El pasado 27 de agosto, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, firmó un decreto que ordena renombrar el Lago Ontario como Lago América y eliminar toda referencia a "Lake Ontario" de la base de datos federal de nombres geográficos. La firma fue acompañada de un gran ruido mediático y en redes sociales haciendo mofa del cambio de nombre. Una decisión que se suma a muchas que han sido calificadas como caóticas e incluso absurdas. Y es que cambiar el nombre de un lago o de un golfo que llevan siglos llamándose de otra manera puede parecer absurdo, pero podría tener una lógica detrás.
Esa lógica podría encontrar sustento en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Un documento en el que Washington subraya su interés de mantener al Hemisferio Occidental como su área de influencia. En el Corolario Trump a la Doctrina Monroe se declara la voluntad de negar a competidores extrahemisféricos la capacidad de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, de asegurar el acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave, y de condicionar los términos de sus alianzas a que el socio reduzca la influencia externa sobre puertos, infraestructura y activos estratégicos "ampliamente definidos".
Y es en esa lógica donde entra Canadá, pues más allá de un aliado, Canadá es un actor con recursos que Washington considera indispensables: la seguridad del Ártico, crudo, minerales críticos y agua.
La enorme integración comercial permitió un gran crecimiento económico para Canadá, pero también es hoy una vulnerabilidad, pues justamente eso la volvió blanco fácil de una política de presión económica. Es una de las economías más expuestas, junto con México, y por eso la más cercana para castigar: aranceles impuestos por encima del T-MEC, amenazas sobre sectores enteros y condiciones que se mueven a última hora en la mesa de negociación. Todo esto, coronado por el cambio del nombre al lago, suena a caos y exabrupto. A venganza política irracional.
Pero ya antes hemos visto estas acciones aparentemente irracionales. En enero, Trump anunció aranceles contra ocho aliados de la OTAN hasta que se alcanzara un acuerdo para la compra completa y total de Groenlandia. Veinte días después retiró la amenaza. Lo que ganó fue la reapertura del acuerdo de defensa de 1951, actualizado por última vez en 2004. Un acuerdo en el que busca negociar acceso a la Isla, no solo en materia de petróleo, uranio y tierras raras sino también que se garanticen tropas estadounidenses en Groenlandia de forma indefinida, incluso si la isla llega a independizarse de Dinamarca; poder de veto efectivo sobre grandes acuerdos de infraestructura y recursos naturales en la Isla, específicamente para bloquear la participación de Rusia y China. Los términos de ese acuerdo aún se negocian, sin embargo, lo logrado hasta el momento se inscribe en los objetivos de la ESN.
Hasta dónde entonces son racionales las decisiones de la Casa Blanca. En ciertos casos pareciera que así es. Eso no elimina el carácter impulsivo del presidente norteamericano, propenso a tomar decisiones irracionales en muchos casos. La racionalidad enmarcada en la ESN hacia la influencia hemisférica no está exenta de exabruptos y caos en decisiones cruciales. Esa es la verdadera Doctrina Donroe. Ahí se inscribe el alargamiento de la guerra en Irán, que a seis meses sigue estancada sin final visible y sin nada que se parezca a un instrumento ganado ni objetivo alcanzado.
¿Dónde se inscribe entonces el cambio de nombre del Lago Ontario? El nombre tiene cientos de años y su uso está regulado por un Tratado de Aguas Fronterizas de 1909. El decreto firmado por Donald Trump tiene en la sección 2(a) una frase que llama la atención: “Estados Unidos reclama la mayor parte del volumen del lago”, porque las partes más profundas están en territorio estadounidense. Antes, el texto insiste en cuántos rompehielos aporta la Guardia Costera de forma gratuita y en los casi cuatro mil millones de dólares invertidos en la última década, mientras Canadá ha invertido mucho menos. El lenguaje apunta a reclamar un derecho por haber invertido más.
El lago forma parte de un sistema que concentra cerca del 20% del agua dulce superficial del planeta; que sirve de refrigeración a las centrales de la orilla sur en Estados Unidos, que aportan una quinta parte de la electricidad de Nueva York; que es el cuello de botella oriental de los Grandes Lagos, donde se controla el acceso del interior norteamericano al Atlántico. Nada de eso es menor ni parecería una casualidad.
“No hay mensaje”, respondió Donald Trump cuando le preguntaron qué quería decirle a Canadá flanqueado por un mapa donde había escrito con plumón y en letras gordas “Lake América”. ¿Un exabrupto o el precedente para reabrir otra negociación en condiciones favorables para Washington?
X: @solange_
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