Por Iván Carrillo.
Hay cambios tan graduales que dejamos de percibirlos: nos adaptamos a ellos casi sin darnos cuenta. Es la vieja metáfora de la rana —o la langosta— en la olla que se calienta poco a poco. Más allá de la imagen, describe algo muy humano: cuando un cambio ocurre de forma progresiva, nuestra capacidad para reconocerlo disminuye, y lo extraordinario termina convirtiéndose en rutina. Eso parece estar ocurriendo con el calor.
Cada verano rompe un nuevo récord, cada temporada trae una ola de calor más intensa, más larga o más temprana que la anterior. Y sin embargo, lejos de sorprendernos, esos récords empiezan a integrarse a la vida cotidiana: cambiamos horarios, buscamos refugio bajo un aire acondicionado, evitamos salir al mediodía, cerramos persianas, cancelamos planes al aire libre y asumimos que esa es, simplemente, la nueva normalidad. Pero no lo es.
El informe climático de junio de 2026 publicado por el Servicio de Cambio Climático de Copernicus —el programa de observación de la Tierra de la Unión Europea— es una nueva señal de alarma sobre la velocidad con la que cambia el sistema climático, y los datos son contundentes.
Europa occidental vivió el junio más cálido desde que existen registros: la temperatura media alcanzó los 20.74 grados Celsius, 3.06 grados por encima del promedio del periodo 1991-2020. Para dimensionar esa anomalía basta recordar que en climatología las desviaciones de unas pocas décimas de grado ya se consideran relevantes; superar en más de tres grados el promedio regional durante todo un mes es un evento extraordinario.
A escala planetaria, junio de 2026 fue el segundo más cálido jamás registrado, sólo por detrás del récord de 2024. La temperatura media global del aire llegó a 16.54 grados Celsius, unos 1.39 grados por encima del nivel preindustrial.
Los océanos, que absorben cerca del 90 por ciento del exceso de calor generado por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero, también enviaron una señal preocupante: la temperatura media de la superficie del mar, excluyendo las regiones polares, alcanzó 20.86 grados, el valor más alto registrado para cualquier mes de junio. El Mediterráneo occidental sufrió intensas olas de calor marinas, mientras que el Pacífico tropical vivió su junio más cálido desde que hay observaciones.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta tiene dos partes que actúan al mismo tiempo.
La primera es el calentamiento global provocado por la actividad humana. Durante más de siglo y medio hemos incrementado la concentración atmosférica de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero mediante la quema de combustibles fósiles, la deforestación y diversos procesos industriales. Esos gases funcionan como una manta que dificulta que el calor emitido por la Tierra escape al espacio, y el resultado es un aumento sostenido de la temperatura media del planeta. Ese calentamiento es hoy el piso térmico desde el cual se desarrollan todos los fenómenos meteorológicos.
La segunda es El Niño, un fenómeno natural que se origina en el océano Pacífico ecuatorial y forma parte de un ciclo climático conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur). En condiciones normales, los vientos alisios soplan de este a oeste y empujan las aguas superficiales cálidas hacia Indonesia y Australia, mientras que frente a las costas de Sudamérica ascienden aguas profundas mucho más frías y ricas en nutrientes. Durante un episodio de El Niño esos vientos se debilitan, y el agua cálida acumulada en el Pacífico occidental comienza a desplazarse hacia el centro y el este del océano. Esa inmensa masa de agua caliente libera enormes cantidades de calor y vapor hacia la atmósfera, alterando la circulación global y modificando los patrones de lluvia, temperatura y tormentas en numerosos continentes.
No es un fenómeno provocado por el cambio climático: ha ocurrido durante miles de años. Lo que cambió es el escenario donde ahora aparece. El Niño ya no actúa sobre el planeta del siglo XX, sino sobre uno que ya está significativamente más caliente por las actividades humanas. Es la diferencia entre encender una estufa en una habitación fría y hacerlo en otra donde la calefacción lleva horas funcionando.
Por eso los científicos observan con preocupación el episodio actual. La Organización Meteorológica Mundial estima una probabilidad superior al 80 por ciento de que El Niño siga fortaleciéndose en los próximos meses, y varios centros internacionales de pronóstico advierten sobre la posibilidad de que evolucione hacia un evento de gran intensidad antes de que termine el año.
Históricamente, los mayores impactos de El Niño no aparecen de inmediato: el calor almacenado en el océano tarda varios meses en transferirse por completo a la atmósfera. Por eso sus efectos más intensos suelen sentirse durante el invierno boreal y los primeros meses del año siguiente, amplificando sequías en algunas regiones, lluvias torrenciales en otras, incendios forestales, pérdidas agrícolas y olas de calor tanto terrestres como marinas.
Quizá el dato más inquietante del informe de Copernicus no sea ningún récord de temperatura, sino nuestra capacidad para acostumbrarnos a ellos. Hace apenas unas décadas, una ola de calor extrema ocupaba titulares durante semanas; hoy enlazamos un récord con otro con una rapidez que empieza a anestesiar nuestra percepción del riesgo. La excepcionalidad pierde fuerza cuando ocurre todos los veranos.
La ciencia no describe un apocalipsis inevitable. Documenta una transformación física del sistema climático a partir de millones de observaciones satelitales, estaciones meteorológicas, boyas oceánicas y modelos numéricos que hoy ofrecen una precisión sin precedentes.
La pregunta ya no es si el planeta seguirá calentándose —la evidencia científica resolvió ese debate hace tiempo—, sino cuánto más estamos dispuestos a modificar nuestra forma de vivir para adaptarnos al calor antes de decidirnos a modificar las causas que lo intensifican.
Editor de Celsius Media
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