El evento en Palacio Nacional con motivo del envío del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Sheinbaum, fue en realidad una mañanera. Lo único que cambió fueron los asistentes: los personeros del establishment político-empresarial cuatroteísta ocuparon los asientos de los reporteros respetables y preguntones paleros.

Los Informes han ajustado su formato al ritmo de las transformaciones de sistema político.

Durante el periodo PNR-PRM-PRI, el primero de septiembre era “el Día del Presidente”. Acudían a la sede de Poder Legislativo, pero la monarquía posrevolucionaria subvirtió el ejercicio republicano de rendición de cuentas y equilibrio de poderes, en un acto de prosternación de diputados y senadores ante el rey sexenal.

Cual Zeus tonante, el Ejecutivo en turno dictaba la verdad absoluta de la “situación que guarda la nación”, sin derecho de réplica para los legisladores. Se registraban con rigurosa contabilidad el número de aplausos y la duración de los mismos. ¡Pobre de aquél asistente que rendido por el sopor de la engolada oratoria presidencial cabeceara! Su carrera política ahí terminaba, los contratos se cancelaban.

En ese marco de formalismo acartonado y sumiso, los presidentes anunciaban proyectos importantes, fustigaban a sus adversarios y abusaban impunemente del poder. Dictaban sentencias inapelables desde “la más alta tribuna de la patria”; como la autoabsolución por la matanza de Tlaltelolco en 1968, y la nacionalización de la banca en 1982.

La práctica cambió durante la transición democrática. En 1997 el partido del Presidente perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y el viento fresco del republicanismo entró en el recinto legislativo. Memorables en esta etapa son las interpelaciones del diputado Porfirio Muñoz Ledo y la repuesta al Informe del diputado Carlos Medina Plascencia.

En 2000 se produjo un cambio mayor con el arribo del primer Presidente de la República surgido de la oposición. El Informe se transformó en un paredón para el Ejecutivo.

El novedoso y positivo empoderamiento de los legisladores no evolucionó hacia un procedimiento dialéctico sereno. En lugar de mejorar la práctica, con un debate civilizado, cara a cara, como ocurre en la mayoría de los países democráticos, se optó por dividir el Informe en dos actos y espacios.

Ahora se envía el documento a San Lázaro; aparte, se organiza un evento en Palacio Nacional y el Ejecutivo pronuncia un mensaje ante invitados acríticos. Separados, la glosa del documento por los legisladores, en la que comparecen miembros del Gabinete, no cubre los requerimientos de un genuino ejercicio republicano.

En el sistema cuatroteísta el Informe se degradó más. Es una mañanera sacralizada. La deidad del “Movimiento”desciende de las alturas investida de infalibilidad, dicta la verdad oficial y envía a los infiernos a quien ose disentir o cuestionar sus dogmas. Las dolorosas realidades que los ciudadanos sufren y los gravísimos problemas del país se encaran con exorcismos ideológicos.

Esta vez el ambiente fue extraño; un nube negra oscureció el rito y la proclamación del falso bienestar. Ausencias notables, premonición de fracturas, esquizofrenia en diversos ámbitos, especialmente en el geopolítico. En fin, el Segundo Informe de este sexenio se recordará más por sus silencios. La República sigue ausente.

@Alf_bravomena

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