Cada 15 de septiembre, México vuelve a pronunciar los nombres de quienes iniciaron la lucha por la Independencia.
Las campanas, la bandera y el grito presidencial recuerdan una noche decisiva.
Sin embargo, detrás de la ceremonia existe una historia mucho más dolorosa: la de miles de personas que estuvieron dispuestas a perderlo todo para que algún día existiera una nación llamada México.
La Independencia no comenzó entre desfiles ni celebraciones.
Nació en medio de una sociedad profundamente desigual, con privilegios reservados para unos cuantos y una enorme población indígena, campesina y mestiza sometida a la pobreza, los tributos y la exclusión.
Cuando Miguel Hidalgo llamó a levantarse en armas, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, nadie podía asegurar que la insurrección triunfaría.
Quienes respondieron sabían que podían morir, ser encarcelados, perder a sus familias o ver destruidas sus comunidades. Aun así, decidieron luchar.
La guerra se prolongó durante once años.
No existe una cifra definitiva sobre cuántas personas murieron, pero las estimaciones históricas sitúan el costo humano entre 250 mil y 600 mil fallecimientos, dentro de una población que rondaba los seis millones de habitantes. Es decir, la lucha pudo haber costado la vida a una proporción enorme de la sociedad novohispana.
No todos murieron en combate. Muchos fallecieron por hambre, epidemias, desplazamientos, saqueos y la destrucción de los campos.
La agricultura, la minería y el comercio quedaron severamente afectados.
Hubo pueblos arrasados, familias divididas y comunidades enteras condenadas a sobrevivir entre dos ejércitos.
Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez fueron ejecutados. José María Morelos fue fusilado en 1815.
Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y muchas otras personas sostuvieron, desde distintos frentes, una causa que parecía imposible.
Muchos de quienes dieron su vida por la causa nunca vieron consumada la Independencia. Murieron sin conocer la bandera que enarbolaron, sin escuchar el nombre oficial del nuevo país y sin saber si su sacrificio tendría sentido.
Pero también dejaron ideas. Los Sentimientos de la Nación, el Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional y la Constitución de Apatzingán expresaron que la soberanía debía provenir del pueblo, que América debía ser libre y que las leyes debían moderar la opulencia y aliviar la pobreza.
Después vendrían el Plan de Iguala, los Tratados de Córdoba y el Acta de Independencia de 1821. Más tarde llegarían las constituciones de 1824, 1857 y 1917. Cada documento fue una etapa en la difícil construcción institucional de México.
Nuestra historia posterior tampoco estuvo libre de sangre. Las luchas internas, las invasiones extranjeras, la pérdida de territorio, las disputas por el poder, la Reforma y la Revolución demostraron que conquistar la Independencia era solamente el principio. Faltaba construir una nación.
Hoy México es un país libre y soberano. Tiene territorio, identidad, Constitución, instituciones y democracia.
Sin embargo, ser independiente no significa haber vencido todas las formas de sometimiento.
Todavía debemos liberarnos del yugo de la inseguridad, la impunidad, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, la debilidad económica, la educación insuficiente, la polarización política, la desinformación y la desconfianza entre los propios mexicanos.
No necesitamos enemigos extranjeros para debilitarnos cuando las divisiones internas, la violencia y la corrupción pueden hacerlo desde dentro.
Por eso, el Grito no debe ser únicamente una ceremonia. Debe ser un llamado a la conciencia nacional. La libertad política será incompleta mientras una familia viva atemorizada por la delincuencia, una víctima no encuentre justicia, un joven abandone sus estudios por falta de recursos o una institución se encuentre sometida a intereses particulares.
A nuestros héroes les correspondió conquistar la Independencia. A nosotros nos corresponde darle contenido: buena educación, justicia eficaz, seguridad, economía, solidaridad, democracia y paz.
Cuando esta noche escuchemos el nombre de nuestros héroes, recordemos que muchos murieron sin ver nacer el país que imaginaron.
Honrarlos exige algo más que repetir sus nombres: exige continuar su obra.
Después de las doce de la noche deberá comenzar nuestro propio combate, no con armas, sino con educación, legalidad, unión, trabajo y responsabilidad pública.
México ya es independiente. Ahora debemos consolidar la patria libre, justa, unida y pacífica que ellos no alcanzaron a ver.
abogadoangel84@gmail.com
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en WhatsApp! Desde tu dispositivo móvil, entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Exclusivas
Experiencias El UniversalDónde comer platillos diferentes con nogada este septiembre con precios especiales
Experiencias El Universal5 beneficios de practicar escalada y dónde probarla con descuento en CDMX
Experiencias El Universal4 planes de fin de semana cerca de CDMX con descuentos de Club EL UNIVERSAL
Experiencias El Universal





