México registró en el primer semestre de 2026 un superávit comercial de 9,857 millones de dólares (4,090 millones solo en junio), rompiendo cuatro años consecutivos de déficit entre 2021 y 2024. La pregunta es si ese resultado refleja un cambio de motor exportador —de lo automotriz hacia la electrónica y los servidores— o si es, sobre todo, el efecto pasajero de importadores estadounidenses adelantando compras antes de que entren en vigor nuevos aranceles.

Ambas explicaciones conviven en los datos y ninguna basta por sí sola: el dato contrasta con el ciclo habitual, en el que un crecimiento económico suele elevar las importaciones más rápido que las exportaciones y deteriorar el saldo, razón por la cual el consenso de analistas privados anticipa que 2026 cerrará de nuevo en déficit, cercano a los 8,000-9,500 millones de dólares. La fragilidad del superávit responde a dos factores que se explican en las siguientes secciones: el pilar automotriz pierde fuerza y los sectores que lo sustituyen —aunque dinámicos— tienen todavía poca derrama productiva local.

Según el Inegi, las exportaciones automotrices apenas crecieron 1% en el acumulado enero-junio (92,258 millones de dólares), con ventas a Estados Unidos cayendo 2.7% y compensadas por un alza de 24% hacia el resto del mundo —diversificación forzada, no estratégica—. En volumen la caída es más clara: en julio se exportaron 261,534 vehículos ligeros, 9.7% menos que un año antes, el segundo mes consecutivo de contracción.

Ese espacio lo ocupan ahora las manufacturas no automotrices, en especial los servidores para centros de datos e inteligencia artificial. Según Banxico, las exportaciones de máquinas de procesamiento de datos pasaron de representar 5% del total en el primer semestre de 2024 a 26.5% en el mismo período de 2026 (87,603 millones de dólares), desplazando a la automotriz (22.6%) como principal rubro manufacturero de exportación. Empresas como Foxconn, Inventec, Pegatron y Wistron han concentrado plantas de ensamblaje en Jalisco y Chihuahua, y México ya provee cerca de 40% de las importaciones estadounidenses de servidores. El problema: ese valor depende en gran medida de componentes asiáticos, con una integración de proveedores nacionales todavía baja.

El entorno arancelario de Estados Unidos complica la lectura del superávit. Los gravámenes de 25% al acero y aluminio ahora exigen que el metal exportado se haya fundido en Norteamérica y desde el 6 de agosto un operativo conjunto entre la aduana estadounidense (CBP) y el SAT endurece la fiscalización fronteriza. En servidores, el simple ensamblaje final no basta para obtener origen preferencial bajo el T-MEC; si no se cumple el contenido regional exigido, el producto queda expuesto a aranceles de hasta 12.5% desde julio. Esto alimenta el fenómeno de front-loading: importadores estadounidenses adelantan pedidos antes de que entren en vigor nuevas barreras, inflando temporalmente las exportaciones —y el superávit— en lugar de reducirlas. Varios análisis sobre el comercio bilateral señalan este mecanismo como uno de los factores detrás del superávit persistente, con los servidores especialmente expuestos por su alto volumen.

La narrativa de diversificación también merece matices: más de 80% de las exportaciones totales siguen dirigidas a un solo destino (Estados Unidos) y cerca de 65% de la canasta se concentra en tres sectores —automotriz, electrónica y maquinaria—. La diversificación sectorial avanza más rápido que la geográfica, lo que deja al superávit expuesto a cualquier giro regulatorio en Washington.

México necesita romper el patrón de mono-exportador que durante décadas lo concentró en un solo sector. La oportunidad está en que los sectores hoy en auge —servidores, electrónica, maquinaria— consoliden un liderazgo duradero mediante mayor integración de proveedores locales, diversificación real de destinos y política industrial deliberada. De lo contrario, lo ocurrido habrá sido solo un cambio de producto, no de modelo.

El propio consenso privado ya anticipa una leve mejoría en el crecimiento y el regreso al déficit hacia fin de año, coherente con el agotamiento del adelanto de compras que hoy infla las exportaciones tecnológicas. Incluso si el superávit se prolongara, su composición —dependiente de insumos asiáticos, concentrada en un solo socio comercial y sujeta a reglas de origen cada vez más estrictas— lo haría igualmente vulnerable.

El riesgo no es que el superávit desaparezca, sino que se sostenga sobre bases frágiles: sectores dinámicos cuyas reglas las define un solo socio comercial y cuya derrama productiva interna sigue siendo insuficiente. Después de años de déficits, el saldo positivo que México apenas empieza a construir constituye un avance real y expresa su capacidad para aprovechar una reconfiguración industrial que hoy favorece a la electrónica, la maquinaria y los servidores. Pero la desaceleración automotriz, el endurecimiento arancelario, la incertidumbre del T-MEC y el limitado contenido nacional de las manufacturas tecnológicas obligan a no confundir un superávit reciente y todavía frágil con una transformación productiva.

*Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

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