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Capharnaüm, o el fascismo conmovedor

En un giro inverosímil, una de las cintas nominadas a Mejor Película extranjera propone la solución última para la pobreza: prohibirles tener hijos.
Capharnaüm, o el fascismo conmovedor
08/02/2019
15:07
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Al inicio de Capharnaüm -el tercer largometraje de la libanesa Nadine Labaki- vemos cómo el pequeño Zain (el niño no actor Zain Al Rafeea) se presenta en la corte para demandar a sus padres. El niño de apenas 12 años (aunque no se sabe a ciencia cierta su edad, ya que sus irresponsables padres nunca lo registraron, por lo que legalmente, además, Zain no existe) cumple una condena en la cárcel, ¿el motivo?, Zain mismo se lo informa al juez: “apuñalé a un hijo de puta”.

 

No han pasado ni dos minutos de metraje y la directora y guionista (junto con Jihad Hojeily y Michelle Keserwany) ya han conectado el primer golpe de shock: un niño de 12 años encarcelado por apuñalar a un hijo de puta. Pero el que viene es aún mejor. En el juicio están convocados los padres (si es que ése nombre merecen) de Zain, ¿la razón?, Zain mismo se lo informa al juez: “quiero demandarlos por haber nacido”.

 

No, esto no es La Rosa de Guadalupe, pero peligrosamente se acerca. Se trata, para nuestra sorpresa, de la cinta que ganó el premio del jurado el año pasado en Cannes, la cinta que representa a Líbano en la terna por el  Oscar a Mejor Película, el filme que compite con ROMA y Cold War por la famosa estatuilla.

 

Después de ése efectista comienzo, viene el flashback. Zain vive con sus padres en un diminuto apartamento. Comparte una sola cama con incontables hermanos y hermanas, trabaja en lo que sea para ayudar a la familia: hacer entregas, vender jugos, incluso manufacturar drogas con medicina pulverizada en agua. Cualquier cosa que aporte dinero, Zain la hace, aunque de reojo ve con envidia a la camioneta que lleva a los niños a la escuela. Cuando propone en su casa la opción de ir al colegio, su madre lo apoya “podría traernos comida que sobre, le ayudarían con mantas y algo de dinero”, pero su padre, un huevón de primera, no está de acuerdo, el niño sirve más trabajando que estudiando.

 

El departamento es el clásico cáos de la podredumbre, niños por doquier, un bebé encadenado para que no se escape gateando y que lo mismo se come los cigarros de la mamá que estornuda en los jugos que vende su hermano, o ya cuando la cosa se pone peor, come leche en polvo a cucharadas porque no hay agua y la de la llave sale café.

 

De entre todos sus hermanos, Sahar es la favorita de Zain y la protege cual si fuera su hermana mayor. Cuando sus padres deciden literalmente venderla (junto con su vierginidad) a cambio de unas gallinas (sic), este niño que insulta como adolescente y piensa como adulto decide huir de casa.

 

La dramática realidad que dibuja la directora, con la siempre incisiva cámara de Christopher Aoun, insisten en hacernos creer que esto es un documental sobre un lugar sin nombre pero cuya tragedia es tal que, claro, debe existir.

 

El periplo de Zain apenas inicia. Duerme en la calle, pide trabajo a medio mundo, pero no acepta cuando un adulto le quiere regalar un pan. Toma eso Jean Valjean. Zain ha aprendido a descifrar a los adultos, les tiene miedo y rencor.

 

Este niño-adulto sería (más) inverosímil a no ser por la actuación de Zain Al Rafeea, actor no profesional cuya vida real (dice la directora) se asemeja mucho a la de la película. De hecho, Nadine Labaki presume que todos los horrores que muestra su cinta son cosas que ella vivió o presenció. Le importa mucho a la directora que le creamos que todo esto es verdad.

 

Así, las tragedias se irán acumulando una tras otra al pobre de Zain, y a los pobres de nosotros que nos las tenemos que chutar. Ahora conocemos a otra mujer, inmigrante, ilegal, que esconde a su pequeño bebé en una bolsa en el baño (para que no se lo quiten, o le nieguen el trabajo que tiene). Vive en una pequeña choza de láminas. Zain y ella se encuentran, hacen un trato: él cuida al bebé, Yonas (el mejor bebé no actor del año...o de muchos años) mientras ella sale a trabajar.  

 

Como es de esperarse, todo sale mal. La mujer un día simplemente no regresa, y Zain se queda sólo, sin dinero ni comida, cuidando a Yonas. Se roba una patineta, le pone encima unas ollas y así va por las calles de este infierno sin nombre buscando a la madre del bebé que a sus 12 años tiene que cuidar. Justo cuando crees que ya no puede haber escena más terrible, secuencia más estrujante, situación más miserable, Labaki nos sorpende: vean al pequeño Zain alimentando al lloroso Yonas con hielos espolvoreados con azúcar. “Es lo que come la gente pobre” dice en una entrevista la directora.

 

Para entonces el mensaje es claro. Por un lado, la cinta va de que descubramos quién es el hijo de puta al que Zain terminará apuñalando. La galería es amplia: puede ser el traficante de humanos que quiere que el vendan a Yonas a un buen precio, puede ser el casero que los echará de la choza de lámina, puede ser el pervertido que pagó dos gallinas a cambio de casarse con su hermana de 11 años, puede ser la vecina chismosa de a lado.

 

El caso es que a lo que acudimos es a la tortura sistemática de un pobre niño cuyo peor enemigo es la directora y guionista de este panfleto fascista. ¿Por qué fascista?, por que al final lo que busca probar la directora es su punto: los pobres no deberían tener hijos, es más, los pobres no deberían de nacer. Esto no es empatía ni solidaridad, es vil pornomiseria al servicio de demostrar que la mejor manera de acabar con la pobreza es aniquilando a los pobres.

 

Por ello estamos hablando de una ciudad sin nombre, una ciudad olvidada, perdida. No importa si esto es Líbano, o Beirut, o donde sea, lo que importa es que allá afuera hay muchos pobres, que no se bañan, que son huevones, y que osan reproducirse, como plaga.

 

Y si, está por ahí el personaje de la mamá, otra migrante sin papeles y que -a diferencia de los papás de Zain- ella auténticamente hace todo para cuidar al pequeño Yonas. Pero para cuando este personaje se desarrolla el daño está hecho. Bajo la lógica de la película, lo mejor es que simplemente no hubiera tenido a Yonas.

 

Lo mismo con el inverosímil chamaquito. Como para aliviar la tensión y hacerlo más real, la directora lo enfrenta al viejito (genial no cameo de Stan Lee) vestido de Cucaracha Man (somos tan pobres que no nos alcanzó para Spider-Man, mucho menos para Stan Lee) a quien Zain mira con admiración, respeto y fantasía. Si, aunque no lo crean, el niñito de 12 años que apuñalará a un hijo de puta, que le enseñó a su hermana lo que es la menstruación, y que va cargando a un bebé de brazos que ni es suyo, aún tiene algo de infancia.

 

El último acto es el peor. Ya que la directora y las guionistas terminaron por romperle el espíritu al personaje, regresamos a la corte. Ahora sabemos todo, ahora odiamos a los padres, ahora estamos de acuerdo no sólo con que Zain no debió nacer sino que tampoco el niño que ya espera en el vientre de la madre, embarazada por enésima vez. Con el milagro del Deus ex Machina la situación se resuelve, y es cuando nos damos cuenta que la abogada del niño, es la misma cineasta. Labaki realmente cree que está ayudando a algo o alguien su película cuando en realidad acudimos al lento y cruel asesinato de su personaje: justo cuando este Alain Delon en pequeñito nos ha ganado con su fuerza interpretativa (vaya que este niño metrecía un Oscar), con esa mirada que dice todo, la mujer insiste en que no debió nacer. Una contradicción de las tantas con las que vive esta cinta.

 

El truco de la señorita Labaki es demasiado barato, este drama, estas imágenes, esta representación de la pobreza más atroz no se muestran con otro propósito que el de arrodillar al espectador, generar shock, dolor, conmoción y lástima.

 

No hay esperanza ni otra solución más que la solución final para la señora Labaki. Peligroso que se celebren estas historias, peligroso que lleguen tan lejos.

 

De haber sabido, mejor ni nazco.

-0-

 

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Alejandro
Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.

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