He, y me disculpo, reiterado en esta columna que los premios son accidentes que nos suceden. La lectura de los buenos libros puede llegar a ser menos tramposa o manipuladora, pero se toma su tiempo y, por lo regular, no cae en la publicidad obscena y el mercado voraz (ambos de la mano). Thomas Bernhard alegaba que darle a un escritor un premio era como defecar en su cabeza. Estoy de acuerdo, excepto por el dinero que la mayoría de las veces, va acompañando a un premio. Desearía que alguien defecara millones de pesos en mi cabeza; con el dinero que obtienen un almirante, un diputado y algunos miembros de la farándula política en uno o dos meses, yo saldaría mis cuentas con el banco, comería mejor, pagaría la renta, me compraría otros zapatos (los dos pares que tengo ya comienzan a expresar su miseria). Quizás hasta hubiera podido construir una casa al albergue de la cual escribiría mis especulaciones.
Sin embargo, no son mis años, ni mis tiempos. Y dejando de hablar acerca de mí —algo que, en realidad, me cuesta mucho trabajo hacer— quisiera decir que identifico más o menos a ocho o nueve críticos y hombres de letras cuya altura es casi incuestionable (no por su gusto estético, claro, sino por su capacidad reflexiva y altura literaria); y a la sombra de ellos encuentro solo bisutería literaria; páginas que llenar; chulerías. Y la mayoría, por desgracia, no son jueces de ningún certamen; las instituciones convocantes le dejan las decisiones a una medianía ordinaria, a los agentes literarios, a las reuniones sociales complacientes, a la amistad estética, a los cófrades del excusado quienes justamente defecarán con mayor placer y autoridad a la hora de elegir una fruslería parecida a la que ellos y ellas aprecian. Mi queja, como dije, no tiene que ver conmigo; y no obstante esta gente auxilia la proliferación de la porquería literaria, ideológica (de acuerdo a la política cultural reinante), etcétera. Es evidente que los críticos que tenían la posibilidad de ofrecernos ciertos horizontes literarios y reconocer las obras singulares o conmovedoras, escritas con fuste y conocimiento han muerto, son ignorados o son muy viejos. Parece que todo va quedando en manos de los fabuladores inocentes. La oportunidad desperdiciada; es decir: tirar a la basura la pericia intelectual y permitir a la caterva que reparta los reconocimientos y regale el dinero que no es suyo. Tal parece que en este terreno se encuentra la que se denomina literatura mexicana: es un desierto crítico y en consecuencia abundan los zorros mareados; las iguanas cuya torpeza defienden mostrando su valentía genérica.
¿Qué no saben leer? La competencia hace a los seres desgraciados, sí, pero si uno entra a juzgar ganadores en un campo de batalla de naturaleza intangible debe tener los arrestos y el saber necesario para no defecar tan lejos del retrete; al menos tiene la obligación de que su cultura, su gusto más sofisticado, y su honradez intelectual ayuden en algo a reparar la confusión destructora, la que nos hace humanos de ínfima categoría, un poco bestias. Y el panorama que he esbozado no se limita solo a la literatura, tampoco la academia puede repararlo: simplemente: el que nació pa’maceta, pues que lo dejen allí. Por más que le de el sol, ya tiene su lugar en las sombras. No lo engañen.
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