Viendo mi padre que se me facilitó el manejo de la cámara, empezó a prestármela a veces; así empecé a tomar mis primeras fotografías, con mucha emoción de mi parte, porque descubrí que en la papelería denominada “La Casa Rivas”, ubicada en la calle Francisco Sosa, en Coyoacán, a diez cuadras aproximadas de nuestra casa, revelaban los rollos que, en mi caso eran de doce fotos cada uno; nos entregaban las doce fotos impresas en tamaño postal y escogían, a su consideración, la mejor de las fotos del rollo y la amplificaban a tamaño carta como un obsequio extra o algo así, entonces empecé a entender la magia de la fotografía, las imágenes se podían ver en grande, crecían, y así creció mi vocación, casi inequívoca, de que yo de grande sería fotógrafa. No ha sido fácil, he recorrido un largo camino desde mi adolescencia hasta mi vejez para lograr, digámoslo mejor, dominar mi oficio, el de la fotografía.

Yo en mis inicios no sabía nada sobre fotografía, pero sí de pintura gracias a un juego que mi madre hacía conmigo; ella me hacía hojear libros de arte con la historia de la pintura, la escultura, etc., me decía que me fijara en los trazos y en las composiciones de los cuadros, luego me hacía abrir el libro en cualquier página, al azar, entonces tapaba con la mano el título y el nombre del pintor y yo debía adivinar los estilos y los nombres de los pintores, desde los primitivos, el Renacimiento, los prerrafaelitas, los impresionistas, los fauvistas, los expresionistas, los cubistas, los surrealistas, los muralistas mexicanos, los paisajistas mexicanos, los modernistas, etc., esto fue fundamental para mi trabajo por aquello que Sir Walter Raleigh llamó: “El teatro de la vida” y que en algunos “momentos dados” de ese teatro que la suerte, como una tirada de dados me ha brindado, he podido capturar, y que, como dice el poeta S. Mallarme, jamás abolirán el azar.

Cuando empecé a trabajar, yo estudiaba por las tardes como alumna de la primera generación en el CUEC (Centro de Estudios Cinematográficos de la UNAM), entonces tuve la suerte —otra vez el dichoso azar— de trabajar como asistente, o mejor dicho achichincle, en el estudio Cine-Foto de los fotógrafos Antonio Reynoso y Rafael Corkidi; tuve la suerte de que el maestro Reynoso me instruyera y me prestara libros de fotografías de los grandes fotógrafos del siglo XX, desde Átget, Paul Strand, Edward Weston, Eugene Smith, Henri Cartier-Bresson, Álvarez Bravo, etc.. Yo por mi parte me iba a la librería de Anita Boyer, en la Zona Rosa, quien era amiga de mis padres y me permitía hojear lujosos libros de fotografías sin tener que comprarlos pues el dinero que ganaba no me alcazaba, así aprendí a conocer la obra fotográfica de los grandes artistas de la lente.

El instante fotográfico. Entre los fotógrafos que más admiro está Cartier-Bresson, sus fotografías me parecen extrordinarias, con una fuerza impactante y una gran profundidad en una narración clara y directa, este gran fotógrafo francés hablaba de la importancia del “instante decisivo”, aquel en el que el fotógrafo dispara su cámara ante la escena que lo llevó a decidirse por ese preciso “instante decisivo” del disparo con su cámara; creo que Cartier-Bresson tiene razón, lo interesante es que los fotógrafos, a diferencia de otros artistas plásticos, deben resumir todo su conocimiento, su estética, la composición, y el dominio de su técnica en un instante, o sea el instante del disparo.

@paulinalavistap

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