Laura Itzel Castillo llega a la Secretaría de las Mujeres en el momento exacto en que el gobierno debería dejar de medir sus avances por lo que reparte y empezar a medirlos por lo que cambia. El informe presidencial de este martes volvió a confirmar que, frente a la dimensión de las desigualdades, la respuesta oficial sigue siendo pequeña, dispersa y cómoda.
Laura Itzel Castillo llega después de cuatro meses de vacante, tras la salida de Citlalli Hernández. La secretaría que debía representar la transformación política de género no quedó inactiva pero sí olvidada. Este martes, la presidenta Claudia Sheinbaum destacó que su gobierno llegará a mil un Centros LIBRE, que distribuyó 27 millones de Cartillas de Derechos de las Mujeres y formó una red de 190 mil 375 Mujeres Tejedoras de la Patria. Una actividad gubernamental palomeada para presumir pero no para saber qué cambió.
La nueva secretaria tendría que entender que repartir cartillas, si bien no es inútil, sí es insuficiente. Presentar su reparto como si fuera la política pública que convierte los derechos en seguridad, ingreso, tiempo propio y justicia es administrar la desigualdad con propaganda.
Porque las mujeres no necesitan que el Estado les recuerde que tienen derecho a trabajar. Necesitan poder hacerlo sin quedar fuera de la economía formal. No necesitan que les informe que tienen derecho a la igualdad. Necesitan que la igualdad deje de ser una palabra compatible con ganar menos. No necesitan leer que tienen derecho a cuidar y ser cuidadas. Necesitan no perder media vida cuidando solas.
Si la economía del país apenas avanza, la participación laboral de las mujeres se mantiene estancada: 45.7%, frente a 75.1% de los hombres. Además, casi seis de cada diez mujeres permanecen en la informalidad. Y cuando logran incorporarse, ganan menos que los hombres. En 2024 su ingreso monetario mensual promedio fue de 7 mil 905 pesos, contra 12 mil 16 de los hombres. Luego, al terminar esa jornada empieza otra. Dedican 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, 21.5 horas más que ellos. No es autonomía, sino una carga económica cuidadosamente normalizada. México depende de un trabajo no remunerado que en 2024 valió 8 billones de pesos y del que las mujeres hicieron 73.8%. El Estado, sin embargo, todavía lo trata como si cuidar fuera una vocación femenina y no la infraestructura invisible que sostiene al país.
Esa es la realidad contra la que hay que juzgar a la Secretaría de las Mujeres. No por el número de cartillas entregadas. No por cuántas personas asistieron a un taller. No por el tamaño de una red cuyo impacto nadie puede rastrear. Menos aún por la cantidad de centros inaugurados si no sabemos cuántas mujeres salieron de ellos con una solución concreta: empleo formal, guardería, seguridad social, atención médica, defensa jurídica, vivienda o protección efectiva.
Los programas de Morena se anuncian como la salvación pero llegan completamente fragmentados. La mujer va a una oficina por orientación, a otra por empleo, a otra por salud, a otra por vivienda, a otra por cuidados y a otra, si tiene suerte, por justicia. El Estado, completamente ineficiente, le pide tiempo, papeles, traslados y paciencia a quien justamente carece de tiempo, dinero y margen para esperar.
Pero que no se inventen otra mesa de coordinación. Lo que no existe, o al menos el gobierno no lo ha mostrado, es una estrategia que obligue a las instituciones a producir resultados. Aunado a esto, la igualdad de las mujeres no puede seguir siendo una tarea nominalmente transversal, y en la práctica, presupuestalmente marginal con su escaso presupuesto (0.08% del Federal), y los recursos del Anexo 13 destinados a programas sociales sin suficiente perspectiva de género.
El patrón que Castillo hereda y que tendría que romper es llegar más allá de un centro inaugurado y una mesa instalada. Ella tiene la obligación de encabezar una Secretaría que no se reduzca a la pedagogía de los derechos mientras las demás dependencias administran las causas de su incumplimiento. Esa es su chamba. Que esté a la altura.
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