Por Osmar Zavaleta Vázquez
Profesor investigador del Departamento de Finanzas y Economía de Negocios de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey
La revisión del actual tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no alcanzó el consenso para su extensión por 16 años más. Como resultado, queda sujeto a revisiones anuales que pueden prolongarse hasta 2036. No se trata, necesariamente, de una cuenta regresiva para extinguir el acuerdo, que continúa funcionando con sus reglas actuales, pero su renovación se aplaza y será planteada en una negociación recurrente.
Esta nueva etapa transforma, profundamente, la naturaleza política del tratado. Con cada revisión anual, Estados Unidos puede presionar para cambiar las condiciones, endureciendo las reglas de origen o aumentando el contenido regional exigido para que un producto tenga acceso preferencial al mercado norteamericano. Su objetivo sería reducir la dependencia de insumos procedentes de Asia, particularmente de China, y trasladar una mayor proporción de la manufactura hacia América del Norte.
Ante un alza recurrente en los porcentajes de contenido regional, el desafío para México es prepararse para producir una proporción mayor de los insumos, componentes y servicios para los bienes exportados desde Norteamérica. Un eventual endurecimiento de las reglas de origen podría representar costos importantes para las empresas que hoy dependen de componentes importados desde fuera de la región, aunque también puede convertirse en una oportunidad industrial de gran escala.
¿Quién fabricará el contenido adicional que se exija? Si México logra capturar una parte significativa de esa producción, las nuevas reglas podrían detonar inversiones en industrias intermedias, ampliar la base de proveedores nacionales y reducir la dependencia de importaciones, pasando de ser una plataforma de ensamblaje a convertirse en un productor con mayor valor agregado, sobre todo en la industria automotriz y la industria electrónica.
El aumento del contenido regional podría convertirse así en una política industrial de facto. Obligadas por las nuevas condiciones del comercio, las grandes empresas priorizarían a proveedores norteamericanos, y México tendría la oportunidad de ofrecer capacidad productiva, costos competitivos, cercanía logística y experiencia manufacturera.
Pero aprovechar estas oportunidades requiere de una estrategia nacional de desarrollo de proveedores que identificará los componentes que actualmente se importan desde Asia y las empresas mexicanas con potencial para producirlos, facilitar su acceso a financiamiento, apoyar sus procesos de certificación y conectarlas con las grandes empresas exportadoras. Muchas pymes mexicanas que ahora no participan en las cadenas globales podrían acompañar a estos proveedores durante todo el proceso de integración.
También será necesario garantizar infraestructura, suministro de energía, seguridad logística, trámites aduaneros más sencillos, talento técnico y certeza jurídica. Las empresas que busquen relocalizar su producción no elegirán México únicamente por su cercanía con Estados Unidos, sino que evaluarán la confiabilidad de la electricidad, la disponibilidad de agua, la calidad de las carreteras, la seguridad de los corredores industriales y la certidumbre jurídica, así como el Estado de derecho.
Ante todo, México deberá demostrar que no funciona como una plataforma de triangulación para productos procedentes de China que, con una mínima transformación, acceden al mercado estadounidense con beneficios arancelarios, una de las preocupaciones centrales de Washington. Para evitarlo, es indispensable reforzar la trazabilidad de los insumos, verificar el cumplimiento real de las reglas de origen y distinguir entre inversión productiva genuina y operaciones diseñadas únicamente para eludir restricciones comerciales.
El país también tendrá que cumplir de manera efectiva sus obligaciones laborales, ambientales y regulatorias. La continuidad del T-MEC no dependerá solamente del contenido regional. Estados Unidos y Canadá seguirán observando la aplicación de la reforma laboral, el funcionamiento del mecanismo de respuesta rápida, el trato a los inversionistas, la política energética y el respeto a los compromisos asumidos.
Las revisiones anuales no deben interpretarse únicamente como una amenaza diplomática. Si bien crean incertidumbre, estas revisiones también ofrecen tiempo para construir consensos, resolver controversias y demostrar que la integración norteamericana genera beneficios para las tres economías.
La próxima década será decisiva no sólo para determinar si el T-MEC se renueva, sino también para definir qué tipo de integración productiva tendrá América del Norte. México puede limitarse a defender su posición actual o aprovechar la presión comercial para profundizar su industrialización. El reto no es conservar intactas las reglas vigentes, sino lograr que, si cambian, México esté preparado para producir contenido regional.
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