“El amor representa la ley más elevada y, de hecho, la única ley de la vida.”
León Tolstói
León Tolstói nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaia Poliana, la propiedad familiar donde transcurriría casi toda su vida. Nació con todo resuelto: era conde, heredero, propietario de tierras. Fue soldado, conoció la guerra y después escribió «Guerra y paz» y «Ana Karenina». Alcanzó algo reservado a muy pocos: la celebridad en vida y la certeza de haber creado una obra destinada a sobrevivirlo. Parecía haberlo alcanzado todo, y entonces descubrió que nada de aquello le bastaba. En la cima de su prestigio comenzó a hacerse una pregunta elemental y terrible: ¿para qué vivir? La crisis fue real. Temió quitarse la vida. Tenía familia, dinero, fama y talento, pero no encontraba una razón suficiente para levantarse cada mañana. De aquella oscuridad nació otro Tolstói. Empezó a mirar sus propiedades con incomodidad. Se preguntó por qué la tierra debía pertenecer a unos hombres y no a otros, por qué podía vivir del trabajo de los campesinos y qué sentido tenían sus privilegios. Quiso desprenderse de ellos. Comenzó a vestir con sencillez, trabajó con sus manos, dejó la carne, rechazó la caza y la violencia, cuestionó la propiedad privada y renunció a los derechos de autor de buena parte de sus obras posteriores.
Pero Tolstói no estaba solo. Su esposa, Sofía Andréievna, había compartido con él casi medio siglo, tuvieron trece hijos, copiado varias veces los manuscritos de «Guerra y paz» y administrado el patrimonio familiar. Para él, renunciar a los bienes era una exigencia moral. Para ella, conservarlos era proteger a sus hijos. Los dos tenían razones. Y los dos comenzaron a hacerse daño. La casa donde habían nacido algunas de las páginas más bellas de la literatura se convirtió en escenario de discusiones y desesperación. Había una ironía dolorosa: el hombre que decía que el amor era la única ley de la vida no conseguía encontrar la paz dentro de su propia casa. Eso es, quizá, lo que lo vuelve profundamente humano.
Tolstói no fue un santo. Fue un hombre tratando de reducir la distancia entre lo que pensaba y la manera en que vivía. Sus ideas, mientras tanto, viajaron muy lejos. En Sudáfrica, un joven abogado llamado Mohandas Gandhi leyó «El reino de Dios está en vosotros». Tolstói sostenía que el mal no debía combatirse reproduciendo el mal y que la resistencia moral podía ser más poderosa que la violencia. Ambos iniciaron correspondencia. Nunca se conocieron en persona. Un anciano escritor ruso ayudaba, desde lejos, a dar forma a una idea que después cambiaría la historia. Pero mientras sus palabras recorrían el mundo, Tolstói ya no podía soportar su propia vida. Tenía 82 años. La noche del 27 de octubre de 1910 abandonó Yásnaia Poliana; se fue casi a escondidas. No buscaba fama. De eso tenía demasiado. No buscaba dinero. Llevaba años intentando desprenderse de él. Quería desaparecer. Durante el viaje enfermó. La fiebre obligó a bajarlo en una pequeña estación llamada Astápovo, donde el jefe de estación le cedió una habitación.
La noticia recorrió Rusia. Llegaron médicos, periodistas y admiradores. El hombre que había huido buscando anonimato volvió a convertirse, incluso agonizando, en el centro de todas las miradas. Sofía también arribó. Durante días permaneció cerca de la estación intentando verlo. Cuando finalmente pudo entrar, Tolstói ya estaba inconsciente. No se despidieron. Murió el 20 de noviembre de 1910. Su cuerpo regresó a Yásnaia Poliana.
Había pedido ser enterrado en un lugar sencillo del bosque donde, cuando era niño, su hermano Nikolái le había contado que estaba escondido un pequeño bastón verde en el que figuraba el secreto capaz de acabar con todo el sufrimiento de la humanidad. El niño Tolstói creyó aquella historia. El anciano, de alguna manera, nunca dejó de buscar ese secreto. Su tumba no tiene estatua, no tiene mausoleo, no tiene cruz, sólo un montículo cubierto de hierba entre los árboles. Allí terminó el conde, el propietario, el soldado, el hombre rico y el escritor más famoso de Rusia. Y quedó simplemente Tolstói.
Quizá por eso su último viaje sigue conmoviendo. Porque fue el último intento de un hombre por hacer coincidir aquello en lo que creía con aquello que era. Nació entre privilegios y terminó queriendo desprenderse de ellos. Alcanzó la gloria y acabó huyendo de ella. Buscó durante toda su vida una verdad suficientemente poderosa para justificar la existencia. Nunca sabremos si la encontró, pero siguió buscándola hasta el último tren.
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