En junio escribí en este espacio sobre el memorándum de entendimiento entre EU e Irán. En esa ocasión fui muy crítico y expresé escepticismo sobre su implementación. Desde entonces hemos sido testigos de lo que en el medio artístico se llama “rutina”. Semana tras semana Trump lanzaba ultimátums apocalípticos, anunciando que “acabaría con la civilización persa”. Al día siguiente declaraba que “no querría matarlos”, que le habían rogado y que los iraníes estaban dispuestos a negociar. Generalmente los domingos informaba que negociaciones o “semi-negociaciones” estaban en marcha. Pocas horas más tarde Irán descartaba tales negociaciones y negaba siquiera haber tenido contacto con EU. El resto de la semana se registraban ataques menores para luego comenzar de nuevo, repitiendo los mismos pasos como si hubiesen sido aprendidos en un salón de baile.
Las diferencias culturales favorecen a Irán. En EU el tiempo se mide en días, sino es que en horas; en la antigua Persia, en décadas. Mientras que Trump está desesperado por una salida, los ayatolás están prestos a “acompañarlo” hasta el final de su mandato. Dada la regularidad y los días de la semana elegidos para el baile, resulta natural suponer que, además de crear sensación de progreso y alimentar la propaganda, una de las motivaciones de Trump ha sido la manipulación de los mercados para ganancia personal. Al principio reaccionaban tímidamente. Últimamente, la aguja apenas se mueve; los mercados ya lo dan por descontado. La excepción es, obstinadamente, el precio del petróleo porque, en efecto, el estrecho de Ormuz continua bloqueado. Por su parte, la motivación de Irán parecería ser aprovechar la prisa de Trump, alargar el conflicto por lo menos hasta la víspera de las elecciones estadounidenses de medio término y obtener la mayor cantidad posible de concesiones de parte de EU.
Ansioso por salir del bucle, Trump anunció en tono hiperbólico las “sanciones económicas más duras de la historia” contra Irán. Su problema es que ya pocos creen en sus amenazas o promesas. Por un lado, hay creciente evidencia de que el arsenal de municiones estadounidense está muy mermado. Reponerlo implica grandes recursos y mucho tiempo, que es lo menos que Trump tiene. Por el otro, de acuerdo con filtraciones de la propia Casa Blanca, el presidente estadounidense estaría dispuesto a “abandonar sus esfuerzos” en materia de no proliferación nuclear con tal de lograr la reapertura del estrecho de Ormuz. Ya ni hablar de un acuerdo mejor que el que negoció Obama y canceló Trump. Irán lo sabe. Para los ayatolás, “la estrategia ganadora consiste en la negación, la ambigüedad y la paciencia” por lo que su lista de condiciones para abrir el estrecho es extraordinaria e incluye 300 mil millones de dólares como indemnización, la liberación de los activos congelados y la retirada de las fuerzas estadounidenses.
Tras seis meses de una guerra que se suponía tomaría seis semanas, parece que una eventual “victoria’ de Trump se limitaría a resolver un problema que no existía antes del ataque de EU e Israel contra Irán y que dejaría de lado la cuestión nuclear. El tiempo sigue corriendo y todo indica que, mientras no ocurra otra cosa, Trump y los ayatolás continuarán bailando al compás de Irán.
Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos @amb_lomonaco
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