“La economía es un argumento político. No es -y nunca podrá ser- una ciencia. No hay verdades objetivas en la economía que puedan ser establecidas independientemente de juicios políticos y frecuentemente morales. Así, cuando te encuentres con un argumento económico, debes formular la vieja pregunta cui bono (quién se beneficia), hecha primero por el famoso hombre de Estado y orador romano Marco Tulio Cicerón” (Citado en Paul M. Sweezy, 1945, Teoría del desarrollo capitalista, FCE, México, p. 266, y vuelto a citar por Han-Joon Chang, 2014, Economics. The User´s Guide, Bloomsbury Prees, London, p. 327).
La notable importancia del epígrafe, como se puede apreciar, multicitado, radica -en el primer caso- en la disposición de Paul M. Sweezy por desmantelar la narrativa liberal que le otorga una fundamental neutralidad al Estado en la marcha del capitalismo. En el segundo, Chang despacha con prontitud la ambiciosa, utópica y equivocada pretensión de la teoría neoclásica de convertir a la economía en una ciencia, exacta, por si fuera poco.
En este año, además de la conmemoración de los 80 de la muerte de Keynes y la celebración de los 90 de la primera edición de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, se cumplen 100 años de la publicación de un maravilloso artículo de Keynes, El fin del laissez-faire, resultado de sendas conferencias, primero, en Oxford (1924) y, después, en Berlín (1926), cuyos capítulos IV y V se reproducen en los Ensayos de persuasión (1988), Crítica: pp. 277-314. Es una breve historia del individualista laissez-faire y una magnífica entonación de las honras fúnebres con que es despedido por Keynes:
“Durante más de cien años nuestros filósofos nos gobernaron porque, por un milagro, casi todos ellos estuvieron de acuerdo o parecieron estarlo en esta única cosa. Todavía ahora no bailamos con otro ritmo. Pero se percibe un cambio en el ambiente. Sin embargo, oímos confusamente las que antaño fueron las más claras y distintivas voces que siempre han inspirado al hombre político. La orquesta de diversos instrumentos, el coro de sonido armonioso, se alejan finalmente en la distancia” (Keynes, 1988, Ensayos de persuasión, Crítica, Barcelona, p. 277). Keynes explica las razones políticas, religiosas, científicas y administrativas que, como cuerpos celestiales extrañamente alineados, alumbran al laissez-faire. Lo que, muchos años después en sus Intereses y pasiones, ofreció Alfred O. Hirschman como la explicación de lo que filósofos, científicos y religiosos se esforzaron para descubrir y presentar al hombre tal como realmente es y no como debiera ser, contenido en la idea de Mefistófeles del Fausto de Goethe como <<una porción de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre produce el bien>>, guarda una estrecha relación con la mágica mano invisible de Adam Smith, por medio de la cual la satisfacción de la codicia individual, sin proponérselo, produce un bien colectivo o, antes, cuando el Dante, en su Infierno, afirma que “El orgullo, la envidia y la codicia son las tres chispas que encienden los corazones de los hombres” (Hirschman, citado en José Woldenberg, 2014, Albert O. Hirschman. Más allá de la economía. Antología de ensayos, Colección popular # 667, FCE, México: p. 212).
El fenómeno del laissez-faire, particularmente en su radical versión neoliberal tiene un fundamento en la vieja aspiración neoclásica de los mercados autorregulados, invariablemente condenados a una corta vida e invariablemente dependientes, para su rescate frecuente, del Gran Gobierno, evocado por Hyman Minsky. En El fin del laissez-faire, Keynes pone las cosas en su sitio:
“No es verdad que los individuos tengan una <<libertad natural>> sancionada por la costumbre en sus actividades económicas. No existe un <<convenio>> que confiera derechos perpetuos sobre lo que tienen o sobre lo que adquieren. El mundo no se gobierna desde arriba, de manera que no siempre coinciden el interés privado y el social. No es dirigido aquí debajo de manera que coincidan en la práctica. No es una deducción correcta de los principios de la economía que el interés propio ilustrado produzca siempre el interés público. No es verdad que el interés propio sea generalmente ilustrado; más a menudo, los individuos que actúan por separado persiguiendo sus propios fines son demasiado ignorantes o demasiado débiles incluso para alcanzar estos. La experiencia no demuestra que los individuos, cuando forman una unidad social, son siempre menos clarividentes que cuando actúan por separado […] Muchos de los mayores males económicos de nuestro tiempo son la consecuencia del riesgo, la incertidumbre y la ignorancia. Ello es así porque los individuos particulares, afortunados en situación o capacidad, pueden aprovecharse de la incertidumbre y de la ignorancia, y también porque por la misma razón los grandes negocios son a menudo una lotería y existen grandes desigualdades de riqueza; y estos mismos factores son también la causa del desempleo del trabajo, o de la frustración de expectativas razonables de negocio, y del deterioro de la eficiencia y de la producción” (Keynes, Ibid. pp. 293-294).
Es una ironía del destino que, a cien años de estas reflexiones, el laissez-faire vuelva a naufragar, arrastrando consigo a la globalización y a un buen trozo del neoliberalismo. Durante la conmemoración y celebración que realizaremos entre el 21 y el 25 de septiembre en la UAM Xochimilco y en la UNAM, el Doctor Ha-Joon Chang, uno de los más grandes economistas de la actualidad, nos hará el honor de hablar del Fin del laissez-faire, del de ayer y del que, hoy, volvemos a contemplar. NO SE LO PIERDAN.
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