En uno de los momentos más álgidos de La Captura (México, 2026), el ya desesperado agente Carmona (Alfonso Herrera) lleva varias horas encerrado en alguna habitación de un hotelucho de Los Mochis, Sinaloa, esperando que lleguen refuerzos. Junto a él, en esa misma habitación, se encuentra, esposado, uno de los criminales más buscados del país: el mismísimo Chapo Guzmán (Héctor Kotsifakis).

Han sido horas de mucha tensión y nada de silencio, y es que Joaquín Guzmán Loaera, “el Patrón”, el líder del poderoso cártel de Sinaloa, no ha dejado de hablar con su captor. Le ha prometido 15 millones de pesos en efectivo si lo deja ir, le ha prometido protección, para él y para su familia, de por vida. El delincuente también le ha presumido cómo, a lo largo de su carrera delictiva, ha ayudado a mucha gente. Pero al ver que las dádivas no funcionan, pasa a las amenazas: la vida del agente Carmona no conocerá nunca más la paz, lo buscarán a él, a su familia, los matarán a todos. ¿Qué ganas al seguir con esto?, pregunta El Chapo, ¿qué se gana con esta guerra?

Desesperado, furioso, Carmona responde: “Si, esto es una guerra, pero si estamos en esta guerra, es por gente como tu”.

La historia inicia por una casualidad. Carmona y su recién llegado compañero, Rosales (Noé Hernández), están cubriendo horas extras de su rondín nocturno como agentes de la policía del estado. De repente, ven pasar a un par de sujetos a toda velocidad en un auto, se dan cuenta que el vehículo está reportado como robado y deciden iniciar la persecución. Los policías los alcanzan, detienen la marcha del auto, se acercan y cuando están por abrir la puerta para ver quienes son los presuntos ladrones se encuentran, ni más ni menos, que con El Chapo Guzmán, y uno de sus lugartenientes.

Carmona y Rosales entienden la gravedad del asunto. Se acaban de sacar la rifa del tigre: saben que si entregan al delincuente, sus vidas estarán amenazadas para siempre, pero hay otra opción que parece menos difícil y más sensata, hacer caso al canto de los narcos, aceptar los millones y la protección que les ofrecen, a cambio de llevarlos a un lugar seguro.

El director de esta cinta, el tapatío Salvador “Chava” Cartas, ha construido una carrera con más de 30 títulos donde domina el cine y las series de comedia. De suyo son títulos tan populares como la saga de Mirreyes contra Godínez y series como Ninis y Mexzombies (sic). Pero en 2025 filmó para Netflix Contraataque (México), una cinta (realizada con colaboración de la Sedena) sobre un grupo de élite ficticio perteneciente al Ejército Mexicano, quienes en un día franco se ven rodeados por poderosos narcotraficantes.

La cinta, que si bien glorificaba al ejército, era también una película de acción pura y dura, filmada con total solvencia y pericia técnica, con buenas actuaciones y un guion que si bien no evitaba los clichés del género, generaba tensión, emoción y verdadera sensación de peligro.

Contraataque demostraba que es posible hacer buen cine de acción en México, e inauguró una nueva veta en la filmografía de Cartas, una donde narra historias de personajes que, contra toda adversidad, deciden hacer lo correcto, aunque ello les pueda costar la vida.

La principal crítica hacia Contraataque era justamente su calidad de ficción que romantiza el actuar del Ejército Mexicano, y la calidad de ficción de la historia. Empero, cartas y su guionista J. R. Escalante, dan la vuelta a la tendencia reciente de glorificación de las historias de delincuentes y regresan a un básico: celebrar aquellos que ante la maldad hacen algo más que simplemente observar impávidos.

Con La Captura, Cartas encuentra una historia que zanja las críticas de Contraataque: estamos ante una historia que sí sucedió, que se cuenta tan cual (apenas y con algunos agregados para realzar el dramatismo), pero que sigue en esta veta de celebrar a aquellos que hacen las cosas bien, aunque ello probablemente no sea lo más sensato pero si lo más correcto.

Porque siempre es más fácil pactar con el diablo que resistirse para no convertirse en él.

Así, Cartas entrega la que probablemente es su película mejor lograda, un sólido thriller policiaco, lleno de adrenalina y sensación de peligro, con algunas escenas de acción bien logradas, actuaciones perfectas en el trío de protagónicos, y un desenlace esperanzador: resulta que en este país aún hay gente dispuesta a hacer lo correcto, aunque ello no sea lo más fácil.

Al final, lo que ambas cintas demuestran, es un cambio en el imaginario popular: la fallida estrategia de “abrazos y no balazos” está acabada, o al menos ya no convence al imaginario popular. Nadie quiere una guerra, pero cruzarse de brazos no parece opción. Queremos que los delincuentes paguen por sus crímenes y no que se les reciba con la tersura de un abrazo y/o un saludo presidencial.

“Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”.