Por Cecilia Pelletier
Para millones de mujeres y niñas en México, caminar por la ciudad no es un trayecto cotidiano; es una constante evaluación de riesgos. Elegir una ruta mejor iluminada, evitar determinadas calles, modificar horarios o compartir su ubicación en tiempo real forman parte de estrategias de autoprotección que terminan condicionando su libertad de movimiento. Ese "peaje invisible" limita el acceso al empleo, la educación, la recreación y, en última instancia, al ejercicio pleno de su derecho a la ciudad.
Sin embargo, este problema trasciende la seguridad pública. También revela una forma de planear las ciudades que durante décadas ignoró la diversidad de quienes las habitan.
La planeación urbana tradicional respondió, en gran medida, a una lógica funcional: desplazamientos lineales entre la vivienda y el trabajo, generalmente en automóvil. Pero la vida cotidiana demuestra otra realidad. Muchas mujeres realizan recorridos mucho más complejos: acompañan a niñas y niños a la escuela, hacen compras, cuidan a personas mayores o dependientes, utilizan el transporte público, trabajan y realizan múltiples actividades antes de regresar a casa. Son trayectos que conectan el cuidado con la movilidad y que pocas veces han sido considerados en el diseño urbano.
La ciudad no se recorre en línea recta
Comprender estos recorridos cotidianos obliga a replantear la forma en que concebimos el espacio público. Si una ciudad resulta segura, accesible y funcional para quienes realizan los desplazamientos más complejos, también será una ciudad mejor para el resto de la población.
Esa es precisamente la aportación del urbanismo con perspectiva de género: no consiste únicamente en incorporar la experiencia de las mujeres al proceso de planeación, sino en utilizarla como una herramienta para mejorar la calidad urbana de toda la comunidad.
La investigación doctoral Espacios Públicos Seguros con Perspectiva de Género en Zonas Marginadas de Saltillo, Coahuila propone un modelo participativo que coloca a las mujeres en el centro del diagnóstico territorial. No como beneficiarias pasivas, sino como quienes conocen con mayor precisión las fortalezas y debilidades del espacio público que recorren diariamente.
Su principal innovación consiste en combinar información estadística y territorial con el conocimiento construido desde la experiencia cotidiana. A través de recorridos urbanos, talleres participativos y diálogo comunitario, las propias habitantes identifican los lugares donde la falta de iluminación, el abandono, los lotes baldíos, la escasa visibilidad o la ausencia de actividad urbana generan condiciones de inseguridad y restringen su autonomía.
Este enfoque demuestra que los mapas urbanos pueden construirse tanto con datos como con vivencias. Ambos resultan indispensables para comprender la ciudad.
Pequeñas intervenciones, grandes transformaciones
Durante muchos años se pensó que mejorar la ciudad dependía exclusivamente de grandes obras de infraestructura. Sin embargo, numerosas experiencias internacionales muestran que intervenciones puntuales pueden generar impactos inmediatos sobre la percepción de seguridad y la apropiación del espacio público.
La denominada acupuntura urbana responde precisamente a esa lógica. Mejorar el alumbrado en senderos peatonales estratégicos, eliminar obstáculos visuales mediante mantenimiento y vegetación adecuada, incorporar mobiliario para el descanso y el cuidado, fortalecer el equipamiento de proximidad y promover la activación comunitaria son acciones relativamente sencillas que modifican profundamente la forma en que las personas utilizan y viven sus barrios.
Cuando una calle permanece iluminada, visible, activa y habitada durante distintas horas del día, aumenta la vigilancia natural y disminuye la percepción de riesgo. La seguridad deja entonces de depender exclusivamente de la presencia policial para convertirse también en una cualidad del propio diseño urbano.
Urbanismo del cuidado
Hablar de perspectiva de género no significa diseñar ciudades exclusivamente para las mujeres. Significa reconocer que quienes históricamente han enfrentado mayores barreras permiten identificar con mayor claridad las deficiencias del espacio urbano.
Por ello, el concepto de urbanismo del cuidado representa hoy uno de los mayores cambios de paradigma en la planeación contemporánea. Colocar el cuidado en el centro implica pensar en niñas y niños, personas adultas mayores, personas con discapacidad, personas cuidadoras y, en general, en todos aquellos cuya movilidad cotidiana depende de un espacio público accesible, seguro y bien conectado.
Las ciudades que cuidan no solamente reducen la violencia; también fortalecen la cohesión social, promueven la convivencia, mejoran la salud pública y generan comunidades más resilientes.
De la perspectiva de género a la política urbana
El verdadero desafío consiste en convertir estos principios en política pública permanente. La perspectiva de género no puede limitarse a un capítulo dentro de un programa gubernamental; debe incorporarse transversalmente a los instrumentos de planeación urbana, los reglamentos de construcción, los presupuestos municipales y los proyectos de espacio público.
Asimismo, la participación ciudadana debe dejar de ser un requisito administrativo para convertirse en un componente esencial del diseño urbano. Nadie conoce mejor un barrio que quienes lo recorren todos los días. Escuchar esa experiencia permite identificar problemas que ningún plano, estadística o imagen satelital alcanza a revelar.
Finalmente, las estrategias de acupuntura urbana deberían consolidarse como una política permanente de los gobiernos locales. Mejor iluminación, banquetas accesibles, espacios públicos activos, transporte seguro, vegetación adecuada, equipamiento de proximidad y mantenimiento continuo representan inversiones relativamente modestas, pero con un enorme impacto en la calidad de vida de las personas.
Las ciudades que cuidan a las mujeres terminan cuidando a toda la sociedad. Cuando el espacio público ofrece seguridad, proximidad y dignidad a quienes históricamente han enfrentado mayores obstáculos, la ciudad se vuelve más habitable para niñas y niños, personas mayores, personas con discapacidad y, en realidad, para todos sus habitantes. Ese es, quizá, el mayor reto del urbanismo contemporáneo: construir ciudades donde el cuidado deje de ser una excepción para convertirse en el principio que orienta la planeación del territorio.
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