El presidente de Estados Unidos, , dijo que iba por , y cumplió. Tras meses de presión, con despliegue masivo de buques cerca de Venezuela, lanzó una operación que culminó con la captura del presidente venezolano y su esposa, Cilia Flores, y que anunció… en su red social.

Los días de intervencionismo de Estados Unidos, de como la ocurrida en Panamá en 1989 parecían haber quedado en el olvido, pero los ataques de la madrugada en Venezuela revelan no sólo que con Trump son posibles, sino que está dispuesto a ejercer su poder de una manera desenfrenada, sin que el derecho internacional o el Congreso puedan detenerlo.

Venezuela se suma a una lista de países atacados por el autoproclamado “presidente de la paz”: Irán, Siria, Somalia, Yemen, Nigeria… Y no ha cumplido ni un año en la presidencia.

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Maduro se aferró al poder a pesar de que la oposición evidenció en 2024 que el verdadero ganador de las elecciones presidenciales fue Edmundo González Urrutia. Como buen autócrata, aseguró, sin pruebas, que él ganó. Apoyándose en un ejército que le era leal a fuerza de complicidad y repartición de poder, reprimió protestas y encarceló a opositores.

Mientras la población venezolana se hundía en la pobreza, los hospitales carecían de lo más básico y millones de venezolanos se veían obligados a salir del país, Maduro y su círculo cercano se afianzaba en un poder sin ley. Incluso sus aliados, como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, evitaron reconocer su mandato, ante las evidencias de fraude masivo.

Para esos venezolanos, la caída de Maduro es, sin duda, una buena noticia. Sin embargo, el ataque que puso fin a su presidencia es cuestionable en varios sentidos:

Trump actuó, como ha hecho frecuentemente desde su regreso a la Casa Blanca, saltándose al Congreso y las normas del derecho internacional.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Foto: AP
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Foto: AP

Trump asegura que Maduro es un narcoterrorista

En las últimas semanas, el líder republicano dejó claro que busca poder hacer negocios con el petróleo venezolano.

Asevera que Maduro es un narcoterrorista, líder de un Cártel de los Soles cuya existencia misma es cuestionada. Pero expertos han recalcado que el papel que juega Venezuela en el tráfico de drogas es mínimo, en comparación de otros países de la región.

La acción de Trump, en cambio, evidencia que, cuando tiene un enemigo en la mira, no hay derecho que valga. Al proceder sin tener en cuenta las reglas internacionales, la operación perdió cualquier atisbo de legitimidad. Y da herramientas para que líderes autócratas actúen emulándolo. Si la primera potencia puede entrar a un país y sacar a un líder, ¿por qué ellos no?

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El alivio que pueden sentir los venezolanos es solo momentáneo. La salida del poder de Maduro no garantiza una transición democrática en Venezuela. En cambio, puede traducirse en caos sin un plan sobre “el día siguiente”. Trump no actuó para hacer un bien a la humanidad. Actuó por interés personal.

Quizá por ello, la oposición venezolana ha sido cautelosa y prudente y no se ha manifestado.

¿Tiene Trump un plan para el día después? Porque hasta ahora, lo que ha mostrado es un interés por el éxito momentáneo, por poner los intereses de Estados Unidos primero, trátese de Ucrania o de la guerra en Gaza.

La operación en Venezuela deja a América Latina en una zona de inestabilidad y envía un mensaje alarmante: cualquier gobierno que no se alinee con Trump puede desatar su furia y caer, como cayó Maduro. Cualquier país puede seguir en su lista.

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sg/mcc

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