Durante los últimos meses hay una palabra que parece dominar la política comercial internacional: aranceles. Todos los días leemos sobre nuevos gravámenes, negociaciones, represalias o acuerdos. Sin embargo, pensar que la estrategia económica se reduce a ellos sería un error. Existe otra herramienta, mucho más silenciosa, pero igualmente decisiva: la propiedad intelectual (PI).
Hace apenas unas semanas, con motivo del 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos, escribía en este mismo espacio que la protección de la PI ha sido una política permanente de ese país desde su nacimiento. Hoy retomo esa reflexión porque ayuda a entender que los aranceles son sólo una parte de una estrategia económica mucho más amplia, orientada a proteger la innovación, fortalecer la competitividad y consolidar el liderazgo tecnológico estadounidense.
Dos siglos y medio después, la PI sigue incentivando la innovación, pero hoy cumple además funciones mucho más amplias. En una economía basada en el conocimiento, se ha convertido en un instrumento de competitividad y de política industrial y comercial y, cuando involucra sectores estratégicos, incluso de seguridad nacional.
Las recientes declaraciones de Scott Bessent, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, ilustran con claridad esa evolución. Al referirse al entrenamiento de modelos chinos de inteligencia artificial (IA), advirtió sobre la posibilidad de imponer sanciones o restricciones comerciales a empresas que obtengan ventajas competitivas mediante la apropiación indebida, a escala industrial, de PI estadounidense.
Ese es, precisamente, el cambio de paradigma. La apropiación indebida de tecnología, información protegida o secretos industriales ya no se percibe únicamente como una controversia entre particulares. Cuando puede fortalecer las capacidades de IA, la capacidad productiva o la posición tecnológica de otro país, la protección de la PI trasciende el ámbito jurídico para convertirse también en una cuestión de política económica, competitividad y seguridad nacional.
Las declaraciones de Scott Bessent muestran una cara del fenómeno. Las recientes reflexiones de David Kappos, exdirector de la Oficina de Patentes y Marcas de los Estados Unidos, permiten entender la otra. China ya no puede analizarse únicamente desde la óptica de la copia, la falsificación o la apropiación indebida de tecnología.
China está fortaleciendo su sistema de PI e integrándolo cada vez más a sus políticas industriales, científicas, educativas y comerciales para impulsar su competitividad y su influencia tecnológica. En cierto sentido, parece estar recorriendo un camino que Estados Unidos comenzó a transitar hace dos siglos y medio: entender que proteger la creatividad y el conocimiento no sólo beneficia a sus titulares, sino que crea las condiciones para generar innovación, atraer inversión y fortalecer la economía nacional.
¿Existe alguna contradicción entre ambas posturas? En realidad, no. Ambas responden a una misma conclusión: la PI es mucho más que un conjunto de derechos exclusivos. Es un instrumento de competitividad, una verdadera política de Estado y, en determinados sectores, un componente de la seguridad nacional.
Mientras buena parte del debate público sigue concentrado en los aranceles, las principales economías del mundo llevan tiempo compitiendo en otro terreno: la innovación y la PI que la protege. En el siglo XX, los países competían principalmente por los mercados; en el XXI compiten también por el conocimiento, la creatividad y la tecnología.
No es casualidad, por ello, que la PI figure entre los temas relevantes de la revisión del T-MEC. Lejos de tratarse de un capítulo técnico, sus disposiciones inciden directamente en la innovación, la transferencia de tecnología, la inversión y la competitividad de la región.
La lección para México trasciende el diferendo comercial entre Estados Unidos y China. Las grandes economías ya no discuten si la PI debe formar parte de su estrategia de desarrollo: dan por hecho que así es. La diferencia radicará en quién sea capaz de transformar y explotar mejor el conocimiento, atraer inversión y fortalecer su competitividad.
Los aranceles seguirán ocupando los encabezados. Sin embargo, el verdadero liderazgo económico del siglo XXI dependerá, en buena medida, de la capacidad de los países para crear, proteger, explotar y defender la innovación. Hoy las batallas por la competitividad ya no se ganan únicamente en el comercio internacional, sino en la capacidad de las naciones para generar conocimiento y aplicarlo para impulsar el desarrollo.
*Especialista en propiedad intelectual y protección de innovación
X: @MA_Margain
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