Evoco los primeros de septiembre de mi juventud, día del presidente, en que éste acudía al Congreso de la Unión a rendir su Informe de Gobierno. Había ceremonia, protocolo, aplausos, una oposición contenida, incómoda y necesaria. El presidente acudía al encuentro, al menos simbólicamente, con otro poder de la República y con quienes no pensaban como él. Hoy, el ritual es distinto, el informe se pronuncia desde Palacio Nacional ante una audiencia escogida, reducida, incondicional, a modo. Se entrega el documento al Congreso porque así lo manda la Constitución, pero la política se representa en otro escenario, el del aplauso.
Esta ocasión, como sucede en todo informe, ni se dice todo lo que es, ni es todo lo que se dice. Claudia Sheinbaum presentó un país admirable, un gobierno con autoridad política y moral, una administración honesta, austera y cercana al pueblo, una economía estable en pleno avance, soberanía, dignidad, independencia y cooperación sin subordinación. Pregunto: ¿De qué país está hablando? porque un informe de gobierno no debería ser solamente la relación de aquello que salió bien, ni siquiera la estadística oficial basta cuando se seleccionan las cifras y hechos que convienen y se omiten los que incomodan. ¿No existe el caso Rocha Moya y todo lo que reveló sobre las relaciones entre política y crimen? ¿No hay tensiones y presiones incómodas en la relación con Estados Unidos? ¿No continúan las desapariciones y las madres buscadoras recorriendo el país que el Estado no ha logrado encontrar? ¿No existe una deuda pública que, al primer trimestre de este año, rondaba los 18.8 billones de pesos? ¿Pemex ya resolvió definitivamente su problema con proveedores? ¿Y la salud? ¿Ya se subsanó el desabasto de medicamentos? ¿Funcionan plenamente los hospitales públicos? ¿Y aquella mega farmacia, un disparate desde su planteamiento, que hoy ni funciona ni nadie menciona? ¿Terminaron 36 años de empobrecimiento o simplemente cambiaron de manos los privilegios? La presidenta habla de austeridad republicana, pero la austeridad no puede ser sólo una palabra útil en discursos, en tanto algunos personajes del movimiento viajan en aviones privados, vacacionan en hoteles de lujo o hacen de la ostentación una forma de vida. Lo cierto es que cambiaron de mano los privilegios, ejercidos hoy por una nueva élite que predica la austeridad para los demás mientras descubre lo confortable que puede ser el poder. Definitivamente la vara con que se mide a los propios no es la misma que se usa para medir a los adversarios, cuando se trata de los cercanos, ante todo, se exigen pruebas contundentes, cuando se trata de un opositor, con frecuencia basta con la acusación política para dictar sentencia pública.
México no se reduce al informe, también es las desapariciones, la corrupción que incomoda, la deuda pública, Pemex, las presiones de Washington, así como las contradicciones de un poder que se proclama austero, mientras algunos de sus personajes parecen vivir otra realidad. Un buen gobierno no es el que asegura que todo está bien, es el que puede mirar lo que está mal sin inventarse enemigos -perdón, adversarios- para explicarlo. Porque, al final, entre el informe y la realidad, siempre termina ganando la realidad.
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