Imaginemos a un emprendedor que presenta su plan de negocios ante un banco. Lleva dos años y medio operando. Ha recibido más de veinte mil millones de pesos. Pierde dos millones y medio de pesos al día. Por cada peso que ingresa necesita tres para funcionar. Y su gran promesa no es la rentabilidad, sino cubrir sus costos, algún día, cuando complete una flota de veinte aviones que terminará de llegar en 2027. Ningún banco, ningún fondo, ningún socio le prestaría un centavo. Ese emprendedor existe. Se llama Estado mexicano y su empresa se llama Mexicana de Aviación.

Hace unos días la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que Mexicana todavía recibe recursos públicos para operar y que alcanzará su punto de equilibrio hasta que cuente con los veinte aviones Embraer que compró el gobierno. Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo. El subsidio, explicó, estaba previsto desde el inicio, porque operar con menos aviones implica ciertos costos. Es decir, el plan de negocios contemplaba desde su origen que los contribuyentes pagáramos la cuenta durante años. ¿Se imaginan cómo le iría a quien expusiera este caso ante un Consejo de Administración?

Las cifras son tremendas. La compra de la marca costó 815 millones de pesos en 2023. El contrato con Embraer por los veinte aviones fue por 750 millones de dólares. En 2025 la aerolínea perdió 941 millones de pesos, con ingresos de 462 millones frente a costos operativos superiores a mil 400 millones. Recibió además un flujo de 2 mil 800 millones de pesos del erario que ni siquiera aparece registrado como subsidio. Su ocupación promedio ronda el 53 por ciento, mientras Aeroméxico, Volaris y Viva superan el 85. Para dimensionar su tamaño real, Mexicana transportó 953 mil pasajeros a abril de 2026, desde su relanzamiento. Volaris movió 29 millones tan solo en 2024. Y a dos años y medio de aquel vuelo inaugural, la aerolínea apenas tiene ocho de los veinte aviones prometidos.

Sheinbaum sostiene que Mexicana no busca generar utilidades, sino cubrir sus costos con tarifas que ofrecen una alternativa frente a las compañías privadas. Así, una empresa que opera con dinero público, que no rinde cuentas a accionistas y que puede perder millones cada día sin quebrar, compite contra empresas que pagan impuestos, responden a inversionistas y viven de llenar sus aviones. Eso es competencia desleal financiada por los mismos ciudadanos que vuelan, en su enorme mayoría, en las aerolíneas privadas.

En el Programa Institucional 2025-2030 se proyecta que el equilibrio financiero llegará en el mediano plazo con ingresos por 3 mil 854 millones de pesos en 2030, frente a los 376.9 millones registrados en 2024. Multiplicar por diez los ingresos en seis años es una meta que cualquier inversionista privado calificaría de fantasía. Pero como aquí el inversionista es forzoso, porque se paga con impuestos, la fantasía no tiene costo político inmediato. Lo tiene después, en hospitales sin medicinas, escuelas sin piso, techo ni baño y la falta de inversión en infraestructura en general.

Mexicana es la muestra más clara de que el Estado es un pésimo empresario porque no enfrenta las consecuencias de sus errores. Un emprendedor que fracasa pierde su patrimonio. Un gobierno que fracasa nos cobra las pérdidas a todos. Mientras el punto de equilibrio llega, si llega, los mexicanos seguiremos pagando el boleto de una aerolínea en la que casi nadie vuela.

@AnaPOrdorica

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