Cuando el miedo se hace cotidiano, pasa de experimentarse como sensación a ser la única forma de habitar la ciudad.

Los últimos datos de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI muestran que, a nivel nacional, la percepción de inseguridad es menor que la registrada al inicio de la actual administración federal. Pero la Ciudad de México cuenta una historia distinta: la percepción de violencia e inseguridad ha incrementado. Y eso acusa un problema más profundo que la incidencia delictiva: una ciudad que ha dejado de funcionar como debería.

En alcaldías como Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Xochimilco, siete de cada diez habitantes viven sintiéndose inseguros. Casi la mitad de los capitalinos identifica la delincuencia como uno de los principales problemas de su entorno, y la mayoría cree que la situación permanecerá igual o incluso empeorará en los próximos meses.

Los espacios donde más temor existe son precisamente aquellos que millones de personas utilizan todos los días. Los cajeros automáticos en la vía pública, el transporte público y las calles encabezan la lista. No hablamos de lugares excepcionales, sino de los trayectos para ir a trabajar, estudiar o regresar a casa.

La inseguridad, además, refleja otra desigualdad que pocas veces discutimos. La ciudad no es la misma para quien vive en Benito Juárez que para quien habita en Iztapalapa. Mientras en la primera más del 80% de la población se siente segura, en la otra casi tres cuartas partes vive con la percepción opuesta. El derecho a vivir sin miedo no debería depender del código postal.

Pero quizá el dato más preocupante de la encuesta sea otro. La policía de la Ciudad de México, la institución que debería ser el primer contacto de los ciudadanos con el Estado, es también la peor evaluada. Muy por debajo de la Marina, del Ejército y de la Guardia Nacional, menos de la mitad de los capitalinos la considera efectiva. Ninguna ciudad puede aspirar a ser segura si su institución más cercana es también aquella en la que menos confían sus habitantes. La seguridad comienza en la colonia, en la patrulla que la recorre, en la policía que responde una llamada de auxilio, recibe una denuncia y previene el delito antes de que ocurra.

Y, sin embargo, sería un error concluir que el problema son los policías. La enorme mayoría de las mujeres y los hombres que integran la corporación salen todos los días a cumplir con una tarea difícil y muchas veces ingrata. Son servidores públicos que trabajan jornadas extenuantes, que en su mayoría viven en el Estado de México y recorren trayectos que toman horas para llegar a desempeñar sus turnos. Muchos reciben salarios que están lejos de corresponder con la responsabilidad que asumen todos los días. Son esas condiciones, y un sistema que durante años dejó de profesionalizar y fortalecer la institución, lo que termina por debilitar la confianza ciudadana.

El profesionalismo no basta si no va acompañado de la decisión política que urge para transformar la institución de fondo. La Ciudad de México necesita una policía verdaderamente unificada en una sola corporación, profesional, de proximidad y con condiciones laborales dignas: una institución que reclute, capacite, acompañe y reconozca a sus elementos, porque la confianza ciudadana también se construye cuidando a quienes tienen la responsabilidad de cuidarnos.

Una ciudad no funciona cuando obliga a sus habitantes a vivir con miedo. Funciona cuando permite moverse, trabajar, estudiar y disfrutar el espacio público con libertad. Las chilangas y los chilangos merecemos una mejor ciudad: una pensada, planeada y administrada para que la vida de sus habitantes sea más plena.

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