terminaba la tierra: nacía la niebla

El bordo

A veces, en algunas conversaciones, el nombre de Sergio Galindo puede parecer inevitable y, a pesar de su discreción, con algo de legendario por haber sido uno de los creadores y el primer director de la editorial de la Universidad Veracruzana.

José de la Colina sostenía que “Sergio Galindo está muy ligado con dos o tres generaciones de escritores mexicanos, particularmente con la mía, no sólo como escritor sino también como uno de los principales editores de literatura mexicana”. Publicó en la Universidad Veracruzana algunos de los primeros libros de, entre otros, Elena Garro, Luisa Josefina Hernández, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo. “Publicó también a un gran escritor mexicano, José Revueltas, que si bien no estaba en sus comienzos, se hallaba enterrado, marginado, y resurgió, precisamente, con su libro Dormir en tierra, uno de sus mayores libros”.

En Personerío (del siglo XX mexicano), De la Colina recordaba que “ya en aquel 1959 era Sergio Galindo el admirable autor de Polvos de arroz y acababa de dar a conocer la dura, desgarradora La justicia de enero en la que se había purgado de la experiencia de haber sido agente de Gobernación”. Sostenía que Sergio fue uno de los pocos escritores que tratados personalmente después de leídos me han parecido semejantes a su escritura: “sencillo, delgado, a la vez distendido y tenso, con una secreta veta oscura en la caballerosa cordialidad de la mirada y de la voz”.

En la introducción de Cuentos de Sergio Galindo, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2004, Nedda G. de Anhalt considera que “si hay tres palabras claves para una definición destinada a calificar su narrativa, estas son: soledad, angustia y rebeldía”. Advierte que en “El cielo sabe”, uno de los cuentos de su primer libro; La máquina vacía, editado por Ediciones Fuensanta en 1951, Sergio Galindo hace aparecer la niebla por primera vez.

Ignacio Trejo Fuentes sostiene en Tres tristes tópicos que, a pesar de que la primera novela que escribió Galindo fue La justicia de enero, en Polvos de arroz, que fue la primera que publicó y el primer libro que imprimió la Editorial Veracruzana en la colección Ficción, se concentran los “Leitmotive sustanciales de toda su obra”.

Muchas de las historias de Sergio Galindo parecen proceder de la niebla, adoptar su forma, anunciarse por su quietud inquietante. Parecen historias simples, familiares, como las palabras en las que están escritas, aunque van revelando temores que pueden convertirse en principio del terror, incertidumbres, inminencias aviesas, atisbos de pequeños devenires implacables, de ese laberinto del Homo sapiens. Conforman una geografía íntima de Jalapa (como lo escribía Galindo), de las Vigas, donde se encuentra El bordo, en el camino entre Perote y Jalapa, de pueblos como Soledad de Doblado. Esas historias se vuelven más inquietantes por el sentido del humor soterrado, agudo, a veces desconcertante, a veces subrepticiamente paródico, a veces festivo; inexorablemente certero.

Sergio Galindo, que, entre otras cosas, sabía que “una calle siempre termina en una esquina, en una parade. Alguien espera en ella”, hubiera cumplido 100 años el pasado miércoles 2 de septiembre.

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