Un legado de miedo

Alfonso Zárate

Circula en estos días por redes sociales un video que sacude, perturba: con total desparpajo, integrantes del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) exhiben, de nuevo, su poder: un convoy con vehículos de lujo se despliega, a plena luz del día, por alguna carretera; muchos hombres armados que han descendido de los vehículos, conversan y bromean. La impunidad con la que se desplazan contrasta con el ocultamiento de las fuerzas públicas.

Un mundo al revés: la autoridad pasa a la clandestinidad, se esconde, se agazapa, mientras los criminales se muestran desafiantes y burlones. ¿Qué mensaje quieren enviar y a quiénes? Quizás el más claro: que son dueños de las carreteras, que no hay autoridad que los frene o los detenga.

En otros momentos, integrantes del CJNG han emboscado y asesinado a policías federales y soldados, incluso han derribado un helicóptero con un lanzagranadas, mientras los impresionantes recursos tecnológicos de la Comisión Nacional de Seguridad y del Cisen siguen sin dar, ni por asomo, resultados contundentes porque el crimen, lo mismo el de los cárteles que el de bandas o delincuentes comunes, sigue en ascenso.

Con similar desfachatez se comportaba hace unos años el Cartel del Golfo ante la claudicación o complicidad de las autoridades de Tamaulipas y de la Federación. Por entonces mucha gente salió huyendo de Tampico, Reynosa y otras ciudades del estado; eran los días del gobernador Tomás Yarrington y, luego, de Eugenio Hernández. Poco después Los Zetas —que surgieron como brazo armado del cártel encabezado por Osiel Cárdenas Guillén— se convirtieron en un cártel independiente que se caracterizó por su brutalidad; hoy le disputan territorios al Cártel del Golfo.

La mancha delincuencial avanza. Pequeñas bandas, en algunos casos escisiones de cárteles, como Los Rojos, Los Ardillos o Guerreros Unidos, mantienen asoladas regiones enteras de Guerrero, Morelos y el Estado de México, en las que imponen el “cobro de piso”, los secuestros y asesinatos. Pero, siendo múltiples las expresiones de la delincuencia, una de las más perturbadoras es el secuestro. En muchas regiones del país se localizan fosas clandestinas, son miles los desaparecidos cuyos familiares no encuentran reposo.

Se perdió Acapulco, se están perdiendo Cancún, Los Cabos y otros centros turísticos. El robo de transportes sigue imparable, así como la ordeña de ductos de Pemex... Como síntesis de este duro momento, el número de homicidios dolosos (31 mil 174 el año pasado), rebasa todas las estadísticas previas.

El “México en paz” que ofreció Peña Nieto ha resultado un sarcasmo. Cientos de millones de pesos son invertidos anualmente por empresas y particulares en la adquisición de vehículos blindados, alarmas, sistemas de videovigilancia, reforzamiento de medidas de seguridad... hasta modestas misceláneas tienen que instalar rejas. En muchas colonias los vecinos han cerrado las calles de noche, pero también de día.

Han transcurrido casi doce años desde que el entonces presidente Felipe Calderón ordenó un despliegue mayor de las Fuerzas Armadas para intentar contener el avance de las bandas criminales en un contexto de severo deterioro de las corporaciones policiales en los estados.

La descomposición ha avanzado. Hoy tenemos casos de gobernadores narcos, procuradores narcos y mandos policiales narcos. La Secretaría de Gobernación, que cuenta con recursos políticos y legales para inducir comportamientos sanos de los gobernadores, optó por simular; otras eran sus prioridades.

La sociedad vive con miedo y cada día nos sacuden, nos llenan de horror y furia, hechos abominables como el asesinato de los tres jóvenes estudiantes de cine de la Universidad de Guadalajara, cuyos cuerpos fueron disueltos en ácido...

Ante el fracaso de este gobierno en el tema que más lastima a la sociedad, se impone preguntar: ¿los funcionarios responsables se van a ir tan campantes, muchos con las alforjas llenas, a vivir en algunas de sus propiedades fuera del país?, ¿nadie pagará por lo que entregan, por este legado de desasosiego?

Otro dato es inquietante: frente a la descomposición que ha generado la violencia delincuencial, no parece haber en los que llegan una visión penetrante, sólida, que ofrezca respuestas eficaces ante la complejidad y seriedad del desafío. Les queda poco tiempo para entender la dimensión del reto, convocar a los mejores estudiosos y expertos y construir con ellos respuestas distintas, que den resultados y pronto.

 

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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