Está pasando claramente en España, en Argentina, en Chile, en Bolivia, en Brasil, en El Salvador, en más partes de Europa y Asia y también en México: las juventudes ya no se identifican con la izquierda ni radical ni con la “moderada”. La mayoría empieza a verla como algo lejano en la historia, una anécdota curiosa de la forma en que se vivía en tiempos de los abuelos.

Para un mexicano de 20 años, la izquierda no es la rebeldía sino el sistema al cuál rebelarse porque le ha fallado, pero en un momento hablamos de ello.

Es interesante como los modelos que quieren venderle a los jóvenes son fracasos globales que en sus países se cuentan para no repetirse: en China, por ejemplo, hace mucho que la idea de una izquierda radical quedó enterrada, al grado de que el propio partido dejó por escrito, en la resolución de 1981, que la “Revolución Cultural” provocó las pérdidas más graves sufridas por el partido, el Estado y el pueblo desde 1949. China no es comunista y en varias cosas puede exhibir un pragmatismo que haría palidecer al capitalismo más salvaje de Estados Unidos.

Y lo mismo pasa en Hungría, donde puedes visitar “La Casa del Terror” y corroborar por ti mismo cómo eran las minúsculas celdas y las torturas que sufrían los opositores al comunismo, en Polonia hicieron la ley de “descomunización” que cambió nombres de calles y eliminó monumentos en todo el país y en Camboya aún hoy se sufren los estragos y el terror por el llamado genocidio comunista de los jemeres rojos de Pol Pot, el experimento marxista más radical en la historia que terminó en campos de exterminio.

Más allá de la desesperada propaganda de la izquierda internacional hay hechos concretos: en Bolivia, el MAS cerró veinte años de hegemonía reducido a dos diputados y ningún senador. En Chile, José Antonio Kast se llevó el balotaje con cerca del 60 por ciento y fue el candidato más votado entre los chilenos de 18 a 24 años. En Argentina, La Libertad Avanza ganó las legislativas con 40.6 por ciento en dieciséis de veinticuatro distritos. En Brasil, Lula obtuvo el 61 por ciento del voto de 16 a 24 años en 2022 y hoy las encuestas lo dejan abajo en esa misma franja. En España, Vox es la primera opción de quienes votarán por primera vez. Y en México, dado el control propagandístico de las encuestas en que ya nadie cree, aún es difícil leer los datos.

Pero la razón parece mucho más simple que los intrincados argumentos de la rancia intelectualidad rojilla: la izquierda ya probó que es un fracaso para resolver los problemas y una maravilla para crear nuevos.

No genera más riqueza sino más deuda, no busca nuevos caminos sino que se encierra en sus dogmas, ni tampoco ofrece más libertad sino que la reprime, a veces con violencia, cuando le estorba.

La juventud necesita respuestas y poco a poco se da cuenta de que la solución parece ser justo la opuesta a la que propone la izquierda: menos Estado.

Porque las soluciones no vienen de un gobierno que solo les ha ofrecido dádivas para intentar calmarlos, vienen de la iniciativa privada, de la sociedad civil y lo más interesante: vienen de los mismos jóvenes que se organizan para salir adelante de diversas formas.

El gobierno tiene miedo de un movimiento estudiantil como el de 1968 y es normal: el gobierno es rancio y muy viejo.

Los jóvenes de hoy no parece que vayan a tomar las calles, ya tienen las redes y también podrían tener los votos de castigo.

Sin embargo, la oposición mexicana, igual o más rancia que el gobierno, no está aprovechando esa gigantesca oportunidad. Esta nueva era exige propuestas y soluciones para construir un futuro mejor para y junto a una juventud que hoy no confía en nadie, simplemente porque nadie le ha tendido la mano de verdad.

De Colofón: ¡Viva un México en Paz!, ¡Viva la libertad! ¡Muera el mal gobierno que protege al narco!… Si se trata de “innovar el grito”, se me ocurren mejores ideas que solo el género de los héroes y heroínas.

Y si fuma mota… ¿qué tiene de malo?, salieron muy persignados, hipócritas, como siempre.

@LuisCardenasMX

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