La Huamantlada es un “famoso espectáculo taurino” que se celebra cada año en el mes de agosto en las calles del pueblo mágico de Huamantla, en el estado de Tlaxcala, y paradójicamente forma parte de los festejos en honor a la Virgen de la Caridad.

Miles de personas se reúnen desde temprano en las calles del Centro Histórico para observar o participar en un encierro. A las 10:00 a. m., tres cohetones anuncian la suelta de los toros, y con ellos desaparece la caridad. No hay solidaridad con el sufrimiento ajeno.

Sin lugar a duda es un festejo lleno de contradicciones. En los días previos se lleva a cabo la tradicional celebración religiosa y de arte efímero: “la noche que nadie duerme”, donde los pobladores y artesanos trabajan toda la noche para decorar las calles principales con largos tapetes hechos de aserrín teñido, flores y semillas; al amanecer, la alegría y majestuosidad de sus calles se hacen presentes; y a la medianoche, después de una misa solemne, comienza la procesión con la imagen de la Virgen de la Caridad sobre unos 10 kilómetros de estas artísticas y coloridas alfombras.

Esas mismas calles que dan testimonio de la devoción, del arte y del espíritu de comunidad, días después dan cuenta de una barbarie. Entre alcohol, empellones, gritos y una excitación que horroriza, la violencia se abre paso entre la violencia. El espectáculo y la diversión dependen del sufrimiento de los toros y del de los seres humanos.

Este año el trágico y sangriento espectáculo dejó un saldo de dos personas fallecidas y casi una decena de heridos graves. Los toros de lidia de más de 400 kilos son expuestos a un entorno ruidoso, confuso y hostil que altera su comportamiento natural, debido al estrés; y no está por demás decir que generalmente sufren lesiones.

A nivel nacional, mayoritariamente hemos coincidido en que los animales son seres sintientes, de ahí que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece la obligación del Estado de garantizar su protección, trato adecuado, conservación y cuidado. Además, mandata que la educación debe incluir su protección y respeto.

Entonces, ¿las tradiciones están por encima de la Ley Fundamental? ¿debemos privilegiar las tradiciones por sobre la integridad física y la vida humana?, queda claro que no. Entonces ¿por qué las autoridades lo permiten?

Si la ciudadanía refiere como uno de los mayores problemas la inseguridad y la violencia ¿por qué participa de un espectáculo inseguro y violento? ¿Por qué le divierte de lo que tanto se queja?

Debo confesar que me da mucha curiosidad saber qué pasa por la cabeza de quienes corren despavoridos mientras los persigue un toro, qué piensan los que lo azuzan para provocar la embestida, qué desean los espectadores que realmente pase.

De pronto imagino que quienes participan activamente haciendo alarde de valentía y arrojo, en el fondo buscan validación social; ser vistos, aunque sea a costa de su vida. Se exhiben ante una horda de bárbaros excitados en masa por la violencia y el peligro por el que atraviesan sus congéneres. Por supuesto me aterra pensar que andan por las calles con su psicología y patología a cuestas, y me pregunto: ¿De qué más son capaces? ¿Cómo dan rienda suelta a sus impulsos cuando no hay Huamantlada?

Las contradicciones humanas, sociales, legales y morales son evidentes. ¿Quién gana realmente con este lamentable espectáculo?

Activista social

@larapaola1