Hay partidos que, sin haber envejecido siquiera, ya muestran las grietas de una casa mal construida. Morena, el movimiento que prometió refundar la vida pública de México, hoy exhibe una arquitectura interna que se desmorona a la vista de todos: pleitos internos, cuadros señalados por presuntos actos de corrupción, gobernadores y funcionarios bajo sospecha, y una dirigencia que parece más ocupada en sobrevivir a sus propios escándalos que en ser el partido en el gobierno.
No es un fenómeno menor ni pasajero. Es la consecuencia lógica de un proyecto que se edificó sobre promesas incumplidas y sobre alianzas territoriales oscuras en regiones donde el crimen organizado disputa el control social y político. Esas acusaciones han acompañado a Morena desde sus primeros triunfos electorales, y hoy resurgen con más fuerza porque los hechos empiezan a alcanzarlos.
El problema no es coyuntural: es estructural. Militantes y ex funcionarios del propio movimiento han denunciado, en distintos momentos, prácticas de opacidad en el manejo de recursos, redes de complicidad entre autoridades locales y economías ilícitas, y una cultura de impunidad que convirtió a algunos de sus cuadros más visibles en símbolos de aquello que juraron combatir.
Esa es la paradoja más amarga: un movimiento que nació enarbolando la bandera de la honestidad terminó produciendo una nueva generación de señalados por enriquecimiento inexplicable y protección política.
Lo verdaderamente preocupante no es solo que Morena enfrente estos cuestionamientos, sino la forma en que pretende resolverlos: convirtiendo asuntos personales y de trinchera partidista en temas de Estado.
Esa mezcla entre interés de partido e interés nacional es, quizás, el síntoma más grave de todos: revela una forma de entender el poder no como servicio, sino como territorio a defender a cualquier costo, incluso si el costo lo paga el ciudadano común.
Frente a este diagnóstico, un partido, cualquiera que sea, es una organización con un proyecto y una fecha de caducidad. México es una nación con instituciones, historia y futuro que trascienden a cualquier sigla. Confundir la suerte de Morena con la suerte del país es un error que el electorado no debe estar dispuesto a cometer.
Presidente Nacional del PRI
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