“Para llegar a ser realmente ateo, requieres conocer y dominar el discurso teológico”, dijo Philippe Sollers durante una entrevista (Visión en Nueva York). Es así en otros ámbitos del espíritu o del quehacer humano (me agrada utilizar la palabra espíritu, pues me siento un habitante del siglo XIX en vez de habitar este siglo de la tecnología y de la confusión ética). Si uno desea ser antipático, incluso debe ensayar algunos gestos y palabras. Sollers (Francia 1936-2023) fue fundador de la revista más nutritiva intelectualmente del siglo XX, la cual fundó en 1960. Estuvo casado con Julia Kristeva, la importante filósofa feminista y sicoanalista búlgara y francesa. En su novela Mujeres, Sollers escribe en las primeras hojas lo siguiente “El mundo pertenece a las mujeres, es decir a la muerte; y ellas desde siempre lo saben y no; no pueden saberlo verdaderamente, pero lo sienten, lo presienten. ¿Y los hombres: espuma, falsos dirigentes, falsos sacerdotes, pensadores aproximativos, insectos.” En esta novela de la que él mismo desconfiaba en su posteridad es un alud de palabras, ardides literarios, biografía, conceptos y pasajes lúcidos y sorpresivos. Su espíritu rabelesiano de inmediato me recuerda a Louis-Ferdinand Céline; un aire de familia enlaza el impulso de ambos escritores y permea su desbocado estilo. “¿Sabes alrededor de qué pregunta fundamental gira la literatura —se pregunta Sollers en la entrevista antes citada; y responde. Es: ¿de dónde vienen los niños? Esta es la inmemorable pregunta. Creemos saber. Hay respuestas técnicas, científicas, todo eso; pero hay una duda en el espíritu de cada cultura, un malestar... y el arte nace también de esa duda.” No existe salida para esta pregunta, todos creemos saber y no sabemos. Necesitamos de fenómenos como la literatura, paliativos, cortinas de humo.
Cuando pienso en la suspicaz y creativa obra de Sollers, me pregunto porque ya no es leído: jamás he escuchado nombrarlo, ni aludir a su obra si no es por su ya célebre revista: Tel Quel. Y es que seguimos eyectando escritos, leyendo novedades, asumiendo nuestro papel de héroes del simulacro. Si meditamos en la cantidad de obras literarias escritas a lo largo de la humanidad un torrente de letras nos sepulta. Nombres van y vienen: el tiradero crece. ¿Por qué precisamente estamos leyendo determinado libro y lo elegimos para rescatarlo de su morada: el apacible infinito? Por accidente y no por otra cosa. Nuestra elección no tiene nada que ver con una acción cuerda o acertada. Yo invito a los escritores y escritoras a que tomen aliento, intenten reflexionar pese a que no están acostumbrados, abandonen su arrogancia y detengan la inútil maquinaria literaria que, por lo demás, ya muy pocos utilizan. Dejen de dedicarse a cuestiones tan complejas y peligrosas. No jueguen con fuego: las montañas del basurero rebasan ya el enorme monte del planeta Marte. Y más si ustedes son jóvenes; no vuelvan a meter, como lo cachorros, las patas en la leche. Dejen ese trabajo para otros escritores que, al menos, saben reparar tuberías o están rondando la tumba: el futuro y las nuevas generaciones no son más que un hueso tras el que corremos hasta que los accidentes labran lo que llamamos vida: ¿De dónde vienen los niños? Ni siquiera acudiré a Cioran cuando vocifera que cualquier persona sensata odia a la mitad de sus contemporáneos. Yo no los odio; es en vano darle demasiada importancia al asunto de la época. Los accidentes se sucederán como esencia del espíritu; el espíritu (¿no soy un Hegel trasnochado?)
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