Una persona llega exhausta y, antes de preguntarse qué clase de vida le exige tanto, se pregunta qué está haciendo mal. Tal vez necesita dormir mejor, administrar sus emociones o aprender a poner límites. Trabajar sobre lo que depende de nosotros puede devolver margen. Lo inquietante comienza cuando esa parte de la respuesta ocupa el lugar de todas las demás.

Tenemos palabras más precisas para nombrar el malestar. Hablamos de ansiedad, desgaste, trauma y regulación emocional. Ese lenguaje permitió reconocer dolores antes soportados sin nombre y pedir ayuda sin la misma vergüenza. Pero cuanto mejor aprendimos a describir lo que ocurre dentro de cada persona, más fácil se volvió olvidar aquello que estaba ocurriendo alrededor.

Una jornada diseñada para desbordar termina convertida en un problema de organización. La incertidumbre económica se vive como incapacidad para descansar. La disponibilidad permanente se diagnostica como falta de límites y la soledad producida por vínculos frágiles, como una deficiencia para conectar. Las condiciones permanecen intactas, pero el malestar cambia de domicilio: deja de señalar al entorno y se instala en quien lo padece.

Así se privatiza el sufrimiento. No hace falta negar que existe; basta con individualizar su origen y su solución. La persona puede acudir a terapia, respirar, escribir y aprender a resistir, siempre que la pregunta termine regresando hacia ella. El dolor recibe atención, pero pierde su capacidad de acusar. Aquello que también revelaba una forma de trabajo, una distribución desigual del cuidado o una cultura de disponibilidad constante queda reducido a una tarea personal pendiente.

Sería injusto despreciar las herramientas que permiten atravesar una crisis. La introspección puede impedir que una herida se convierta en destino, y asumir responsabilidad es indispensable. Sin embargo, responsabilidad no significa autoría absoluta. Participamos en nuestra vida, pero no diseñamos todas las condiciones bajo las que debemos vivirla. Confundir ambas cosas obliga a responder individualmente por daños cuya producción fue compartida.

La paradoja favorece a los sistemas que dependen de nuestra adaptación. Una empresa no necesita revisar una exigencia desmedida si cada integrante gestiona mejor el estrés. Una plataforma no necesita moderar sus interrupciones si quien no logra desconectarse se considera indisciplinado. Una sociedad tampoco necesita preguntarse por qué tantas personas están agotadas cuando existen métodos para devolverlas a la productividad. El cuidado deja de cuestionar la maquinaria y empieza a dar mantenimiento a quienes deben seguir operándola.

¿Qué dejamos de ver cuando cada dolor se interpreta como un asunto privado? Dejamos de reconocer patrones. Personas que nunca se han conocido se culpan por cansancios semejantes, llaman fracaso personal a no poder cumplir con todo y buscan en su historia íntima la explicación de una angustia repetida en miles de vidas. Cada caso parece aislado porque se pronuncia en primera persona, aunque la coincidencia revele algo que ninguna biografía explica por sí sola.

Las heridas no tienen un único origen ni exigen la misma respuesta. Las que hablan de nuestra historia reclaman una responsabilidad que nadie puede asumir en nuestro lugar; otras utilizan nuestra vida para decir algo sobre el mundo que las produjo. Tratar todas como asuntos privados no nos vuelve más responsables: añade a la herida la acusación de no haber sabido evitarla y deja intacto aquello que seguirá dañando a otras personas. Cuando una sociedad convence a cada quien de corregirse por separado, no necesita ocultar el sufrimiento. Le basta con impedir que quienes lo comparten lleguen a reconocerse dentro de él.

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