A mamá, en su memoria.
Las luchas de los trabajadores por la jornada de 8 horas, el derecho a la organización, el reconocimiento de sindicatos, la negociación colectiva, los esfuerzos en el piso de la fábrica para mejorar las condiciones y medio ambiente de trabajo, contribuyeron en la edificación de un siglo XX en el que trabajar no significaba solamente obtener un ingreso. El trabajo era también una forma de construir identidad, pertenencia, reconocimiento y expectativas de futuro. La fábrica, la oficina, el sindicato o el lugar de trabajo podían convertirse en espacios donde se organizaba una parte importante de la vida social. En el piso de los espacios laborales había, además, una expectativa que parecía acompañar a las generaciones: que los hijos vivirían mejor que sus padres.
Robert Castel, un autor imprescindible en los estudios del trabajo, señaló que esa certeza comenzó a quebrarse con la crisis de la sociedad salarial. A partir de la década de 1970, con la caída del Estado de bienestar y el ascenso de la incertidumbre, de la configuración del neoliberalismo, la ruptura del progreso intergeneracional hizo posible que los hijos ya no esperaran necesariamente alcanzar una condición laboral y social superior a la de sus padres. Por el contrario, comenzaron a convivir con la certeza -o al menos con el temor- de que su futuro podría ser peor, ocupando lugar la movilidad social descendente. Era el comienzo de algo que ha venido ensanchándose: precarización, trabajos temporales como lo ordinario, el desempleo y el debilitamiento de las protecciones colectivas, ensamble que fue modificando no solamente las condiciones de contratación, sino también la manera de imaginar el futuro.
Es en este escenario donde habría que observar la relación que las nuevas generaciones mantienen con el trabajo. No estamos solamente ante jóvenes que "no quieren trabajar", como se suele afirmar de manera apresurada. Tampoco necesariamente ante una generación que haya perdido la cultura del esfuerzo. Quizá, como nueva cuestión social, puede estar ocurriendo algo más complejo: el trabajo ya no ocupa necesariamente el mismo lugar en la vida, en la construcción del proyecto de vida. Desde la derecha, vale recordar algo más que una anécdota que retrata el interés de los grupos concentrados.
Recordemos a Esteban Bullrich, cuando en septiembre de 2016, desempeñándose como Ministro de Educación y Deportes de la Nación, del gobierno argentino, estando en el Centro Cultural Kirchner (el gobierno de J. Milei le cambió el nombre, muy al estilo de renombrar las cosas siguiendo el modelo de D. Trump) durante el panel "La Construcción del Capital Humano para el Futuro" en el Foro de Inversiones y Negocios de Argentina (conocido popularmente como "Mini Davos"), comentó: "El problema es que nosotros tenemos que educar a los niños y niñas del sistema educativo argentino para que hagan dos cosas: o sean los que crean esos empleos, que le aportan al mundo esos empleos, generan, que crean empleos... crear Marcos Galperin) o crear argentinos que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla. De entender que el no saber lo que viene es un valor".
Por cierto, tomando un poco de distancia de lo central en este artículo, vale detenernos un segundo en la experiencia argentina. Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre -el hombre más rico de Argentina, que vive en Uruguay para no pagar impuestos, y que recientemente se encontró que hay deudores de Mercado Libre que pagan intereses, es decir que la empresa cobra a sus deudores y usuarios de créditos, tasas con un Costo Financiero Total Efectivo Anual (CFTEA) que supera el 1.300%, lo que ha derivado en una serie de denuncias penales por presunta usura y en una demanda colectiva de acción de clase iniciada ante la Justicia Comercial por la Asociación de Consumidores Financieros de la República Argentina (ACFRA).
Pero lo relevante del argumento de Bullrich era crear argentinos, o de cualquier país, pues es parte de un proyecto global, “que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla. De entender que el no saber lo que viene es un valor”.
Atendamos otro hecho de la complejidad del trabajo y los jóvenes. Una expresión reciente de esta transformación es lo que se ha denominado "minimalismo profesional". Para muchos jóvenes de la Generación Z, el triunfo laboral no consiste en ascender dentro de una empresa, convertirse en jefe o alcanzar la oficina de mayor jerarquía. La prioridad puede estar en salir a la hora convenida, preservar el tiempo personal, mantener cierta tranquilidad y, cuando sea posible, desarrollar simultáneamente otros proyectos o actividades que permitan complementar los ingresos.
La imagen de la carrera profesional como una escalera que debe ascenderse paso a paso parece perder atractivo. En su lugar aparece algo parecido a un desplazamiento horizontal: pasar de una oportunidad a otra, cambiar de empresa, trabajar por proyectos, convertirse en freelance o combinar diferentes fuentes de ingreso. El empleo deja de ser necesariamente una institución a la que se entrega la vida para convertirse en un instrumento para vivir.
Hay en esto un cambio importante. Para una generación anterior, la pregunta podía ser: "¿Hasta dónde puedo llegar en esta empresa?". Para algunos jóvenes de hoy parece ser otra: "¿Cuánto de mi vida estoy dispuesto a entregar a esta empresa?" (cf. Paola Mendoza, El “minimalismo profesional” o por qué la generación Z prefiere la tranquilidad y el tiempo libre a un ascenso en el trabajo, El País, 10/12/2025) La diferencia no es menor.
También explica, en otro acercamiento, al menos parcialmente, la atracción que tienen las plataformas digitales. Para algunos jóvenes, trabajar mediante una aplicación puede resultar preferible a someterse a un empleo formal que ofrece un salario bajo, horarios rígidos y la presencia permanente de un jefe. La posibilidad
de conectarse y desconectarse, administrar el tiempo y recibir ingresos de manera inmediata puede ser valorada por encima de prestaciones cuya importancia se percibirá, quizá, mucho más adelante.
La comparación resulta paradójica. El empleo formal fue históricamente presentado como la forma privilegiada de protección frente a la incertidumbre. Sin embargo, cuando ese empleo ofrece bajos salarios, poca autonomía y ambientes laborales considerados tóxicos (por la relación claramente jerárquica, la formalidad de horarios, el manejo ordenado de la agenda laboral, entre otros), la formalidad puede dejar de aparecer ante los jóvenes como sinónimo de bienestar. "Prefiero lidiar con un algoritmo que con un jefe despótico", podría sintetizarse en esta nueva percepción. La frase es reveladora precisamente porque muestra un desplazamiento del conflicto. El antagonista ya no aparece necesariamente bajo la figura del patrón o del capitalista. Puede aparecer como el jefe inmediato, la organización, el horario o incluso el ambiente laboral. Y, en el extremo, puede resultar preferible un algoritmo impersonal a una autoridad humana percibida como abusiva.
Se presenta una de las grandes paradojas de esta transformación. El algoritmo no grita ni humilla como el capataz o el jefe. Pero eso no significa que haya desaparecido el poder. Simplemente puede haber cambiado de forma. La subordinación puede desplazarse desde la autoridad visible del jefe hacia mecanismos menos perceptibles de evaluación, asignación y control. La aparente autonomía de quien trabaja mediante una plataforma puede coexistir con una dependencia tecnológica que no siempre resulta evidente.
Las nuevas generaciones no han abandonado el conflicto laboral, éste se ha revestido. Por ello, tal vez es más preciso señalar que el conflicto laboral ha escogido nuevas formas de desenvolverse, al tiempo que cambia la manera de relacionarse con él.
Esta cuestión se torna de mayor relieve cuando se observa lo que ocurre dentro de experiencias que, en principio, deberían representar una alternativa al trabajo capitalista tradicional. Las fábricas recuperadas argentinas permiten observarlo con particular claridad.
Juan Pablo Hudson, estudioso del trabajo argentino, ha mostrado la fractura generacional entre los trabajadores que participaron en la recuperación de las empresas y quienes ingresaron posteriormente. Para los fundadores, la fábrica representa mucho más que un lugar de trabajo. Es el espacio donde se produjo una experiencia colectiva de lucha: la quiebra, la ocupación, el acampe, el enfrentamiento, los meses sin cobrar y finalmente la recuperación de la empresa.
De ahí surge una determinada cultura del trabajo. La máquina, el oficio, la disciplina, la puntualidad, la permanencia y el sacrificio forman parte de una identidad construida alrededor de la fábrica. Los jóvenes que llegan después no necesariamente comparten esa experiencia. No estuvieron en la ocupación ni
atravesaron el momento fundacional. Para ellos, la cooperativa puede representar fundamentalmente una posibilidad de obtener un ingreso. Lo que para los fundadores constituye una gesta colectiva, para los nuevos trabajadores puede ser un empleo. ¿Individualismo? ¿Falta de compromiso? ¿Pérdida de la cultura del trabajo?
Hudson permite formular una respuesta diferente: no necesariamente los jóvenes han sido socializados en condiciones de precariedad, intermitencia, informalidad y desempleo, lo que no significa la reproducción y aprendizaje mecánido, en cuanto a las mismas reglas de aquellos que fueron formados en la matriz industrial y salarial del siglo XX. Pretender que respondan con la misma disciplina, el mismo sacrificio y la misma identificación con la fábrica significa evaluarlos con la vara de un sujeto trabajador que, en buena medida, está dejando de existir.
Aquí se encuentra quizá el punto de encuentro entre experiencias aparentemente diferentes: el joven que ve la incertidumbre como un asunto ordinario, el que cambia constantemente de empresa, el que prefiere trabajar mediante una aplicación y el que ingresa a una fábrica recuperada sin compartir la mística de quienes la recuperaron. En estos casos se está expresando, desde lugares distintos, una relación diferente con el trabajo.
No necesariamente consideran que el trabajo sea el centro de la existencia. No necesariamente construyen su identidad alrededor del oficio. No necesariamente entienden la permanencia como una virtud. No necesariamente aceptan que el sacrificio presente deba justificarse por una promesa futura de estabilidad. Podemos aventurar que se trata de una disminución de la centralidad del trabajo, en los términos clásicos. Hay, por supuesto, una explicación material detrás de estas conductas. Si el empleo ya no garantiza movilidad social, si los salarios no permiten construir un patrimonio, si la estabilidad laboral se ha debilitado y si las trayectorias profesionales son cada vez más inciertas, resulta comprensible que los jóvenes desarrollen otras estrategias.
Pero hay también una dimensión subjetiva que merece ser observada. La generación que creció en la precariedad puede haber aprendido que ninguna institución laboral ofrece demasiadas garantías. De ahí que la lealtad hacia la empresa pierda sentido y que la prioridad se coloque en la propia vida. "La empresa" deja de ser una comunidad de pertenencia y se convierte en una relación contingente. Esto puede modificar incluso la naturaleza del conflicto laboral. Durante buena parte del siglo XX, el conflicto se estructuró alrededor de sujetos colectivos: trabajadores frente a patrones, sindicatos frente a empresas, capital frente a trabajo. Hoy, junto con esos conflictos que no han desaparecido, aparece otra dimensión: jóvenes que negocian individualmente con organizaciones, jefes y plataformas las condiciones de su propia existencia.
Hay otras preguntas, por ejemplo, ¿cuánto poder tiene el capital sobre el trabajo en estas nuevas condiciones?; ¿qué relación quieren establecer los individuos con el trabajo y qué están dispuestos a concederle de sus vidas?
Es claro que las condiciones estructurales siguen estando allí. La precariedad no es una elección individual, aunque algunos jóvenes puedan elegir entre distintas formas precarias de trabajo. La economía de plataformas no deja de ser una forma de organización empresarial porque sus trabajadores valoren la flexibilidad. Y la desaparición del jefe visible no implica la desaparición del poder. Empero, es necesario incorporar la dimensión subjetiva. La premisa de que todos los trabajadores desean regresar a la antigua centralidad del trabajo simplemente porque esa centralidad alguna vez fue socialmente dominante es insuficiente. Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Podría tratarse solamente de una etapa de la vida? Es posible que algunas de estas actitudes cambien con la edad. La formación de una familia, la necesidad de una vivienda, los gastos crecientes, la enfermedad, la vejez o la necesidad de contar con una pensión pueden hacer que la estabilidad vuelva a adquirir un valor que durante la juventud parecía secundario. El trabajador que hoy privilegia la autonomía y el tiempo libre podría mañana buscar seguridad, prestaciones y permanencia. Pero existe otra posibilidad: que no estemos frente a una simple etapa biográfica, sino ante una transformación más profunda de la relación entre vida y trabajo.
Si así fuera, quizá no sean los jóvenes quienes tengan que volver al trabajo tal como lo entendieron sus padres. Tal vez sea el propio trabajo el que esté dejando de ocupar el lugar que tuvo durante el siglo XX. Incluso podría existir una lectura conservadora de este fenómeno: pensar que los jóvenes, cuando maduren, "sentarán cabeza", abandonarán sus proyectos individuales, aceptarán horarios rígidos, buscarán ascensos y volverán a colocar el trabajo en el centro de sus vidas. Esa interpretación tiene una lógica: supone que las actuales conductas juveniles son transitorias y que la edad, las responsabilidades y las necesidades materiales terminarán imponiendo la vieja disciplina laboral.
Pero también puede ocurrir lo contrario. Que los jóvenes estén anticipando una sociedad en la que trabajar seguirá siendo indispensable, pero trabajar ya no equivaldrá a vivir. El largo y sinuoso camino laboral de las nuevas generaciones quizá no conduzca de regreso a la antigua centralidad del trabajo. Puede conducir a otra definición de lo que significa trabajar: una actividad necesaria para vivir, pero no necesariamente la actividad que organiza toda la vida.
Y ahí reside el verdadero desafío. No solamente entender por qué los jóvenes quieren trabajar de otra manera, sino preguntarnos qué tipo de sociedad hemos construido para que una generación prefiera la incertidumbre de una plataforma, la movilidad permanente o un proyecto individual antes que la seguridad que alguna vez prometió el trabajo formal. Bueno, es pertinente hacer una revisión más amplia para fundamentar estos supuestos.
La respuesta quizá diga menos sobre los jóvenes de lo que creemos y mucho más sobre el mundo laboral que les estamos dejando. Como apuntábamos, al parafrasear el dicho popular, conservador en serio, de que “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”, podría facturarse como una hipótesis: "ya volverán al trabajo cuando sean mayores", queda planteada, pero abierta a
discusión. También evitaría presentar la transformación juvenil como una superación del conflicto de clase: lo que podemos apreciar es un desplazamiento del lugar donde se experimenta el poder laboral, desde la figura clásica del patrón hacia la organización, el jefe, el algoritmo y, simultáneamente, hacia la negociación individual del tiempo y de la propia vida. Dicho de otra manera, que el trabajo deje de ser el centro de la vida no significa que haya dejado de ser un problema social, ahora son al menos dos problemas: la necesidad de trabajar y cómo se realiza la actividad.
PS. Palestina libre
(UAM) aley@correo.xoc.uam.mx
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