En memoria de mi entrañable camarada Abdiel Oñate Villarreal, fallecido el 30/07/2026, y con afecto para mi gran amigo, el Doctor Leonardo Lomelí Vanegas, Rector de mi amada UNAM. Los amigos lo son en todas las fases del ciclo y más allá.

“La integración hacia el norte es un proceso que no tiene marcha atrás. Sin embargo, es necesario que el Estado mexicano formule y ponga en marcha una estrategia de integración que supere la creencia neoliberal de que la apertura externa creará por sí sola el desarrollo económico y la solución de los ingentes problemas sociales que afectan a la nación” (Arturo Guillén Romo, 2001, Flujos comerciales en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Comercio Exterior, México, junio, p. 467).

El renovado protagonismo del proteccionismo estadounidense, expresado en el irreflexivo y global reparto de aranceles decretado por Trump y aplicado a propósito de nada, ha colocado en serios aprietos a libre comercio que fue la institución emblemática de la globalización, para conducirnos a la caótica dominancia de la incertidumbre.

En una recientísima nueva muestra de su notable ignorancia, el habitante de la Casa Blanca ha amenazado con denunciar al T-MEC, al que dice no necesitar y que solo es indispensable para Canadá y México; el inextirpable hábito de la mentira que padece, y con el que ahora solo hace sufrir a quien no le conozca, ha ido generando entre sus múltiples amenazados una creciente indiferencia. Es verdad, por supuesto, que Canadá y México requieren la continuidad del instrumento de integración y también es verdad que la economía de los Estados Unidos lo necesita, en igual o mayor proporción.

El traslado de la producción de la camioneta Tacoma, de la empresa Toyota, de Tijuana a San Antonio, y el de la correspondiente al modelo Blazer, de la General Motors a Michigan, han elevado la temperatura de la, de suyo calenturienta,

imaginación del subnormal, para suponer que este par de golondrinas crean el verano de la utópica reindustrialización manufacturera de los Estados Unidos, como si continuásemos en el siglo XX. El segundo caso, lo celebró como payaso de carpa, mofándose del nombre de nuestro país y lo que supone como la forma en la que lo pronuncia la presidenta mexicana, para comunicar a un puñado de ilusionados obreros desempleados (blancos descalificados que hoy padecen la condición de prescindibles que años atrás se reservaba a los trabajadores negros) la buena nueva del retorno de la fabricación automotriz al estado de referencia. Otra raya en el tigre de las interminables mentiras del pintoresco gobernante gringo.

Desde México, enfrentamos la paradoja de ser los principales proveedores y compradores de aquella economía con alucinantes cifras de exportaciones (y de importaciones), sin que nuestra economía crezca significativamente. Las exportaciones no tienen capacidad de arrastre sobre el sistema económico nacional porque la proveeduría de los insumos es una función de las importaciones, llamadas temporales, ya que solo están en nuestro territorio mientras son ensambladas.

El crecimiento de la economía estadounidense, considerablemente robusto, descansa en las dinámicas empresas de datos, consumidoras de innúmeros insumos y de cantidades bíblicas de energía; la evocación de la fuerza manufacturera corresponde a un periodo irrepetible y la provisión de esos bienes, con arreglo al viejo teorema de las ventajas comparadas de David Ricardo, es más barata si se importa que si se produce localmente. Esto, igual que la resistencia iraní, son cosas que Trump no entiende, para mal de los valedores de MAGA, por cuanto la ignorancia presidencial se convierte en un notable estorbo para un proyecto global que tampoco entiende.

El malestar colectivo con una guerra sin objetivos ni victoria, que incentiva una reducción de los ingresos netos producida por la inflación, y que está adoptando un carácter cíclico y prolongado, todavía puede crecer más al calor del funcionamiento de una economía en la que, como dicen Eric Lonergan y Mark Blith, El mapa no refleja el territorio y las élites se han desconectado de la penuria popular (2021, Angrynomics. La economía y el descontento social actual, edaf, Madrid: p. 16).

La lección para México no podría ser más nítida: el libre comercio no nos acerca, siquiera, al crecimiento, escalón indispensable e insuficiente del desarrollo. Y el no crecimiento de una economía fuertemente comprometida con el gasto social produce un déficit fiscal que eleva la proporción de la deuda sobre el PIB, circunstancia por la que las pérfidas calificadoras (S & P, Moody´s y Fitch Ratings), a las que pagamos para que nos califiquen, pueden retirarnos el grado de inversión y colocarnos en inimaginables complicaciones.

Debemos celebrar, pese a todo, que el actual gobierno no comparte la ocurrencia de hacer posible el desarrollo sin crecimiento; pero resulta urgente reorientar la política económica hacia la mayor ocupación mejor remunerada, como la única vía cierta, primero, al crecimiento como la base material indispensable para imaginar al desarrollo.

Por la bendita iniciación de las vacaciones de verano en la UAM, el mes de agosto se cierra la universidad y este espacio, también. Nos veremos en septiembre. Salud.

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