contra las cuerdas a Trump.

Todo ello representa un realineamiento tectónico y una radicalización peligrosa de la política estadounidense. Para un país como el nuestro que comparte con EU una frontera terrestre de 3,000 kms, con 12 millones de mexicanos residiendo ahí, con la convergencia y co-dependencia política, económica y social que caracterizan nuestros vínculos, éste es sin duda alguna un escenario complejo, azaroso y de mal agüero.
 

Arturo Sarukhán es Embajador de carrera del Servicio Exterior Mexicano y consultor internacional basado en la ciudad de Washington, en Estados Unidos.