Cuando un político mexicano de alta jerarquía es acusado formalmente por Estados Unidos, deja de tener un solo futuro y empieza a tener varios.
Rubén Rocha Moya nos permite observarlos casi en tiempo real.
El gobernador con licencia de Sinaloa fue acusado en abril por fiscales federales de Nueva York de delitos relacionados con narcotráfico. Las acusaciones son eso: acusaciones. Rocha las niega y, como cualquier persona, debe ser considerado inocente mientras no se demuestre lo contrario.
Pero una cosa es la responsabilidad penal y otra, muy distinta, la supervivencia política.
Rocha regresó a la gubernatura. Duró 34 horas. El Congreso de Sinaloa ya designó una nueva gobernadora interina.
A partir de aquí, Rocha tiene por lo menos cinco escenarios. Y vale la pena observarlos porque probablemente sean los mismos que enfrentaría cualquier político mexicano de alto nivel acusado formalmente por la justicia estadounidense.
Primer escenario: el retiro dorado.
Rocha entiende que su carrera política terminó. México investiga, pero no encuentra elementos suficientes para proceder penalmente; Estados Unidos mantiene su acusación, pero no consigue llevarlo ante una corte.
No recupera el poder ni su reputación, pero conserva algo mucho más importante: la libertad.
Hoy, su mejor escenario es llegar al final de su vida sin pisar una cárcel.
Segundo escenario: el limbo.
No lo encarcelan, pero tampoco lo exoneran.
Permanece en México con una acusación estadounidense sobre la cabeza y una investigación mexicana abierta. Puede vivir, pero políticamente está en coma. Cada declaración, testimonio, nuevo detenido y cada documento que aparezca puede modificar su situación.
No hace falta una sentencia para destruir una carrera política. El personaje sigue ahí, pero nadie quiere aparecer cerca de él.
Tercer escenario: el fusible.
La presión aumenta y llega un momento en que proteger al acusado resulta más costoso que dejarlo caer. El problema deja de ser la suerte del personaje y pasa a ser cuánto daño puede provocar a quienes permanecen en el poder.
Rocha ya recibió una señal bastante clara. Intentó volver y le azotaron en la cara la puerta que esperaba abierta.
El distanciamiento se puede convertir en abandono.
El político deja entonces de ser compañero para convertirse en un fusible al cual se le sacrifica para impedir que el cortocircuito llegue más arriba.
Cuarto escenario: el acusado mexicano.
Aquí cambia cualitativamente el problema.
La investigación mexicana encuentra elementos suficientes y se decide abrir un proceso penal. Y aunque una carpeta de investigación de la FGR no demuestra culpabilidad, políticamente el efecto sería brutal.
Porque ya no hablaríamos de “lo que dicen los gringos”. Hablaríamos de un político mexicano enfrentando al aparato de justicia mexicano.
Y entonces desaparecería uno de los principales argumentos utilizados hasta ahora para defenderlo.
Quinto escenario: Nueva York.
Estados Unidos consigue su extradición. Rocha finalmente es entregado a las autoridades del vecino del norte. Las penas carcelarias que contempla la acusación son enormes en caso de ser declarado culpable.
A sus 77 años vendría una decisión difícil: ir a juicio o negociar.
El mapa está ahí y no solamente para Rocha. Está ahí para cualquier gobernador, senador, jefe policiaco o miembro del gabinete que mañana aparezca en una acusación federal estadounidense.
Porque desde ese instante comenzará una carrera distinta: primero intentará conservar el cargo, después la influencia, luego la protección política, posteriormente evitar un proceso penal y, finalmente, conservar la libertad.
No sabemos cuál de esos futuros le corresponde a Rocha. Pero hay algo que ya cambió para siempre: cuando Washington pone tu nombre en una acusación de esta naturaleza, el poder deja de medirse en cargos, votos o cercanía con la presidencia.
Empieza a medirse en años de libertad.
POSTDATA – Dejé fuera un sexto escenario: la fuga. En el manual de supervivencia del político acorralado siempre existe esa última puerta: dejar de preguntarse quién lo protege y empezar a preguntarse dónde no lo pueden alcanzar.
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