Por Carlos Corral Serrano

Hace más de tres décadas, el sociólogo y jurista mexicano Antonio Azuela formuló una pregunta que continúa siendo profundamente vigente para las ciudades latinoamericanas: ¿qué significa realmente la propiedad de la vivienda en los barrios populares y cuál es su papel en la construcción del orden urbano?

La pregunta parecía dirigida a los asentamientos irregulares que crecían aceleradamente en las periferias urbanas de finales del siglo XX. Sin embargo, hoy, cuando México enfrenta nuevos desafíos habitacionales, la reflexión adquiere una relevancia renovada.

Durante décadas, los estudios urbanos y las políticas públicas describieron amplios sectores de nuestras ciudades utilizando una sola palabra: irregularidad.

Colonias irregulares, asentamientos irregulares, ocupaciones irregulares. La expresión se convirtió en una categoría aparentemente suficiente para explicar fenómenos urbanos extraordinariamente complejos. Sin embargo, como advertía Azuela, el problema no radicaba únicamente en determinar si un asentamiento cumplía o no con las normas vigentes, sino en comprender los procesos sociales, políticos y territoriales que permitían su consolidación y permanencia.

La realidad es que una parte importante de las ciudades mexicanas fue construida por familias que llegaron antes que la infraestructura, antes que los servicios e incluso antes que el reconocimiento institucional.

Millones de hogares comenzaron con una vivienda precaria, una posesión informal o una ocupación incierta. Con el paso del tiempo aparecieron las calles, las escuelas, el transporte, los servicios públicos y finalmente los mecanismos de regularización. Lo que alguna vez fue considerado periférico o marginal terminó convirtiéndose en ciudad.

La experiencia urbana mexicana demuestra que la ciudad no siempre se desarrolla siguiendo una secuencia lineal donde primero existe la planeación y después la ocupación. En numerosos casos ha ocurrido exactamente lo contrario: la ocupación precedió a la regulación y la ciudad llegó antes que las reglas.

La propiedad como construcción social

Una de las aportaciones más importantes de Antonio Azuela consistió en mostrar que la propiedad no puede entenderse como una condición estática o exclusivamente jurídica.

La propiedad es un proceso.

La vivienda popular no adquiere significado únicamente cuando se entrega una escritura. Su valor se construye gradualmente mediante el esfuerzo familiar, la consolidación comunitaria, la inversión colectiva y la incorporación progresiva de infraestructura y servicios urbanos.

Por ello, la regularización de la tenencia de la tierra no debe verse únicamente como un procedimiento administrativo. Constituye el reconocimiento institucional de una realidad urbana previamente construida por la sociedad.

Cada escritura representa mucho más que un documento legal. Representa la incorporación de una familia al sistema formal de derechos, obligaciones y oportunidades que ofrece la ciudad.

Pero también representa algo más profundo: la consolidación de un patrimonio.

Para millones de mexicanos, la vivienda constituye el principal activo económico de toda una vida. Es el espacio donde se desarrollan las relaciones familiares, donde se acumulan esfuerzos intergeneracionales y donde se construye buena parte de la estabilidad social de una comunidad.

No existe propiedad sin ciudad

Quizá la tesis más poderosa de Azuela consiste en afirmar que la propiedad de la vivienda forma parte de un orden urbano más amplio.

Una vivienda no tiene valor por sí misma.

Su valor depende de la existencia de calles, transporte, escuelas, hospitales, espacios públicos, redes de agua, drenaje, energía e innumerables inversiones colectivas que hacen posible la vida urbana.

En otras palabras, el espacio privado sólo existe gracias a la existencia del espacio público.

Esta afirmación tiene enormes implicaciones para las políticas urbanas contemporáneas. Significa que la propiedad no puede analizarse únicamente desde la perspectiva individual o patrimonial. También debe entenderse como parte de una responsabilidad colectiva asociada a la construcción y conservación de la ciudad.

Los barrios populares constituyen probablemente el mejor ejemplo de esta realidad. Su consolidación rara vez ha sido resultado exclusivo de la acción gubernamental o de la inversión privada. Ha sido producto de procesos comunitarios donde los propios habitantes participaron en la construcción de infraestructura, equipamientos y espacios compartidos.

La vivienda y la comunidad crecieron juntas.

Treinta años después

Hoy México enfrenta una nueva generación de desafíos habitacionales.

La discusión ya no gira exclusivamente en torno a la regularización de asentamientos. Ahora debemos enfrentar el envejecimiento del parque habitacional existente, la proliferación de viviendas multifamiliares de origen progresivo, la creciente vivienda en condominio, la necesidad de conservar el patrimonio construido y la urgencia de evitar que la expansión urbana continúe alejando a las familias de los empleos, los servicios y las oportunidades.

Sin embargo, la reflexión de fondo sigue siendo la misma.

La vivienda no puede entenderse de manera aislada.

Forma parte de un proceso mucho más amplio de construcción urbana, integración social y consolidación territorial.

Por ello, las políticas públicas del siglo XXI deben abandonar la falsa dicotomía entre ciudad formal e informal y concentrarse en fortalecer los mecanismos que permitan integrar, regularizar, conservar y mejorar los territorios que millones de familias ya han construido.

Conclusiones

Treinta años después de la publicación de "La propiedad de la vivienda en los barrios populares y la construcción del orden urbano", las ideas de Antonio Azuela mantienen una vigencia sorprendente.

La principal lección es sencilla pero profunda: la ciudad no se construye únicamente desde las instituciones; también se construye desde la sociedad.

Comprender cómo se forman los barrios, cómo se consolida la propiedad y cómo se construye el espacio urbano resulta indispensable para diseñar mejores políticas habitacionales.

Porque antes de discutir cuántas viviendas construir, conviene recordar una verdad fundamental que la experiencia urbana mexicana ha demostrado una y otra vez: la vivienda sólo adquiere sentido cuando forma parte de una ciudad.

Y precisamente ahí se encuentra el gran desafío de nuestra época.

No basta con construir vivienda… Debemos construir ciudad.

Este artículo retoma y actualiza algunas de las reflexiones desarrolladas por Antonio Azuela en el ensayo "La propiedad de la vivienda en los barrios populares y la construcción del orden urbano", publicado originalmente en 1992.

contacto@amu.org.mx

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