Durante siglos, la familia se reconocía por las personas reunidas alrededor de una mesa. Ahora también puede reconocerse por el perro que duerme debajo de ella. No se trata solamente de que tengamos más mascotas. Hemos comenzado a integrarlas a una de las instituciones más antiguas de la sociedad: se celebran cumpleaños, se organizan vacaciones alrededor de ellas y, cuando una pareja se separa, discute quién conservará su cuidado.
Las cifras permiten observar dos transformaciones simultáneas. De acuerdo con el INEGI, siete de cada diez hogares mexicanos tienen algún animal de compañía. En conjunto suman cerca de 80 millones, de los cuales casi 44 millones son perros. Al mismo tiempo, la tasa de fecundidad cayó de 2.07 hijos por mujer en 2018 a 1.60 en 2023, por debajo del nivel necesario para reemplazar la población.
La conclusión más fácil sería afirmar que los perros sustituyeron a los hijos. También sería la más injusta. Detrás de muchas parejas sin hijos no existe una decisión frívola ni una preferencia por las mascotas. Hay conversaciones aplazadas, cálculos que nunca salen y una pregunta que vuelve cada cierto tiempo: ¿podríamos sostener una vida más además de la nuestra?
Tener un hijo exige imaginar el futuro. No el próximo mes, sino los siguientes veinte años. Supone confiar en que habrá trabajo, vivienda, tiempo, escuelas, seguridad y alguien con quien compartir los cuidados. Para una generación acostumbrada a empleos inestables, rentas elevadas, traslados interminables y jornadas que sobreviven en el teléfono después de la salida de la oficina, esa confianza resulta cada vez más difícil.
Por eso no siempre decidimos entre tener hijos o no tenerlos. Con frecuencia decidimos entre el hijo que deseamos y la vida que efectivamente podemos ofrecerle. Se posterga la decisión hasta obtener un mejor empleo, terminar un posgrado, pagar una deuda, comprar una vivienda o alcanzar una estabilidad que nunca termina de llegar. Un día el aplazamiento se ha convertido en renuncia.
Sin embargo, el deseo de cuidar o de no estar solo no desaparece. Encuentra otras formas.
Un perro permite construir rutinas, compartir afecto y experimentar la responsabilidad por otro ser vivo dentro de un horizonte menos incierto. Para quienes viven solos puede ser compañía; para una pareja, un proyecto común; para los adultos mayores, una presencia cotidiana. No ocupa el lugar de un hijo porque ese lugar no es intercambiable. Ocupa uno propio y, en ocasiones, acompaña silenciosamente la vida que fue posible construir.
La transformación ha sido tan profunda que el derecho comenzó a corregir sus categorías. Durante mucho tiempo los códigos civiles trataron a los animales como bienes muebles. Jurídicamente un perro se parecía más a una mesa que a un miembro de la familia. En 2025, la Ciudad de México modificó su legislación para reconocer a los animales como seres sintientes y prever incluso que los convenios de divorcio determinen quién asumirá su cuidado.
El cambio parece anecdótico, pero plantea preguntas impensables hace algunos años: ¿con quién debe permanecer el perro después de una separación?, ¿quién paga sus tratamientos?, ¿qué ocurre cuando muere quien lo cuidaba? El derecho todavía intenta regular mediante las categorías de la propiedad una relación construida desde el afecto.
Reconocer esa relación tampoco exige equiparar a los animales con los niños. Un perro no es una persona ni necesita convertirse en una para merecer protección. La llamada humanización puede esconder otra forma de dominio: imponerle necesidades humanas que poco tienen que ver con su naturaleza. Primero convertimos a los perros en hijos y después descubrimos que también podíamos convertirlos en clientes.
Lo revelador no es únicamente cuánto queremos a nuestros perros, sino aquello que su presencia dice sobre nosotros. El descenso de la natalidad no necesariamente anuncia una sociedad egoísta que perdió la disposición de cuidar, Puede revelar algo más dramático: una sociedad que conserva esa capacidad, pero ya no confía en poder sostenerla frente al futuro.
No es que la familia esté desapareciendo. Está dejando de responder a una sola forma. Hoy existen familias monoparentales, homoparentales, reconstituidas, parejas sin hijos, personas que viven solas y hogares en los que conviven varias generaciones. A ellas se suman las llamadas familias multiespecie en las que los animales son reconocidos como integrantes del núcleo afectivo. Los perros no reemplazan a los hijos. En muchos hogares se convirtieron en compañeros de una generación que quiso formar una familia, aunque no siempre pudo hacerlo como alguna vez imaginó.
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