Hace unos días tuve la oportunidad de dar una charla sobre nuestro mundo. Al conjuntar los datos y argumentos, me pareció conveniente compartir algunos con los lectores de este espacio. Procedo en consecuencia. Como en el caso de nuestro país, lo que pasa en el mundo en que vivimos es maravilloso en una cara y reprobable en la otra. Los grados de progreso son increíbles, pero los rezagos en muchas regiones y la afectación de miles de millones de personas y en ocasiones para toda la población, son preocupantes.

Los niveles alcanzados en distintos campos, que benefician a muchos pero que solo resultan potenciales para la mayoría de la población, son contrastantes. Lo conseguido en salud, educación, desarrollo científico y tecnológico, comunicaciones, transporte y productividad, es verdaderamente extraordinario. Igual sucede con temas como derechos humanos, dignidad, paz y justicia social; por desgracia esto solo se da en los discursos y tiene poca traducción en los hechos.

Entre los asuntos producto de los avances se pueden referir la capacidad para explorar el universo, mirar en las profundidades de los mares o dentro del cuerpo humano; la posibilidad de prevenir enfermedades y de eliminar la transmisión de algunas; la suficiencia para comunicarnos en tiempo real desde cualquier lugar o de trasladarnos en horas a casi cualquier sitio del planeta. Nunca antes se habían podido anticipar muchos de los fenómenos meteorológicos y astrales para evitar perjuicios; el acceso al conocimiento, la cultura y el entretenimiento es sorprendente; la esperanza de vida es, por mucho, la más grande de la historia y, por si todo esto fuera poco, lo que se anticipa para las próximas décadas es de no creerse.

Junto a todo esto, el contraste y los desastres: el primero debido en buena parte a la terrible desigualdad; los segundos producto de la actividad humana que ponen en riesgo la cadena de vida en el planeta. En las próximas líneas me propongo documentar mis argumentos. Debo decir que junto a la foto de horror que perfilaré, mantengo mi optimismo, confío en que al final la racionalidad impere. Espero que entre las nuevas generaciones del mundo surjan líderes capaces y sensatos. Deseo que lo más importante suceda: qué la sociedad se transforme, que abandone las prácticas egoístas y utilitarias y que recupere los valores laicos fundamentales que hoy están debilitados.

Entre las grandes amenazas que ya se han hecho presentes conviene citar siete cuya denominación inicia con la letra “C”, de calamidad. Me refiero primero al Cambio Climático. Después lo hago con el Crecimiento poblacional, el que arrastra el planeta y el que todavía se registrará, fundamentalmente en las cuatro décadas siguientes. En seguida ubico a la Contaminación, la del aire, pero también la del agua y los suelos. Sigo con una práctica de la sociedad del desperdicio: el Consumismo. Ubico a continuación a la Codicia, la de los mejor pertrechados que no tienen “llenadera”, que todo les parece poco. Continuo con la Corrupción, ese mal mayor de México presente en todo el mundo. Termino la lista con la Ceguera colectiva, condición envuelta en egoísmo y estupidez.

Estoy cierto que la educación, le ética, la ciencia y también el pragmatismo harán que nuestra especie no se autodestruya. Recuerdo el libro de Giovanni Sartori “La tierra explota”, publicado en 2003, sobre los problemas referidos y el señalamiento crítico sobre la incapacidad de los lideres mundiales para planificar y acordar en el largo plazo, para detener el crecimiento demográfico y cumplir acuerdos ambientales. En la siguiente entrega presentaré datos cuantitativos al respecto.

Exrector de la UNAM.

@JoseNarroR

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