Nuestro gobierno entendió, antes que muchos otros, que Estados Unidos transformaría todas sus relaciones comerciales. Que impondría una serie de aranceles a sus aliados más cercanos y utilizaría la integración económica como arma. Que su firma estaba escrita con lápiz." Así se expresaba la mañana del sábado 22 de agosto el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, en Ottawa, apenas unas horas después de haber ordenado a su equipo negociador retirarse de Washington.
La metáfora no podía ser más sutil pero tampoco más contundente al mismo tiempo. Porque hoy para el mundo, especialmente para Canadá, es claro que la firma de Estados Unidos ya no tiene el valor que tenía antes. Que los compromisos adquiridos, que los tratados ya firmados, que la confianza se han esfumado.
Desde que llegó al poder en enero de 2025, la política arancelaria de Donald Trump ha tenido como uno de sus principales convidados a Canadá, a quien no solamente ha amenazado sino contra quien sí ha cumplido sus amenazas comerciales. Desde el sostenido en la sección 232 hasta los que entraron en vigor a la medianoche del propio sábado, sustentados en la sección 338 de una ley de 1930.
Y es que en los días previos al rompimiento parecía que las negociaciones caminaban de manera positiva. Una percepción que se desvanecería unas horas antes de que se venciera la fecha límite impuesta por la Casa Blanca. Unilateralmente. De esa misma forma se intentaría también controlar la narrativa de lo ocurrido. Sería el propio representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, quien se encargaría de detallar qué era aquello que Canadá había rechazado: reducciones significativas de aranceles al acero, al aluminio, a los automóviles y a la madera, además de una alianza económica y de seguridad nacional. Una enumeración construida cuidadosamente para hacer recaer la responsabilidad del fracaso en Ottawa. Sin embargo, Carney dejó ver las razones por las que se levantó de la mesa. En las últimas horas de la negociación apareció una exigencia que explica bastante: que Canadá restringiera su capacidad de firmar acuerdos comerciales con terceros países, más allá de lo que el propio T-MEC ya establece en su artículo 32.10 respecto de las economías que no son de mercado.
Los aranceles del 50% que entraron en vigor sobre unos 20 mil millones de dólares en mercancías canadienses han sido considerados, al igual que las exigencias de última hora provenientes de la Casa Blanca, como ofensivos e irrespetuosos desde el lado canadiense. Un trato indigno para el mayor aliado de Estados Unidos en toda su historia.
Pero incluso más allá de las razones hay algo de fondo que pesa, y pesa también para México: la constatación de que el T-MEC está en terapia intensiva. Desde hace meses los tres países negocian un tratado sustentado en aranceles, cuyos preceptos han dejado de aplicarse: se han impuesto gravámenes a productos y mercancías protegidas por el propio tratado. La razón de existir de un acuerdo de libre comercio es determinar qué mercancía puede cruzar la frontera sin gravámenes; cuando de facto deja de aplicarse, comienza a perder su vigencia.
Bajo este marco ocurrían, hasta el viernes pasado, dos negociaciones bilaterales en paralelo. Hoy quizá ocurra una sola. Canadá se levantó de la mesa, aplicará represalias dólar por dólar a partir del 8 de septiembre y entró en la fase que sus propios funcionarios llaman ya, sin eufemismos, guerra comercial. México sigue sentado.
Ninguno de los dos quería llegar hasta aquí. Tanto Canadá como México preferirían un T-MEC que funcionara, y ambos gobiernos saben perfectamente que negociar por separado frente a la primera economía del mundo los ha colocado en una posición mucho más vulnerable que si hubiesen ido en conjunto. Sin embargo, la Casa Blanca ha jugado sus fichas a "dividir y vencerás", y ha encontrado terreno fértil: hace algunos años coordiné un libro sobre esta relación con especialistas de los dos países, y el hallazgo más incómodo fue de método, mientras más tiempo llevaba alguien trabajando el vínculo bilateral, con más frecuencia respondía que del otro lado no había interés alguno. México lleva meses negociando y ahí seguirá; Canadá se ha ido por razones plenamente justificadas.
Esto deja a los dos países apostando por su cuenta. México seguirá apostando a mantenerse a cambio de política migratoria, de cooperación en seguridad y en el combate al narcotráfico. Incluso, de imposición de aranceles a terceros países que puedan amenazar su proceso de negociación. Habrá que ver si sus líneas rojas siguen marcándose en el gobernador Rocha Moya y el resto de funcionarios señalados desde Estados Unidos. Canadá, como ya vemos, tiene una estrategia muy distinta.
La metáfora de Carney tiene su espejo de realidad. Y para México eso tiene que ser una lección. Que no haya sorpresa, entonces, si antes de la esperada firma llegan exigencias de última hora. O si, ya firmado el acuerdo, llegan nuevas amenazas de aranceles. También para México se firmará con lápiz.
X: @solange_
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