El próximo Mundial –España, Portugal, Marruecos, 2030– se escenificará exactamente cien años después del primero: Uruguay, 1930.
¿Qué pasaba entonces que pueda ser una enseñanza para hoy? No sé si alguien habrá relacionado la crisis hace un siglo de las representaciones políticas y de la democracia con la brillante decisión de un francés, Jules Rimet, quien aprovechó la pasión humana por las pequeñas pertenencias y consiguió reunir a trece selecciones de futbolistas, y desde entonces un país entero se siente representado por no más de 30 jugadores y equipo técnico cada cuatro años.
Años veinte, treinta del siglo xx: temporada de nacionalismos. No es casual que los siguientes dos mundiales hayan sido en Europa –Italia, Francia– y los haya ganado la Italia de Mussolini, con la Segunda Guerra Mundial cada vez más cerca: 1934, 1938.
Si los pueblos querían creer en algo, allí estaba aquel deporte cuyas canchas, por ser mucho más grandes que las del básquetbol y del volibol, permitían la construcción de estadios enormes, y en los estadios enormes cabía esa masa humana sobre la cual tan brillantes páginas escribió Elías Canetti; por ejemplo, este autor, premio Nobel de Literatura en 1981, comenta en Masa y poder que las personas tenemos muchísimo miedo del contacto físico no deseado y que el temor desaparece por completo cuando nos incorporamos a una masa humana; esta observación se confirma en cada celebración deportiva, cuando gente extraña choca las manos, se abraza, se sonríe en distancias cortas, conversa. Pasa el efecto, y todo mundo vuelve al mutismo y al alejamiento.
De vez en cuando, los locutores llaman “representativo” a las selecciones nacionales. La representación es muy imperfecta, como todas las representaciones, y sería injusto incluir a todo un país –el país, además, de Jorge Luis Borges, de Victoria Ocampo, de Julio Cortázar, de Amelia Podetti– en las muchas corrupciones (fue evidentísima la del Mundial de 1978, nuevamente bajo una dictadura de corte fascista) y el juego sucio de muchos directivos y cancheros del país austral. Tampoco es culpable todo un país del “antifutbol” de la selección argentina el pasado 19 de julio frente a la selección de futbol varonil profesional de España, “representativa” esta última, por unas semanas, no únicamente de un reino con 48 millones de habitantes, sino de estructuras deportivas y formativas sin duda más funcionales que, por citar un ejemplo, las mexicanas (aunque sin duda nuestro “representativo” mostró una clara mejoría).
El futbol es la única épica que nos queda como especie humana, y la corrupción, allí donde la haya, roe las bases de la épica. Y si todo juego tiene un toque de regreso a las alegrías y emociones de la infancia, sin duda es una ironía significativa que el actual dirigente de la fifa se apellide precisamente Infantino, tal vez más bien por el infantilismo de algunas decisiones ya muy comentadas en su momento (un momento que pasó rápido).
También se ha comentado el perfil de Luis de la Fuente, el director técnico de la selección española. En 2013 no tenía trabajo, y en 2024 y 2026 ya es campeón de Europa y del mundo. ¿Qué hizo para lograrlo? Primeramente, se enfrentó con entereza a todas las críticas dentro de su país. Y, más importante que eso, confió en las fuerzas básicas y creó un grupo que en algo debe parecerse a aquellos legendarios “once hermanos” del Necaxa.
Hizo, pues, escuela. Y trabajó por proyectos con un grupo del que hizo un equipo. El futbol, entonces, puede ser un modelo educativo o al menos formar parte de un modelo general que da seguimiento a la gente joven desde las edades tempranas.
Justo Sierra estaba tan convencido de esto que él, padre de la Universidad Nacional, fue decisivo en el nacimiento de los jardines de niños, según nos platica su biógrafo Claude Dumas: no necesitamos ser pedagogos ni sociólogos de la educación para saber que mientras más temprano y sólido es el cuidadoso seguimiento de cada infante, más alto es el rendimiento (me comentaba un especialista) de cada peso invertido (rendimiento en bienestar individual, familiar y social).
Luis de la Fuente tuvo la suerte de que, cuando estuvo desempleado, le quedó la posibilidad de dirigir las fuerzas básicas. Y entendió muy bien que en “la cantera” estaba la nueva época de una selección que ganó el Mundial en 2010 y fue fácilmente derrotada en 2014: las fórmulas para el éxito pueden agotarse.
Trabajó, sí, por proyectos. En el deporte los proyectos ya están marcados por la institución: siguiente competencia, siguiente meta. Para un programa de clases, para un plan de estudios, para una institución educativa, para una urbe, para un país los proyectos no se fijan de modo tan obvio ni con plazos tan fácilmente delimitados. Pero siempre debe haber proyectos y debe trabajarse en equipo para que las valiosas individualidades no devoren al conjunto.
Me dice aquel especialista que su universidad tiende a hacer a un lado los exámenes, incluso los departamentales, y valorar más el trabajo por proyectos para medir el aprendizaje. Muy sabido es el hecho de que debemos aprender a aprender con un sentido social en la construcción del conocimiento; el sentido social es: trabajo en equipo. Y el trabajo en equipo, por proyectos, nos ayuda a absorber el sentido social desde edades tempranas.
Desde luego, es muy difícil eludir los exámenes cuando se trata de miles o cientos de miles de aspirantes. Dice la heurística que para resolver un problema es bueno verlo en perspectiva, en círculos cada vez más amplios. Lo mismo podría decir la fenomenología, según creí entender: ir a la esencia de las cosas. ¿Y Confucio? “Una mente ética trabaja en lo esencial; una vez que lo esencial está asegurado, se desarrolla la Vía” (Analectas 1.2). Lo esencial no son los exámenes, meras derivaciones de muy graves problemas estructurales, sino que el Estado garantice (quien quiera que encabece sus distintos poderes) una buena educación para todas las niñas, todos los niños, y así hasta los niveles profesionales y los posgrados: múltiples opciones educativas sólidas para elegir. Y de allí otra garantía: el pleno empleo. No otra cosa soñaría Justo Sierra: sin un diálogo permanente entre los distintos niveles educativos, seguiremos padeciendo importantísimos conflictos en el futbol más representativo: el de la convivencia social.
Cada infante, cada joven es un potencial Ferrán Torres o una Jennifer Hermoso en las canchas de la vida.
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