Trump acusa a China de interferencia en el tema electoral… ¿Y Rusia? No menciona para nada a los rusos, aunque de eso sí hay pruebas, de que quisieron influir para beneficio de Trump y contra Biden.

El pasado 16 de julio, en un discurso a la nación desde la Sala Este de la Casa Blanca, Donald Trump acusó a China de lo que llamó la mayor filtración de datos electorales de la historia, alegando que Pekín había adquirido ilícitamente los registros de 220 millones de votantes.

La realidad, parece contradecir al presidente de los Estados Unidos. Uno de los documentos presentado por la Casa Blanca como "Desclasificado por el Presidente Trump el pasado 3 de julio", fechado en agosto de 2020, retrata a Rusia como el país que ha intentado vulnerar el sistema electoral estadounidense, y señala que habría actuado en contra del ex vicepresidente Joe Biden y de lo que consideraba un establishment anti-Rusia. El documento del Consejo Nacional de Inteligencia subraya que algunos actores vinculados al Kremlin habrían buscado “impulsar la candidatura del Presidente Trump en redes sociales”.

Sobre China, si bien el documento reconoce que Beijing preferiría que Trump, a quien veía como “impredecible”, no ganara la reelección, también señala que no buscó interferir en la elección. Un punto que contradice lo dicho por el presidente estadounidense. Cinco días después de acusar a China, Trump restó importancia a lo que él mismo había denunciado, afirmó que Estados Unidos hacía lo mismo y sostuvo que, en todo caso, aquello había ocurrido hacía mucho tiempo.

La contradicción entre los dichos del presidente y los propios documentos que la Casa Blanca desclasificó para probar la injerencia china obliga a la pregunta: ¿por qué ahora, y por qué China y no Rusia?, si las pruebas de la injerencia rusa son, a diferencia de las que pesan sobre China, contundentes.

La respuesta es muy incómoda para Trump, y tiene dos vertientes. La primera es la legitimidad electoral. Reconocer la participación de Rusia en la vulnerabilidad del sistema en 2020 pasa también por reconocer el informe Mueller y las pruebas de la interferencia rusa en las elecciones de 2016, que habrían beneficiado al propio Donald Trump. Abrir ese expediente pondría, de nueva cuenta, bajo la lupa su propia elección para el primer mandato.

La segunda vertiente es estratégica y responde al "ahora". A unos meses de los comicios de noviembre, y con los pronósticos en contra, Trump necesita un enemigo externo, una pieza indispensable del discurso populista, al que imputar el designio de destruir al país desde adentro. China sirve a ese propósito; Rusia lo arruina, porque los mismos documentos la muestran actuando a favor de Trump. Al nombrarla, el relato de una elección amenazada desde fuera se viene abajo: el foco vuelve, otra vez, a su propio arribo a la Casa Blanca en 2016. De ahí la instrumentalización de China como elemento narrativo de choque, y el cuidadoso silencio sobre Moscú.

Las dos vertientes empujan en el mismo sentido: pronunciar el nombre de Rusia mancha el origen de su primer mandato y, a la vez, desactiva el enemigo que hoy necesita con tanta urgencia. Por eso Rusia debía permanecer innombrable y por eso no se entiende el error de desclasificar documentos que la exhiben por un lado y por el otro exoneran a quien se pretendía culpar: China.

Y quizá esa sea en última instancia la mejor estampa de este episodio. Con la visita del presidente chino a Washington planeada para septiembre, la administración Trump muestra un dejo de desesperación para recuperar a los votantes que ha perdido en estos más de 18 meses de gobierno. Cabe preguntar finalmente ¿Qué tan difícil se ve el panorama que para tratar de probar una supuesta interferencia electoral se presentan documentos que consignan la que se ejerció en su beneficio?

X: @solange

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