La Envipe 2026 plantea una paradoja inquietante: ¿cómo puede bajar la percepción de inseguridad cuando crecen el fraude y la extorsión, y 93.4% de los delitos queda en la impunidad? La respuesta comienza al mirar qué delitos aumentaron y cómo alteran la vida cotidiana.
Durante 2025, el Inegi estima que ocurrieron 33.8 millones de delitos y que 23 millones de personas fueron víctimas. La incidencia total permaneció estadísticamente estable. Sin embargo, el fraude alcanzó 8,290 casos por cada 100 mil habitantes y la extorsión llegó a 6,831. Ambos aumentaron significativamente y juntos concentraron casi 44% de los delitos.
A la vez, la percepción de inseguridad bajó. El 74% de los adultos considera insegura su entidad, proporción menor a la del año anterior. También creció, de 40.3% a 43.4%, el grupo que se siente seguro caminando a solas por la noche cerca de su vivienda.
Una explicación plausible de la paradoja comienza con la presencia del Estado. Cuando la autoridad ocupa el espacio público y atiende las causas que alimentan la violencia, disminuye la sensación de abandono. El ciudadano encuentra menos señales de que su barrio quedó a merced de la delincuencia. Así, la percepción puede mejorar mientras avanzan ciertos delitos patrimoniales.
Los datos ofrecen algún respaldo. La población que identificó robos frecuentes alrededor de su vivienda cayó de 43% a 38.5%. Los disparos frecuentes bajaron de 34.4% a 29.5%. También disminuyó la inseguridad en la calle y el cajero automático. Son cambios estrechamente ligados al territorio.
El miedo concede mayor valor a lo cercano. Una balacera modifica trayectos y rutinas familiares. El fraude provoca una reacción distinta: puede despertar enojo contra el banco o contra uno mismo por haber confiado. La extorsión telefónica deja otra huella emocional que la amenaza cara a cara. La encuesta mide victimización y percepción; la diferencia entre enojo y miedo sigue siendo una hipótesis interpretativa.
También resulta relevante la relación con las instituciones. La confianza aumentó significativamente en la policía municipal, la estatal, el Ministerio Público y los jueces. La percepción de corrupción descendió en varias de esas autoridades. Estos movimientos son compatibles con una menor sensación de abandono, aunque su alcance probatorio llega a la correlación.
El calendario añade otra pieza. La encuesta recoge delitos sufridos durante todo 2025 y pregunta por la percepción entre febrero y abril de 2026. Una persona puede recordar un fraude ocurrido meses atrás y advertir mayor tranquilidad en su colonia al responder.
El límite aparece en la justicia. La cifra negra permanece en 93.4%; en extorsión alcanza 97.5%. Entre las carpetas iniciadas, 38.1% quedó estancada. Estas cifras moderan el análisis. La presencia pública puede reducir el miedo, mientras la capacidad de investigación avanza a un ritmo más lento.
De esta forma, la mejoría perceptiva reportada tiene razones plausibles, pero un alcance preciso: se concentra en el espacio inmediato y en la confianza declarada. El miedo tiene sus propios criterios probatorios. Mira la calle y registra a la autoridad; en cambio, la justicia trabaja con otro ritmo, y mientras nueve de cada diez delitos permanezcan fuera de ella, la distancia entre tranquilidad y justicia seguirá llamándose cifra negra.
Abogado penalista. X: @JorgeNaderK.
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