Esta semana, mientras muchos habitantes de la Ciudad de México salimos de casa con paraguas y chamarra, en otras partes del país el problema es exactamente el contrario: el calor sigue enfermando y matando personas. Parece una contradicción, pero no lo es.

Uno de los grandes problemas para comunicar el cambio climático es que experimentamos el tiempo de manera local. Si hoy hace frío, llueve o necesitamos un suéter, resulta difícil pensar que, al mismo tiempo, cientos de kilómetros más lejos alguien puede estar enfrentando temperaturas peligrosas. México es un país muy grande en el que se pueden experimentar condiciones extremas de manera simultánea. El planeta, mucho más.

Y los datos mexicanos deberían preocuparnos. Hasta la semana epidemiológica 34 de 2026, con corte al 2 de septiembre, la Dirección General de Epidemiología (DGE) había registrado 2,140 casos de daños a la salud asociados con temperaturas naturales extremas durante la temporada de calor y 121 defunciones notificadas. De los casos, 1,166 correspondieron a golpe de calor, 901 a deshidratación y 73 a quemaduras.

La dimensión del cambio se entiende mejor al mirar hacia atrás: durante años, México registró alrededor de 30 defunciones por temporada de calor. En 2023 fueron 426 y en 2024, 332. Este año ya suman 121 y la temporada de vigilancia aún no termina.

Pero la distribución es muy desigual. Hasta ahora, Sonora acumula 464 casos y Baja California 232. Sin embargo, esta última concentra 51 de las 121 defunciones notificadas en el país. Mientras tanto, en otras regiones de México hablamos de lluvias, inundaciones o descenso de temperatura.

Que nosotros no sintamos una emergencia no significa que la emergencia no esté ocurriendo.

Una tarde fría en la Ciudad de México no contradice el calentamiento global, de la misma manera que un día muy caliente tampoco lo demuestra por sí solo. El cambio climático se estudia mediante tendencias de largo plazo y cambios en la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos.

Además, cambio climático no significa simplemente “más calor”. Un planeta más caliente modifica el ciclo del agua y puede contribuir a alterar patrones de precipitación y a aumentar distintos riesgos: olas de calor, lluvias extremas, inundaciones, sequías e incendios. Diferentes regiones pueden experimentar amenazas distintas al mismo tiempo. Esto plantea un enorme reto para México.

En julio, la Organización Mundial de la Salud actualizó su información sobre calor y salud y volvió a advertir algo que todavía no hemos dimensionado suficientemente: las olas de calor pueden convertirse en grandes emergencias de salud pública. No sólo producen golpes de calor. Las altas temperaturas pueden aumentar rápidamente la mortalidad, agravar enfermedades preexistentes y producir efectos cardiovasculares, respiratorios, metabólicos y renales, al mismo tiempo que incrementan la presión sobre hospitales, electricidad, transporte y suministro de agua.

Y aquí hay algo importante: las 121 defunciones notificadas por el sistema de vigilancia no necesariamente representan toda la mortalidad atribuible al calor. Una persona con una enfermedad cardiovascular, renal o respiratoria puede descompensarse durante un episodio de temperaturas extremas y su muerte no necesariamente quedar registrada como una defunción directamente asociada al calor. Por eso, contar únicamente los golpes de calor puede hacernos subestimar su verdadero impacto sobre la salud.

Por eso nuestra respuesta no puede depender de si esa mañana sentimos calor al salir de casa.

Necesitamos alertas tempranas vinculadas con riesgos para la salud, continuar y fortalecer la vigilancia epidemiológica oportuna que realiza la DGE, hospitales mejor preparados, protección para trabajadores expuestos, protocolos específicos para escuelas y centros de atención de personas adultas mayores, e identificación anticipada de las poblaciones más vulnerables, entre ellas las niñas y los niños menores de cinco años.

Pero la prevención tampoco depende únicamente de las autoridades. Durante episodios de calor extremo debemos evitar la exposición y el ejercicio en las horas más calientes, hidratarnos regularmente y buscar espacios frescos. También debemos mirar a nuestro alrededor, porque niñas y niños pequeños, adultos mayores, personas con enfermedades crónicas o discapacidad y quienes viven solos pueden necesitar ayuda antes incluso de pedirla.

Pero el riesgo no se limita a ellos. Trabajadores al aire libre, deportistas e incluso integrantes de las fuerzas armadas pueden sufrir enfermedades graves por calor cuando las altas temperaturas se combinan con actividad física intensa. Estar sano, ser joven o estar acostumbrado al esfuerzo no vuelve a nadie inmune al calor extremo.

Una llamada, una visita, ofrecer agua o ayudar a alguien a trasladarse a un lugar fresco puede convertirse, durante una ola de calor, en una verdadera medida de prevención.

Porque cuarenta grados no significan lo mismo para todos. No es igual enfrentarlos con aire acondicionado, agua y una vivienda bien ventilada que trabajando ocho horas bajo el sol o viviendo bajo un techo de lámina. Incluso entre personas que viven en el mismo lugar, que alguien parezca tolerar bien el calor no significa que los demás deban hacerlo.

Necesitamos dejar de minimizarlo. El calor extremo no es simplemente una incomodidad ni algo que debamos aprender a aguantar. Es una exposición ambiental que, bajo determinadas condiciones, puede convertirse en una amenaza para la salud y en una emergencia para comunidades enteras.

El cambio climático es global. El clima es local. Y el riesgo es personal.

Quizá por eso uno de los mayores obstáculos para enfrentar el cambio climático sea también uno de los más humanos: creer que, si hoy no lo estamos sintiendo nosotros, no está ocurriendo.

Doctor en Toxicología por el CINVESTAV y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard

Consultor en Salud Ambiental y Salud Pública.

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