Hace 25 años, en mi calidad de director general del CEESTEM, viajé a Nueva York por instrucciones del presidente de esta institución de cooperación internacional para la paz y la seguridad, el licenciado Luis Echeverría Álvarez. Mi misión era participar en la Conferencia General de la ONU, organismo que representa una esperanza para la paz, cuya sesión anual estaba programada para el 11 de septiembre de 2001.

Jamás imaginé que ese día volvería a nacer. Un distinguido amigo de la representación diplomática de México ante la ONU me había invitado a desayunar en las Torres Gemelas. Acepté sin sospechar —porque no era adivino ni mago— lo que ocurriría aquella jornada, marcada por el rostro del terror y por huellas imborrables.

Para cumplir la misión asignada, me acompañó una maestra muy querida, a quien admiro y respeto: doña Sandra Maldonado. Ella encabezaba un grupo de jóvenes estudiantes de su instituto, la Fundación Carol Baur, y del colegio del mismo nombre. El propósito era preparar a la juventud mexicana para participar en foros internacionales sobre temas fundamentales para la paz y la seguridad. Con ese objetivo, llegamos a Manhattan un día antes.

Como señalé, había concertado una reunión en las Torres Gemelas. Sin embargo, una llamada providencial de la maestra Sandra Maldonado me salvó la vida: me pidió cancelar el compromiso y acompañarla a desayunar en su hotel, muy cerca de las torres. Como la sesión inaugural estaba programada para las 10:30 a. m., acepté con mucho gusto.

Aquel cambio de planes fue verdaderamente fortuito. Mientras desayunábamos, la maestra me dijo: «Lic. Nuño, se están quemando las Torres Gemelas». Desde las ventanas, a cuatro cuadras del lugar, contemplamos el incendio sin saber todavía qué estaba ocurriendo.

Minutos después, las sirenas de las patrullas comenzaron a resonar por las calles de Manhattan. En televisión, las agencias noticiosas informaban que las Torres Gemelas, símbolo del poderío estadounidense, habían sido atacadas con aviones llenos de pasajeros y combustible. También anunciaban que se trataba de un atentado terrorista. Aquel día fatídico presenciamos el colapso de las dos torres. Nuestro primer impulso fue salir corriendo. En las calles reinaba la confusión: no había un solo vehículo y las personas corrían asustadas, sin rumbo fijo. Yo me dirigí de inmediato al hotel donde se encontraba mi esposa, la señora Lilly González. Ella había logrado llegar sin saber qué pasaba; yo tampoco lo sabía con certeza.

Más tarde supimos que también había sido atacado el Pentágono, donde fallecieron 184 personas, y que otro avión se había estrellado en Pensilvania. Presumiblemente, este último se dirigía al Capitolio.

En cuestión de minutos, Manhattan se convirtió en un escenario de terror y caos. El espacio aéreo fue militarizado, la ciudad quedó paralizada y los sistemas de transporte dejaron de funcionar. La Conferencia General de la ONU fue suspendida y nos refugiamos en los hoteles, a la espera de noticias que nos permitieran evacuar la ciudad. No fue fácil: tuvimos que aguardar más de ocho días para salir de aquel escenario dantesco.

Después supimos que los ataques terroristas habían causado casi 3 000 víctimas. Entre ellas se encontraban 343 bomberos, 23 policías de la ciudad y 37 agentes de la Autoridad Portuaria. En el Pentágono murieron 184 personas y, en Pensilvania, 40 pasajeros y tripulantes del vuelo de United Airlines.

El Congreso de Estados Unidos otorgó al presidente George W. Bush un cheque en blanco para organizar una alianza encabezada por su país y dirigirla hacia Afganistán. El objetivo era capturar al principal sospechoso del atentado, Osama bin Laden, y desarticular su organización terrorista, Al Qaeda.

Las operaciones se dirigieron a Afganistán, país de Asia Central situado entre Pakistán, al este; Irán, al oeste; y Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, al norte. Es una de las naciones más pobres del planeta, pero ocupa una posición estratégica como zona de tránsito entre Asia Central y Europa. Su territorio, sumamente montañoso, fue atravesado por Alejandro Magno rumbo a la India y por grandes migraciones asiáticas que más tarde llegarían a Europa. Afganistán ha funcionado como Estado tapón y como paso de ramales de oleoductos. También destacó como el principal productor de opio del mundo. Su mosaico cultural combina una fuerte influencia persa con tradiciones budistas e islámicas.

En 1837, Afganistán fue invadido por Gran Bretaña, hecho que desencadenó la primera guerra anglo-afgana. En 1946, tras proclamar su independencia, ingresó a la ONU. Décadas después, la URSS lo invadió y mantuvo su presencia de 1979 a 1989, mediante un gobierno títere. La ocupación provocó una revuelta contra el régimen prosoviético y, con el apoyo de Estados Unidos, las tropas soviéticas fueron expulsadas tras una prolongada guerra de guerrillas.

A raíz de los ataques del 11 de septiembre, Estados Unidos presionó al gobierno talibán para que entregara a Osama bin Laden, millonario saudita refugiado en las montañas de Afganistán y dirigente de la organización terrorista Al Qaeda.

Ante la negativa del gobierno talibán, Estados Unidos comenzó a bombardear Afganistán el 7 de octubre de ese año, mediante la operación «Libertad Duradera». El 13 de noviembre, las fuerzas de la coalición se apoderaron de la capital.

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución para enviar una fuerza internacional que garantizara la ayuda humanitaria y facilitara el establecimiento de un nuevo gobierno, encabezado por Hamid Karzai.

En aquella época analizamos las verdaderas causas de la ocupación de un país tan pobre como estratégico. Su cercanía con el mar Caspio, fuente de recursos energéticos alternativos, lo convertía en una reserva clave ante posibles crisis o tensiones en el golfo Pérsico. Afganistán era, además, un enclave geopolítico dentro del orden mundial, con intereses vinculados al petróleo y al agua.

Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono, resultó evidente que surgiría una nueva espiral de conflictos en la región. No se trataba únicamente de perseguir a Osama bin Laden: la ofensiva sobre Afganistán anticipaba una recomposición geopolítica encabezada por Estados Unidos y Gran Bretaña, así como el intento de organizar un nuevo Estado democrático.

Después de 20 años de ocupación, Estados Unidos decidió retirarse de Afganistán. Las negociaciones para la salida de las tropas estadounidenses fueron iniciadas en 2020 por el presidente Donald Trump, en Doha. Posteriormente, el presidente Joe Biden anunció la retirada definitiva de todos los contingentes antes del 11 de septiembre de 2021, operación que debía concluir el 31 de agosto.

Conclusión

El orgullo de la nación estadounidense quedó herido por el ataque de quienes decidieron secuestrar aviones y atentar contra una población indefensa. Era algo que jamás habíamos imaginado.

Hoy, a 25 años de los ataques, diversos actos conmemorativos en Nueva York y en el Pentágono recuerdan a las víctimas inocentes. También honran el heroísmo de los bomberos y policías que perdieron la vida mientras salvaban a niños, mujeres, hombres y ancianos.

La institución que tuve el honor de dirigir conmemora cada año a las víctimas inocentes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Recordamos a las casi 3 000 personas de más de 80 naciones que perdieron la vida y hacemos un llamado a la gente de buena voluntad para combatir toda forma de injusticia y terror, así como para defender los derechos humanos.

A un cuarto de siglo de aquellos actos criminales, persiste la necesidad de fortalecer los cimientos de las Naciones Unidas y su lucha por la paz, la democracia y la protección de la sociedad civil. Como cada año, el Centro de Estudios del Tercer Mundo guarda luto por los inocentes que pagaron con su vida la violencia. Al mismo tiempo, renueva su llamado a la cordura y al advenimiento de una era de paz.

Director

Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

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