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Netflix vs.Cinépolis, ¿quién es el villano?

No estamos ante una historia de David contra Goliat ni de una lucha de lo nuevo contra lo viejo, estamos ante un encontronazo de dos modelos de exhibición que tienen su punto de coincidencia en el deseo de hacer negocio.
Netflix vs.Cinépolis, ¿quién es el villano?
23/11/2018
13:40
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En el reciente escándalo entre Cinépolis y Netflix respecto a la exhibición en salas de Roma (la nueva película de Alfonso Cuarón producida dentro de la famosa plataforma de contenidos en línea) las opiniones se radicalizan en dos bandos: aquellos que tildan de malinchista a la cadena de exhibición Cinépolis por no estrenar Roma en su amplio circuito de salas, acusándolos de no entender que su modelo de negocio “ya es caduco”, que sólo les importa “vender palomitas” y que en cambio el futuro está aquí y se llama Netflix. La palabra “revolucionario” se usa para definir a la plataforma de streaming mientras que adjetivos como “viejos, retrógradas” se utilizan para definir a Cinépolis.

 

Por otro lado, la postura opuesta raya en el delirio al acusar a Netflix de estar “matando al cine” por el hecho de cooptar a algunos de los mejores cineastas en activo (Scorsese, Cuarón, los hermanos Coen, Baumbach, Bong Joon-ho y un largo etc) para que produzcan contenido que no llegará a cines (o acaso a cines “selectos”) y que permanecerá, per secula seculorum, en un disco duro de algún lugar en la red para ser visto únicamente por los suscriptores de Netflix mediante la tv, la tablet, la laptop y -¡Dios nos ampare!- el celular. Ésto, dicen los detractores, está matando la experiencia audiovisual colectiva que implica ir a la sala cine.

 

En esta batalla por la exhibición de Roma, Netflix lanzó el primer golpe cuando, en un reciente comunicado, la compañía puso “a disposición” de Cinépolis y Cinemex la película para su exhibición. El propio Cuarón atizó el fuego cuando, mediante un mensaje de Twitter, hace responsables a los exhibidores mexicanos (aunque sin mencionarlos) de que Roma no se presente en más cines: “Quiero muchas más funciones en México, tenemos todas las salas  que hemos podido conseguir que, tristemente, son 40. Para poner las cosas en perspectiva, en Polonia se exhibirá en 57 salas y en Corea del Sur en 50. ROMA está disponible a todas las salas que la quieran exhibir.

 

Lo que el comunicado y el tweet mencionado no aclaraban eran las condiciones que Netflix está imponiendo para la exhibición de la cinta en salas tradicionales. En un artículo de Business Insider la famosa cadena de exhibición estadounidense, Alamo Drafthouse, explicó que ellos no mostrarán la cinta del director mexicano porque Netflix pedía, básicamente, que el cine sólo les rentara la sala, que la taquilla sería completamente para Netflix y que el cine no podía exhibir otra película en el periodo de exhibición de la cinta mexicana.

 

¿Quíen tiene la razón en este entuerto?, ¿realmente Netflix es el futuro?, ¿son condiciones justas para exhibir en salas?, ¿los exhibidores deberían de ponerse de rodillas ante el poder de la big N?, ¿Netflix está matando al cine?

 

Lo primero por anotar es que, por muy revolucionario que suene Netflix, el modelo que están tratando de imponer se parece muchísimo al viejo modelo de los estudios cinematográficos de Hollywood. En aquellos años, los estudios como la Paramount o la Warner no sólo tenían bajo su poder artistas exclusivos, sino que además también eran dueños de salas cinematográficas donde preferentemente se proyectaban sus películas. Este modelo se vino abajo cuando las leyes antimonopolio se hicieron efectivas y declararon ilegal este tipo de prácticas, cambiando así a la industria para siempre.

 

Netflix no tiene artistas exclusivos, pero si tiene contenidos exclusivos, Roma es uno de ellos. Y todos sabemos lo que ello implica: un contenido exclusivo de Netflix tiene garantizada la transmisión a un enorme público que mes con mes paga su suscripción a la plataforma, una audiencia que crece cada vez más y que se compone por gente de todo el planeta. La posibilidad de un estreno mundial bajo este esquema está al alcance de algunos clicks y sin las restricciones de horario, espacio y logística, sólo se necesita tener internet, una pantalla, y listo.

 

Esto es, por supuesto, una oportunidad de exhibición mucho más barata, rápida, fácil y amplia que lo que cualquier cadena o cadenas de exhibición podría ofrecer. Es por ello que Cuarón optó por Netflix en el caso de Roma. Y es que, en no pocas entrevistas, el director mencionó el sentido de su decisión: una película mexicana, en blanco y negro, hablada en mixteco, sobre una familia que vive en una pequeña colonia de la Ciudad de México no parece, a primera vista, atractiva como para el gran público llene los cines, pero en cambio con Netflix, esa cobertura está garantizada.

 

Es un hecho: más gente verá Roma gracias a que está en Netflix.

 

En apariencia pareciera que Netflix está cediendo a su modelo de negocio cuando permite que Roma se exhiba previo a su estreno en plataformas. Lo cierto es que las primeras exhibiciones públicas eran un requisito administrativo a cumplir para que Netflix alcance su sueño dorado: que uno de sus contenidos obtenga un Oscar. Las siguientes exhibiciones parecen más una estrategia de marketing: una forma de generar el boca a boca incluso entre los que no están suscritos a la plataforma para que, llegado el momento, y ante la imposibilidad de verla en otro sitio que no sea internet, caiga la tan apreciada suscripción. Esos nuevos suscriptores entrarían por Roma pero con suerte se quedarían al ver el amplio menú de series y películas que tiene Netflix.

 

Así pues, no estamos ante una historia de David contra Goliat, no estamos frente a una lucha de lo nuevo contra lo viejo, estamos ante un encontronazo entre dos modelos de exhibición que tienen su punto de coincidencia en el deseo de hacer negocio.

 

El comunicado de Cinépolis, que para algunos fue altamente criticable, es en realidad una respuesta lógica ante la bravuconada de Netflix. Cinépolis está dispuesto a exhibir la cinta de Cuarón siempre y cuando la “ventana” de exhibición sea la estándar de la industria, 3 meses, es decir, que en ese periodo de tiempo la película sólo esté disponible en salas, y para ello reta a Netflix para retrasar su estreno en internet ofreciendo además la mitad de la taquilla para que se done a la beneficencia que Netflix decida.

 

Las condiciones de Cinépolis son, obviamente, inaceptables, pero para cualquier exhibidor (ver el caso ya mencionado de Alamo Drafthouse) las condiciones de Netflix son igualmente imposibles de sostener. Ningún beneficio le reporta a Cinépolis ceder sus espacios para una película que se podrá ver por internet en unas cuantas semanas. Quienes acusan que el modelo de Cinépolis es “viejo y retrógrada” sólo chequen sus números, aumentando cada vez más las salas en México y el resto del mundo así como las visitas en cada una de ellas. La presencia de la “ventana”, cada vez más corta, permite jugar en un terreno plano para todos, donde la única competencia son las otras cadenas de exhibición.

 

Esto no quiere decir, pues, que el modelo no tenga que cambiar. Justo esta disputa sienta precedente para el futuro. Por que (como bien menciona el propio Cuarón en otra entrevista) al final será el público el que decida: nuestra generación entiende y valora la experiencia de ver el cine en el cine, pero para muchos jóvenes y generaciones por venir, probablemente la idea de moverse de su casa para ver una película sea ridícula y digna de sonoros “ya 100tece cñor”. Cuando esa tendencia gane, las salas tendrán sus días contados, no antes.

 

¿Por qué éste escándalo no se desató con The Ballad of Buster Scruggs? La nueva cinta de los hermanos Coen es también una pequeña joya que, en lo personal, me hubiera gustado ver en pantalla grande. La diferencia es que Netflix no pretende ganar un Oscar con esa cinta.

 

Esto nos lleva al último tema: ¿el streaming está matando al cine? Por supuesto que no, al contrario, está acercando contenidos a un público que probablemente nunca se habría tomado la molestia de ir al cine a verlos. Luego hablaremos de la calidad de los programas y películas producidas por las plataformas (Made in México?, really?), pero por lo pronto, la función de acercar al cine a más personas es encomiable.

 

El futuro pareciera perfilarse en el regreso a las grandes estudios, que ahora serán Netflix, Amazon, HBO, y que como en la televisión de paga, uno tendrá que dar dinero a cada uno de ellos para ver sus respectivos contenidos.

 

No estamos frente a la pelea de un héroe contra un villano, ni de buenos contra malos,  a lo más estamos en una reunión de representantes de la mafia, poniéndose de acuerdo en cómo se dividirán la plaza. Se trata pues, de una discusión donde me temo que el cine es lo de menos. It’s business, as usual.

-O-

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Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.

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